
Nuevas investigaciones de Australia concluyeron que el tilacino o tigre de Tasmania cazaba presas pequeñas y medianas con mordidas rápidas y ataques breves, y no como un lobo capaz de derribar animales grandes.
El trabajo se realizó a partir de análisis de cráneos históricos, filmaciones de archivo y estudios biomecánicos realizados por equipos de Universidad Flinders, Universidad de Melbourne y Universidad de Sunshine Coast.
Las investigaciones difundidas por Phys.org, revisan una idea instalada durante décadas sobre este marsupial carnívoro extinguido en Tasmania en la década de 1930.
“Nuestros últimos hallazgos sobre sus adaptaciones alimentarias contradicen los mitos que llevaron al tilacino a la extinción”, afirma la profesora Vera Weisbecker, directora del estudio y perteneciente a la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la Universidad de Flinders.
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El cráneo revela otra forma de cazar

El primer estudio, liderado por Weisbecker, analizó cráneos de Thylacinus cynocephalus y concluyó que sus mandíbulas probablemente no estaban preparadas para sujetar animales grandes, como ovejas. En cambio, su estructura habría sido eficaz para someter presas relativamente pequeñas mediante mordidas veloces y de fuerte impacto.
De acuerdo con ese trabajo, publicado en Nature Communications, la especie extinta combinaba una cabeza sobredimensionada, una mandíbula superior larga y alta y un hocico ensanchado. Esa mezcla no coincide con adaptaciones conocidas en mamíferos carnívoros vivos.
El coautor Douglass Rovinsky explicó que “aunque el tilacino promedio pesaba solo la mitad que el lobo promedio, su cráneo, enormemente grande, es casi tan grande como el cráneo de un lobo gris”. Sin embargo, aclaró que no tenía la estructura de un gran depredador especializado en dominar ejemplares voluminosos.
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Según el mismo estudio, el hocico era largo y fino, más parecido al de un zorro o un chacal. Para el equipo, esa forma permitía ejecutar un cierre rápido de la mandíbula: cuanto más larga es, más velocidad alcanza la punta al morder. Esa mecánica habría servido para capturar animales ágiles de tamaño pequeño o mediano, entre ellos bandicuts.
“Muchos cocodrilos y peces depredadores tienen mandíbulas largas y de cierre rápido que utilizan para atrapar presas ágiles como los peces. Sus mandíbulas suelen ser mucho más largas y con frecuencia presentan puntas altas y anchas”, explicó el coautor.
El modo de moverse lo acerca más a un zorro

El segundo trabajo, encabezado por la Universidad de Sunshine Coast, comparó al animal con 48 especies de mamíferos carnívoros, tanto actuales como extinguidos. El análisis utilizó filmaciones de archivo y herramientas biomecánicas modernas para estudiar postura, desplazamiento y forma de correr.
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Ese estudio, publicado en BMC Ecology and Evolution, agrupó a los animales en 5 categorías de caza, desde perseguidores sociales hasta depredadores que se abalanzan sobre la presa o forcejean con ella. En ese esquema, el antiguo depredador quedó más cerca de los cazadores oportunistas que atacan con movimientos cortos y repentinos.
El investigador Christofer Clemente afirmó que “resultó fascinante descubrir que el tigre de Tasmania era más bien un depredador oportunista que acechaba a sus presas, similar a un zorro, un chacal o un coyote, en lugar de un luchador cuerpo a cuerpo como un tigre o un lobo”.
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El autor principal, Joshua Gaschk, señaló que el equipo pudo seguir marcadores anatómicos y observar el movimiento en “4D”. Esa metodología permitió comparar cómo cambian durante la locomoción las patas delanteras, las traseras, la columna y la cabeza en distintas especies carnívoras.
“Antes de estos métodos, la locomoción animal rara vez se examinaba con respecto a la sincronización continua de todo el cuerpo dentro de las marchas o en comparaciones amplias entre especies”, afirmó el autor principal.
La evidencia desmonta una imagen histórica

Ambos trabajos llegan a una conclusión similar: el tigre de Tasmania no encaja en la idea de un gran cazador de persecución prolongada o de agarre físico sobre animales grandes.
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La investigación liderada por Weisbecker añade que “los tilacinos, de hecho, estaban más emparentados con los canguros que con los perros”. Los autores remarcaron que esa semejanza no implicaba que cazara de la misma manera.
El estudio también menciona un trabajo previo de la Universidad de Melbourne, firmado por Andrew Pask y Axel Newton, que había detectado similitudes entre regiones del ADN de la especie extinta y del lobo vinculadas con la formación del cráneo.
Según los investigadores, eso puede ayudar a explicar por qué algunas zonas crecieron de forma parecida, pese a que el resultado adulto fuera distinto. La revisión de estas características adquiere importancia histórica porque el animal fue cazado hasta desaparecer.
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Weisbecker sostuvo que “los tilacinos fueron cazados debido a mitos que los presentaban como feroces depredadores de ganado, cuando había poca evidencia de ello. Su extinción es una historia de ignorancia y falta de respeto hacia la singular fauna australiana y sus guardianes indígenas”.
Las huellas del tilacino sirven para el presente

Además de reconstruir cómo vivía una especie extinguida, los autores del análisis biomecánico señalaron que estas herramientas pueden servir para estudiar especies amenazadas en la actualidad. La lógica es que la manera de moverse ofrece pistas sobre el modo de cazar, el uso del ambiente y las necesidades ecológicas de cada animal.
Clemente indicó que “los resultados demostraron que la ecología de la caza se reflejaba en la forma en que se movían los depredadores, especialmente durante las marchas más rápidas y de alto rendimiento asociadas con la aceleración, las maniobras y la captura de presas”.
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La nueva evidencia lo presenta como un marsupial carnívoro con una estrategia propia, basada en velocidad de mordida, ataques breves y captura de animales más pequeños que los que se le atribuyeron históricamente.
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