
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la demencia constituye la séptima causa de muerte a nivel global y está entre las principales fuentes de discapacidad y dependencia en la población de adultos mayores.
La OMS prevé que 150 millones de personas vivirán con esta “enfermedad que empeora con el tiempo” para el año 2050.
Uno de los caminos que explora la ciencia para abordar esta problemática se centra en la vacunación contra el herpes zóster. Estudios recientes han postulado que la prevención de la reactivación de este virus podría desempeñar un papel relevante para evitar el desarrollo de la demencia.
La evidencia reciente proviene de Canadá, donde una cohorte de casi 250.000 personas en Ontario fue analizada para evaluar el vínculo entre la vacunación contra el herpes zóster y la incidencia de demencia.
Según analizó Bernard Chan, del Hospital Universitario Nacional en Singapur, en un artículo para The Lancet, las conclusiones resultan prometedoras en el contexto de la salud pública internacional.
El estudio canadiense, liderado por Michael Pomirchy y su equipo, se apoyó en la existencia de diferentes cortes etarios determinados por el sistema sanitario local. Las personas que cumplieron 71 años tras el 1 de enero de 2017 fueron elegibles para una vacunación gratuita con virus varicela zóster vivo atenuado, mientras que las nacidas antes de esa fecha no accedieron a este beneficio.

La comparación entre individuos nacidos en el mes inmediatamente previo y posterior al umbral de elegibilidad arrojó diferencias significativas. En concreto, se detectó que haber nacido justo antes del corte se asoció con una reducción de 2,0 puntos porcentuales en la probabilidad de ser diagnosticado con demencia (intervalo de confianza del 95 %: 0,4–3,5; p=0,012), en contraste con quienes nacieron inmediatamente después.
Los expertos observaron que solo los cortes vinculados a la campaña de vacunación contra el herpes zóster mostraron una disminución estadísticamente significativa en la incidencia de demencia. Además, los diagnósticos fueron menos frecuentes en la cohorte ontariana respecto de otras provincias de Canadá que carecían de un programa vacunal análogo.
Estos resultados han sido coherentes con los datos registrados en países como Australia y Gales, donde programas de vacunación similares han sido objeto de investigación. En todos los casos, destaca la reproducibilidad de los hallazgos e incluso la detección de patrones demográficos particulares: la protección confiere mayores beneficios a las mujeres, un fenómeno recurrente en los distintos estudios nacionales citados en The Lancet.
Además, a diferencia de estudios previos centrados en personas más longevas, la investigación canadiense indagó su impacto en el grupo etario entre 70 y 80 años, poniendo en relieve la eficacia temprana de las estrategias de prevención.

El artículo destaca el efecto positivo tanto de la vacuna de virus vivo atenuado como de las formulaciones recombinantes en la reducción del riesgo de demencia y deterioro cognitivo leve. Este hallazgo sugiere la posibilidad de que la inmunización contra herpes zóster pueda ofrecer protección a lo largo de diferentes fases previas a la enfermedad.
La literatura científica ha abordado durante años la hipótesis de los virus neurotrópicos del herpes—en particular, el virus varicela zóster y el herpes simplex (VHS)—como partícipes en el desarrollo de demencia y de patologías como la enfermedad de Alzheimer. Hasta el momento, la mayoría de las pruebas disponibles provenían de estudios asociativos difíciles de generalizar. Sin embargo, la disponibilidad de bases de datos sanitarios poblacionales vinculadas y la ejecución de experimentos naturales han permitido incorporar diseños casi experimentales, con menor margen para sesgos.
Según el artículo de The Lancet, el eje central de la discusión actual reside en los mecanismos biológicos implicados.
“El beneficio observado por la vacunación contra el virus varicela zóster, que utiliza vacunas con adyuvante y vivas atenuadas, sugeriría mecanismos específicos del patógeno. Esta hipótesis también está respaldada por el aumento del riesgo de demencia observado con la reactivación repetida del virus varicela zóster en el sistema nervioso central. Una pregunta adicional es si la vacunación media la protección mediante la supresión del propio virus varicela zóster o si los efectos indirectos sobre otros herpesvirus, específicamente el virus herpes simplex tipo 1, podrían tener algún papel", escribió Chan.

Y sumó: “Comprender estos mecanismos es necesario si se quieren aprovechar al máximo los beneficios en salud pública de estas observaciones. En un mundo ideal, se obtendrían pruebas verdaderamente aleatorizadas de la protección frente a la demencia”.
Este tipo de hallazgos realza la urgencia de profundizar en los ensayos clínicos aleatorizados dedicados al estudio de la prevención de la demencia mediante la vacunación, y complementarlos con análisis mecanicistas para comprender de qué modo la respuesta inmunitaria mejorada frente al virus puede alterar la patogénesis de esta condición. Chan señala la utilidad de examinar muestras almacenadas de estudios anteriores para identificar biomarcadores sanguíneos de demencia, a fin de obtener pruebas experimentales directas.
“Existe una literatura extensa que vincula los virus del herpes y las patologías moleculares subyacentes a la enfermedad de Alzheimer, pero el virus varicela zóster también puede ejercer profundos efectos sobre la patobiología de vasos pequeños y grandes”, dijo Chan.
“Los posibles beneficios de la vacunación contra el virus varicela zóster en la prevención de la demencia no se comunican formalmente en el análisis beneficio–riesgo, pero con más evidencias, dichos beneficios podrían convertirse en una consideración importante en la decisión de vacunar, y en parte de un esfuerzo más amplio para utilizar la vacunación como una estrategia global para promover un envejecimiento saludable”, cerró.

