
Ella tenía la edad. Por lo menos para la legislación italiana. Nada había de malo en que Gigliola Cinquetti, a los 16 años y con la más ingenua de las expresiones, cantara Non ho l'età per amarti (no tengo edad para amarte). Con más de 14 años, siempre que hubiera consentimiento y que la relación no fuera con padres, educadores o jefes, no había delito.
La canción, escrita por Mario Panzieri, fue estrenada en el Festival de San Remo de 1964, donde obtuvo el primer premio. Y luego representó a Italia en el Erovisión de ese año, donde también se consagró ganadora. La joven Cinquetti la grabó, en rápida sucesión, en inglés (This Is My Prayer), castellano (No tengo edad), francés (Je suis à toi), alemán (Luna nel blu) y japonés (Yumemiru Omoi).
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Y dos años después repitió el éxito con Dio, come ti amo, compuesta por Domenico Modugno, que tenía en ese entonces 38 años. Una década de diferencia menos que la que que el compositor y cantante pondría en escena en esa obra maestra del melodrama que es Il maestro de violino, de 1975. Allí sí se trataba de un educador pero nadie se escandalizó y un año después llegó la película, dirigida por Giovanni Fago y con Modugno como protagonista.
Ella tocaba en el violín las notas que él le dictaba. "Re mi fa, atención al mi". Y el maestro se preguntaba "qué me está sucediendo" para contestarse, casi inmediatamente, "me estoy enamorando, no tengo el valor de confesármelo ni a mí. Enamorado de ti, y con treinta años más que tú". Entones llegaba el final apoteótico. Una gran escena de ópera en apenas tres minutos.
–Bien, nos veremos pasado mañana, señorita.
–No maestro.
–¿El jueves entonces?
–No maestro, no vendré más. He decidido que no seguiré estudiando
–¿Pero por qué, ahora?
–Porque, porque…estoy enamorada de usted.
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No se trató de los únicos casos en que se cantaban amores de hombres maduros con lo que Vladimir Nabokov, en su novela Lolita, de 1955, había llamado ninfetas (traducidas como nínfulas en la versión en castellano que Enrique Pezzoni limpió de las referencias más crudas y firmó con el apellido "Tejedor"). O más precisamente, en lo que el imaginario masculino denominó "lolitas" a imagen y semejanza de Sue Lyon, la protagonista del film dirigido por Stanley Kubrick en 1962, que tenía 16 años en el momento del rodaje de la película.

Hubo otro fenómeno italiano, Rita Pavone, que había ganado a esa misma edad, 16 años, el festival de Ariccia y convirtió en marca de fábrica la contradicción entre su aspecto aniñado –y andrógino– y el alto voltaje erótico de letras como las de Alla mia età (primera en el tópico y grabada en 1963) y Cuore. "La primera diva de la canción italiana que no era mujer pero tampoco niña", decía Umberto Eco en Apocalípticos e integrados, en 1964, y describía: "Una jovencita que caminaba hacia el público con el aire de pedir un helado y de cuya boca salían palabras de pasión".
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También Joan Manuel Serrat recurrió al tema en Quasi una dona, incluida en el álbum Serrat 4, editado en 1970 por el sello Edigsa. La "casi mujer" del catalán "tiene el pelo largo y limpio color trigo maduro/ y el olor del pan blanco cuando sale del horno…" pero, como dirá apenas unos versos después, "aún lleva calcetines".
Su canción podría entenderse como un comentario sobre Just Like a Woman, que Bob Dylan publicó como single en 1966. Y hasta algunos se aventuraron con la hipótesis del plagio (de hecho, se trata del mismo título). Pero el sentido de ambas letras es prácticamente opuesto. El personaje de la de Dylan es alguien que "aguanta como una mujer…hace el amor como una mujer…y sufre como una mujer, pero se echa a llorar como una niña", mientras que en el caso de Serrat a quien se describe es al hombre, quien confiesa su adoración ("me gusta acariciarla, porque me limpia el corazón./ Quiero ser maestro de amor como Salvat…") y reflexiona: "No importa si es pecado/ Es casi una mujer,/ sueña casi como una mujer,/ estima casi como una mujer,/ tiembla casi como una mujer,/ como una mujer que te quiere como nadie/ y por la mañana abre sus ojos contigo".
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Veinte años era, también, la distancia que separaba (o que unía) los gemidos amatorios de Jane Birkin con su pareja de entonces, Serge Gainsbourg, en Je t'aime…moi non plus, la canción más escandalosa de su época. Publicada en 1969 ya había sido grabada un año antes por Gainsbourg en otra versión, junto con su novia anterior, Brigitte Bardot, pero ella se había arrepentido y había pedido que el disco no se distribuyera.
Birkin no puso reparos y filmó también una película con ese título. En la canción, los suspiros se alternaban con una letra cantada en susurros sobre una música de tímidas resonancias bachianas (o del Procol Harum de A Whiter Shade of Pale): "Tú eres la ola, yo la isla desnuda".
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Y, si se tratara de buscar antecedentes, la Pampa húmeda tendría los suyos en aquella Milonga triste que Homero Manzi compuso en 1936. Nada se sabe acerca de su edad en el momento de la historia allí recordada pero no es difícil adivinar una niña (o casi una niña) en aquella que llegaba por el sendero con "delantal y trenzas sueltas" y a quien los labios del letrista –o de su personaje– le "hicieron daño" al besar "su boca fresca". Es posible, también, que haya habido otras canciones después. Pero esa década –una década perversa, podría decirse– festejó el amor por las adolescentes (y el de ellas por hombres mayores) como ninguna otra.
Es difícil saber si fue Lolita la que produjo esa ola de canciones o si una y otras se otorgaron permiso mutuamente o, simplemente, se encabalgaron en un cierto espíritu de época. Ni niñas ni mujeres, diría Eco. Pero mujeres al fin, aunque fuera pecado, opinaría Serrat.
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