
Durante más de 6 décadas, una de las ideas más citadas de la biología evolutiva sostuvo que un sistema genético presente en hormigas, abejas y avispas podía explicar la aparición de la eusocialidad, una forma de organización en la que las colonias reparten el trabajo reproductivo entre reinas y obreras.
Una nota publicada por Phys.org, basada en un nuevo estudio de Arizona State University, cuestiona esa hipótesis y plantea que la genética, por sí sola, no basta para entender el origen de esas sociedades complejas.
El trabajo se publicó en la revista Current Biology y examinó si la haplodiploidía —un sistema en el que las hembras nacen de huevos fecundados y los machos de huevos no fecundados— predice la evolución de la eusocialidad en estos animales.
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Durante años, los científicos pensaron que este sistema favorecía la aparición de sociedades muy organizadas. La razón era que, al compartir una gran cantidad de genes con sus hermanas, para una hembra podía ser más beneficioso ayudar a la reina a criar más hermanas que tener sus propias crías.
Un debate histórico puesto a prueba

El autor principal del estudio, Sachin Suresh, doctorando de la School of Life Sciences de Arizona State University, señaló que la hipótesis llevaba cerca de 60 años en discusión y afirmó que “existían muchas predicciones teóricas, pero las pruebas comparativas formales entre insectos han sido sorprendentemente escasas”.
La eusocialidad, según explicó la noticia, constituye uno de los niveles más altos de organización social en la naturaleza. Estas especies viven en colonias con generaciones superpuestas, cooperan en el cuidado de las crías y concentran la reproducción en uno o unos pocos individuos, mientras el resto asume tareas de obreras.
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Las abejas melíferas y ciertas avispas, al igual que las hormigas, presentan siempre esta organización. En otros grupos de insectos, ese comportamiento surgió de forma mucho más rara, como en termitas, trips, áfidos y algunos escarabajos.
Una hipótesis bajo la lupa

Para poner a prueba la idea, Suresh y el autor principal sénior, Timothy Linksvayer, reunieron información sobre comportamiento social y sistemas genéticos de casi 69.000 especies de insectos, una escala que la nota describió como una de las pruebas empíricas más amplias hasta ahora sobre una idea fundacional de la biología evolutiva.
Después situaron esos rasgos en 2 de los árboles filogenéticos de familias de insectos, es decir, la historia evolutiva y las relaciones de parentesco entre ellos, y aplicaron métodos comparativos para calcular con qué frecuencia había evolucionado la eusocialidad bajo distintos sistemas genéticos.
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Al analizar a las hormigas, abejas y avispas con aguijón por separado, los investigadores encontraron que la relación desaparecía en el resto de ellos, por lo que la teoría clásica dejaba de sostenerse.
Suresh afirmó que “cuando lo sometimos a pruebas formales, descubrimos que no existe una relación real entre el sistema de determinación genética y la eusocialidad. Tiene más que ver con factores ambientales y las características del ciclo vital de los insectos”.
Más allá de los cromosomas

La noticia señaló que los hallazgos también ayudan a encajar trabajos recientes que habían puesto en duda el papel central de la haplodiploidía.
A partir del análisis de una muestra tan amplia de la diversidad de insectos, el equipo de Arizona State University concluyó que el vínculo aparente entre genética y eusocialidad refleja la historia evolutiva específica de ciertos linajes y no una regla biológica universal.
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El comunicado de prensa, divulgado por Phys.org, señaló que, desde ese momento, el foco cambia hacia diferentes elementos que habrían facilitado la evolución reiterada de sociedades complejas entre estas especies.
Factores como el aguijón, comportamientos especializados para la construcción de nidos y también características biológicas particulares de dichos animales habrían generado ambientes favorables para la existencia cooperativa dentro de colonias.
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