
El desarrollo de brazos diminutos en grupos de dinosaurios carnívoros, como el Tyrannosaurus rex, obedeció a un proceso evolutivo impulsado más por la fortaleza y robustez de la cabeza y las mandíbulas que por un cambio en el tamaño corporal total.
Esa es la principal conclusión de un nuevo estudio encabezado por un equipo de investigadores de la University College London (UCL) y la Universidad de Cambridge, cuyos resultados fueron publicados en la revista Proceedings of the Royal Society B.
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El equipo comparó estructuras óseas de 82 especies de dinosaurios terópodos y sostuvo que la reducción de las extremidades anteriores surgió paralelamente al aumento de la capacidad craneal, sobre todo en entornos donde predominaban las presas de gran tamaño.
El artículo científico de la UCL distingue que esta reducción de brazos no fue exclusiva de los tiranosáuridos, como el T. rex, sino también de abelisáuridos y otros linajes. Un ejemplo es el Carnotaurus, al que la autora de la investigación, la doctora Elizabeth Steell de la Universidad de Cambridge, describió como poseedor de extremidades “más pequeñas que las del T. rex”.
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Por su parte, Charlie Roger Scherer, estudiante de doctorado de la UCL y autor principal de la publicación, declaró: “Todo el mundo sabe que el T. rex tenía brazos diminutos, pero otros terópodos gigantes también desarrollaron extremidades anteriores relativamente pequeñas. Intentar sujetar un saurópodo de 30 metros con las garras no parece efectivo. En cambio, atacar y sujetar con las mandíbulas pudo haber representado una ventaja decisiva”.
La evolución de cráneos poderosos redujo la utilidad de los brazos
El estudio —que analizó 82 especies, desde gigantes como los tiranosáuridos hasta ejemplares mediano-pequeños como el Majungasaurus— identificó a cinco familias de terópodos que evolucionaron hacia tener brazos cada vez más cortos: tiranosáuridos, abelisáuridos, carcharodontosáuridos (por ejemplo, el Tyrannotitan), megalosáuridos y ceratosáuridos.
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Los especialistas desarrollaron un método propio para cuantificar la robustez craneal, evaluando la firmeza de las conexiones óseas, la geometría del cráneo y la fuerza de la mordida.
En esa escala, el T. rex alcanzó el valor más alto, seguido de Tyrannotitan, un terópodo cercano al tamaño del T. rex que habitó la actual Argentina hace más de 30 millones de años antes que su pariente más célebre.
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La evidencia recopilada en el estudio apunta a que el surgimiento de presas cada vez más voluminosas, en particular los saurópodos con longitudes de hasta 30 metros, condujo a una “carrera armamentística evolutiva” en la cual los depredadores desarrollaron cabezas cada vez más fuertes y voluminosas para someter a sus presas.
Según el equipo coordinado por Paul Upchurch, profesor de la UCL, la evolución priorizó el ataque con el cráneo y las mandíbulas cuando las garras y las extremidades anteriores dejaron de ser eficaces para capturar y sostener animales tan grandes.
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El bloque de respuesta de la investigación añade que reducir los brazos no respondía simplemente a una consecuencia del gigantismo. Las comparaciones realizadas mostraron que la correlación definitiva se daba entre el tamaño y robustez del cráneo y la longitud de las extremidades anteriores, desestimando que el tamaño corporal global fuese el motor principal. El Majungasaurus, un predador de Madagascar de aproximadamente “1,6 toneladas métricas” —apenas una quinta parte del T. rex—, es citado como ejemplo de un depredador no gigantesco con cabeza robusta y brazos pequeños.
Cinco familias de terópodos redujeron los brazos con mecanismos diferentes
Los investigadores observaron que la forma en que los brazos se acortaban difería entre las familias: en los abelisáuridos como Majungasaurus, las manos y la parte inferior del brazo perdieron longitud de manera más acentuada; en los tiranosáuridos, todos los elementos de la extremidad anterior se redujeron aproximadamente al mismo ritmo. Este hecho sugiere —según Scherer— que la aparición de extremidades anteriores minúsculas se logró por vías de desarrollo distintas en cada linaje. La hipótesis es que la selección natural favoreció repetidamente la pérdida de funcionalidad de los brazos cuando la cabeza y la mordida lograron convertirse en armas principales.
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Scherer enfatizó que, aunque hay una clara correlación estadística, el trabajo no permite establecer una relación causal directa. “Es muy probable que los cráneos robustos precedieran a las extremidades anteriores más cortas. No tendría sentido evolutivo que ocurriera al revés, que estos depredadores abandonaran su mecanismo de ataque sin una alternativa ahora más efectiva”, explicó.
En palabras de la doctora Steell, “la cabeza reemplazó a los brazos como método de ataque. Es un caso de ‘úsalo o piérdelo’: los brazos dejan de ser útiles y se reducen de tamaño con el tiempo”. El estudio también estableció que el T. rex “obtuvo la puntuación más alta” en robustez craneal, mientras que Tyrannotitan ocupa el segundo lugar en ese ranking. Esta medición refuerza la hipótesis de que, lejos de ser un subproducto incidental del tamaño, la reducción de brazos acompañó directamente la evolución de estrategias de caza centradas en la cabeza.
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El análisis cuantitativo tuvo en cuenta la compactación del cráneo, la fuerza probable de la mordida y la firmeza de las articulaciones óseas de la cabeza. En todos los terópodos examinados con brazos acortados, la tendencia fue anticipada por un “reforzamiento” de la estructura craneal y un desarrollo mandibular capaz de infligir daño severo a presas de gran tamaño.
La investigación es fruto de la colaboración de cinco académicos que analizan distintos aspectos de la evolución de dinosaurios en la UCL, incluyendo vínculos estrechos con el Museo de Historia Natural.
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El grupo ampliado está compuesto por cuatro investigadores y becarios posdoctorales, más de diez estudiantes de doctorado, al menos cuatro de los cuales se especializan en procesos evolutivos de dinosaurios carnívoros. El resto abarca temáticas más amplias dentro de la evolución de vertebrados, desde cocodrilos hasta aves.
Para Scherer, el hecho de que “el Carnotaurus tenía brazos ridículamente pequeños, más pequeños que los del T. rex”, consolida la visión de que la morfología funcional de los grandes depredadores prehistóricos no se entiende solo desde el gigantismo general, sino desde la especialización del aparato craneal y las adaptaciones morfológicas que les permitieron ser superdepredadores en ambientes de grandes presas.
Las conclusiones del grupo afirman que la convergencia evolutiva condujo en al menos cinco ocasiones al mismo resultado: brazos diminutos y cabezas robustas como herramientas depredadoras prioritarias. En palabras del equipo, “el mismo resultado probablemente se logra a través de vías de desarrollo potencialmente diferentes en distintas especies”, dejando abierta la investigación para futuras exploraciones en paleobiología evolutiva.
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