
En América Latina la población vivió dos años consecutivos de epidemia de dengue sin precedentes. Este año, los casos bajaron un 64% respecto al mismo período de 2025, según la última actualización de datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Sin embargo, un panel de 17 especialistas de América Latina y los Estados Unidos advirtió en un trabajo publicado en la revista Vaccines que las condiciones que alimentaron las epidemias recientes siguen intactas: el cambio climático, la urbanización desordenada y la resistencia del mosquito a los insecticidas.
Cada vez que hay un brote de dengue, los gobiernos sacan los camiones fumigadores, refuerzan la atención médica y los hospitales se llenan de pacientes. Cuando bajan los casos, todo vuelve a la normalidad. Y así, una y otra vez, la región repite el mismo ciclo.
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El panel fue convocado en Bogotá en marzo de 2025 por la Fundación de Salud de las Américas (FSA) y reunió a médicos, epidemiólogos, entomólogos y funcionarios de salud de Argentina, Colombia, México, Perú, Venezuela y Estados Unidos. Lo que encontraron no es alentador, pero sí tiene solución.
La herramienta más usada para combatir al Aedes aegypti es la fumigación química. Pero el panel señala que hay una intervención más barata y más duradera que suele quedar relegada: eliminar los lugares donde el mosquito se reproduce.
Recipientes con agua estancada, residuos acumulados y barrios construidos sin red de agua ni desagüe son los principales criaderos en ciudades y zonas periurbanas de la región. A eso se suma que los insecticidas pierden eficacia año a año: el mosquito desarrolló resistencia a los químicos más usados.
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El ciclo reactivo tiene otra cara menos visible: si los sistemas de salud solo se mueven cuando hay brote, tampoco registran bien cuántas personas se enferman entre uno y otro. Los expertos señalaron que las estadísticas oficiales capturan solo una fracción de los casos reales, lo que distorsiona las evaluaciones de riesgo.
En Brasil, Colombia y Nicaragua, los análisis calculan que los contagios reales pueden ser entre 10 y 25 veces más altos que los que aparecen en los registros oficiales. Se estima que muchas personas tienen dengue con fiebre, pero nunca llegan a consultar a un profesional de la salud y esos casos no quedan documentados.
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Con insecticidas que pierden fuerza y criaderos que se multiplican en las ciudades, el panel identificó alternativas con resultados probados en la región. La más prometedora: liberar mosquitos infectados con una bacteria llamada Wolbachia, un microorganismo que impide que el virus del dengue se reproduzca dentro del insecto.
El Programa Mundial del Mosquito, una organización sin fines de lucro que opera en más de una docena de países, documentó reducciones en la incidencia de la enfermedad superiores al 90% en Medellín y Río de Janeiro tras liberar mosquitos con esa bacteria en zonas urbanas.
La inversión inicial se recupera en aproximadamente 20 meses y el efecto dura más de diez años, porque la bacteria pasa de generación en generación entre los mosquitos sin necesidad de nuevas intervenciones.
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Salud y desigualdad

El dengue tiene un enemigo que no vuela ni pica: la falta de voluntad política sostenida. Los expertos describieron un patrón que se repite en toda la región: el interés de los gobiernos sube cuando hay brotes y se evapora entre uno y otro.
Los programas de control sufren recortes crónicos, con presupuestos atados a las prioridades de los donantes internacionales y no a las necesidades reales de cada país. Muchos dependen de fondos externos pensados para emergencias y no para la prevención a largo plazo.
Cuando el dinero llega, tampoco siempre va donde debería. El panel advierte que los recursos se destinan con frecuencia a fumigaciones reactivas en lugar de a la eliminación de criaderos en las comunidades, que es una estrategia más barata y más duradera.
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Los hospitales reciben más fondos que los programas de manejo integrado de vectores (que incluyen las acciones coordinadas para reducir la población de mosquitos), a pesar de que estos últimos son más efectivos para cortar la transmisión.
Quienes viven en asentamientos informales, sin agua potable ni saneamiento, tienen más criaderos cerca de sus casas y menos posibilidades de llegar a tiempo a un diagnóstico.
El gasto público se concentra en ciudades grandes y hospitales, no en los lugares donde el mosquito se reproduce con más facilidad. Los gastos de bolsillo para tratar el dengue pueden empujar a familias de bajos ingresos a una situación económica aún más vulnerable.
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La desigualdad también alcanza al acceso a las vacunas. El panel recomienda crear guías nacionales de vacunación, instalar sistemas de farmacovigilancia (que consiste en el seguimiento continuo de la seguridad de las dosis) y trabajar contra la desconfianza en la inmunización, especialmente en comunidades marginadas.

En diálogo con Infobae, Marisa Aizenberg, directora académica del Observatorio de Salud de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y coautora del trabajo, explicó: “El avance del dengue en América Latina presenta picos estacionales, pero su comportamiento, marcado por una urbanización desordenada, el cambio climático y el aumento de las temperaturas, exige un abordaje sostenido de vigilancia, prevención y planificación”.
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Desde una perspectiva de derechos, aclaró Aizenberg, implica comprender que “el dengue no afecta a todas las personas por igual y su impacto suele ser mayor en contextos de vulnerabilidad, donde persisten desigualdades en el acceso al agua segura, al saneamiento y a servicios de salud oportunos y de calidad”.
Por eso, “la respuesta estatal debe superar las acciones de emergencia frente a brotes y traducirse en políticas públicas integrales y sostenidas, que garanticen prevención, acceso equitativo a vacunas, diagnóstico y tratamiento, desde una perspectiva de protección efectiva del derecho a la salud, especialmente de las poblaciones más expuestas”, resaltó.
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El plan de acción en tres etapas

El plan del Grupo de Trabajo, que recibió un subsidio sin restricciones de la empresa farmacéutica Takeda, divide las acciones contra el dengue en tres etapas. En los primeros dos años: fortalecer el diagnóstico, actualizar los protocolos médicos y mejorar la vigilancia epidemiológica.
Entre los años tres y cinco, sugieren escalar las nuevas tecnologías de control del mosquito y desarrollar modelos que anticipen brotes con datos climáticos.
A partir del año seis, convertir todo eso en políticas de Estado permanentes. El punto de partida, según el panel, es aceptar que ningún país puede enfrentar solo el problema: el dengue, como el mosquito que lo transmite, no entiende de fronteras.
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