
Un equipo de la Facultad de Medicina de Case Western Reserve, descubrió que el cuerpo entero del calamar puede detectar el movimiento del agua mediante células sensoriales similares a las del oído humano. Esta comparación abre una posibilidad para estudiar la pérdida auditiva.
El hallazgo fue dirigido por el investigador Brian McDermott y surgió del análisis en 3 dimensiones de crías de calamar de aleta larga, en el que identificaron estas estructuras distribuidas por toda la superficie del animal.
PUBLICIDAD
La investigación se centró en la especie Doryteuthis pealeii, elegida porque su genoma ya fue secuenciado y permite estudios genéticos. Los científicos trabajaron con paralarvas, nombre que reciben los calamares en sus primeras etapas de vida cuando nadan libremente.
El estudio, publicado en la revista científica Current Biology y divulgado en Earth.com, elaboró el primer mapa completo de las líneas laterales del calamar. Estas líneas son conjuntos de células que registran las variaciones del agua alrededor del organismo y le aportan información para su supervivencia.
El manto y el sifón también poseen sensores

Solo se sabía que los calamares tenían células ciliadas, estructuras provistas de diminutas prolongaciones similares a pelos, en la cabeza y los brazos. Sin embargo, no se conocía cómo percibían el movimiento del agua a lo largo del manto, la parte principal de su cuerpo.
PUBLICIDAD
“Los calamares son cefalópodos con una población diversa de células ciliadas en la superficie de sus cuerpos”, afirmó McDermott. El nuevo mapa mostró que los haces, es decir, conjuntos de prolongaciones agrupadas, cubren casi todo el animal. En algunas áreas se organizan en filas densas y en otras forman campos más amplios.
El animal contiene 4 zonas diferenciadas: el collar, la zona de unión entre la cabeza y el manto; el cuerpo, las aletas y el extremo posterior. Los investigadores también hallaron haces sensoriales en el sifón, el tubo que el calamar utiliza para expulsar agua y desplazarse.
En contraste, el área situada delante de ese conducto presenta una cobertura escasa de receptores. El equipo planteó que esa ausencia podría impedir que las células reciban un exceso de estímulos cuando el animal se impulsa.
PUBLICIDAD
Un sistema comparable con el oído de las personas

Para localizar las células, el grupo empleó microscopía de hoja de luz: esta técnica usa un láser que ilumina una capa muy fina de la muestra a la vez, lo que permite generar imágenes tridimensionales detalladas sin dañar de manera importante el tejido.
En las personas, las vibraciones sonoras llegan a la cóclea, un órgano con forma de caracol situado en el oído interno. Allí hay miles de células sensoriales cubiertas por diminutas estructuras similares a pelos, llamadas estereocilios.
Cuando estas se mueven por efecto del sonido, transmiten señales al sistema nervioso, que las convierte en sonidos reconocibles. Los científicos observaron una semejanza entre ese mecanismo y el del calamar.
PUBLICIDAD

A diferencia de los peces, cuyos haces sensoriales no varían de longitud, el cefalópodo parece ajustar el tamaño de esas estructuras para responder a distintas frecuencias de movimiento del agua.
Las proyecciones del collar del manto miden en promedio 2,8 micrómetros, mientras que las de la cabeza alcanzan unos 14 micrómetros, cerca de 5 veces más. El collar se ubica en el borde del manto, por donde entra agua durante la respiración.
Según la hipótesis del equipo, los haces más cortos estarían adaptados a flujos más rápidos y los más largos a desplazamientos más lentos alrededor de la cabeza y los brazos.
PUBLICIDAD
Las conexiones nerviosas refuerzan la función sensorial

El análisis también siguió el recorrido de las fibras nerviosas asociadas a las células del manto. Esas fibras llegan al ganglio estrellado, un grupo de células nerviosas que controla los músculos de esa región corporal.
Las señales viajan por rutas de axones gigantes, estructuras que transmiten mensajes con rapidez. Esta conexión permitió respaldar que los haces no eran una cobertura pasajera, sino componentes del sistema sensorial del animal.
El equipo distinguió esas células de otros cilios breves que cubren a las crías recién nacidas. Esos cilios desaparecen 1 o 2 días después de la eclosión y no cumplen una tarea sensorial. En cambio, los haces detectados permanecen durante la adultez.
PUBLICIDAD
“A menudo, cuando un niño nace sordo o una persona con audición normal pierde la audición, es el mechón de pelo el que se ha dañado”, señaló McDermott.
El investigador sostuvo que “el estudio del haz de pelos del calamar resulta prometedor para comprender cómo se produce la pérdida de audición”.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
La NASA reveló una foto panorámica del amanecer en Marte tomada por el rover Curiosity
El registro captado a primera hora local permite observar tonos azulados y acantilados distantes que podrían aportar pistas sobre la historia geológica del planeta rojo

Cómo un gen hallado en un gusano podría aportar pistas para entender el Parkinson
Un equipo de la Universidad de Georgia identificó en planarias un segmento genético con equivalente humano, vinculado a enfermedades donde mueren células cerebrales, lo que abre preguntas sobre su función en la supervivencia neuronal de las personas

Las puntas de lanza de la Edad de Hielo revelan cómo los primeros americanos aprendieron a sobrevivir en territorios desconocidos
Un estudio publicado en el Journal of Archaeological Method and Theory analizó 500 artefactos de piedra tallada hallados en el valle del río Tennessee, en Estados Unidos, y mostró que el desgaste de cada herramienta refleja decisiones racionales frente a la escasez de información sobre el entorno

Semana Mundial del Espacio: qué países enviaron personas al cosmos y cuántos astronautas lo lograron
La efeméride impulsada por la ONU recorre 69 años de exploración tripulada: 746 personas de 52 naciones alcanzaron la órbita, las mujeres representan el 15% y nuevas potencias preparan sus primeros vuelos propios

El enigma de un hueso de 1883 reescribe la historia de la ballena jorobada
Investigadores analizaron restos genéticos preservados desde el siglo XIX para probar la existencia de un grupo marino exclusivo en las costas de Omán.