Otro hallazgo sobre la vacuna contra el herpes zóster
Una reciente investigación de la Escuela de Gerontología Leonard Davis de la Universidad del Sur de California (USC) ha identificado que la vacuna contra el herpes zóster no solo ofrece protección frente a esa infección, sino que también se vincula con un envejecimiento biológico más lento en adultos mayores. Estos resultados sugieren que los beneficios pueden persistir durante años después de la inmunización, aportando un nuevo enfoque sobre el impacto de las vacunas en la salud y longevidad, según la publicación en las Revistas de Gerontología, Serie A: Ciencias Biológicas y Ciencias Médicas.
El estudio detectó que las personas vacunadas experimentaban un efecto protector contra el envejecimiento epigenético y transcriptómico y que esa influencia continuaba siendo observable incluso entre quienes superaban los cuatro años desde la aplicación de la vacuna. Eileen Crimmins, profesora de la USC y coautora del informe, remarcó que los datos confirman una ralentización global del envejecimiento biológico tiempo después de la vacunación.
Crimmins explicó que los beneficios inmunológicos derivados de la vacuna persisten a lo largo del tiempo. Advirtió asimismo sobre la importancia de realizar investigaciones complementarias —especialmente ensayos longitudinales y experimentales— para examinar a fondo la naturaleza de esta relación. Resaltó que este conjunto de hallazgos fortalece la literatura científica que sostiene que “las vacunas podrían desempeñar un papel en las estrategias de envejecimiento saludable, más allá de la simple prevención de enfermedades agudas”.

El equipo de investigación sugiere que estos resultados robustecen la hipótesis acerca de cómo las vacunas pueden impactar en el envejecimiento general, no solo defendiendo frente a enfermedades específicas. Para Jung Ki Kim, profesor asociado de investigación en gerontología y primer autor del estudio, la inmunización “podría contribuir a un envejecimiento más saludable”, principalmente porque reduce la inflamación crónica de bajo grado, un factor común en múltiples trastornos relacionados con la vejez como las cardiopatías, la fragilidad o el deterioro cognitivo. Kim puntualizó que este fenómeno se conoce como “inflamación” y subrayó que “la vacuna podría contribuir a un envejecimiento más saludable”.
El análisis utilizó datos del Estudio de Salud y Jubilación de Estados Unidos, un sondeo representativo a nivel nacional, que evaluó a más de 3.800 adultos de 70 años o más en 2016. Al comparar los perfiles de vacunados y no vacunados —ajustando los resultados por variables demográficas y estado de salud— se observó consistentemente un envejecimiento biológico global más pausado en quienes habían recibido la inmunización.
Según Kim, investigaciones recientes refuerzan la idea de que vacunas desarrolladas para adultos —incluidas las del herpes zóster y la gripe— estarían asociadas con “menores riesgos de demencia y otros trastornos neurodegenerativos”, como señaló a la Escuela de Gerontología Leonard Davis de la USC. Añadió que “este estudio se suma a la evidencia emergente de que las vacunas podrían desempeñar un papel en la promoción del envejecimiento saludable al modular los sistemas biológicos más allá de la prevención de infecciones”.

Para comprender el alcance de estos beneficios, el equipo comparó el envejecimiento cronológico —marcado únicamente por la edad según el nacimiento— con el envejecimiento biológico, que alude a la manera divergente en que órganos y sistemas envejecen en distintas personas. El estudio destacó que dos individuos de 65 años pueden presentar perfiles biológicos disímiles: uno conservar parámetros equivalentes a los de una persona más joven, mientras el otro exhibe signos de degeneración acelerada.
La medición del envejecimiento biológico se realizó a partir de siete dimensiones: inflamación, inmunidad innata, inmunidad adaptativa, hemodinámica cardiovascular, neurodegeneración, envejecimiento epigenético y envejecimiento transcriptómico. Los resultados se integraron en una puntuación compuesta, lo cual permitió evaluar globalmente el impacto de la vacuna.
El informe evidenció que los vacunados registraron niveles promedio de inflamación considerablemente menores, un envejecimiento epigenético más lento, así como calificaciones generales de envejecimiento biológico inferiores si se los compara con personas no inmunizadas. Estos resultados permiten aproximarse a los mecanismos mediante los cuales la vitalidad inmunológica influye en el envejecimiento.
Respecto del herpes zóster, este virus —también denominado culebrilla— causa una erupción cutánea con ampollas y dolor cuando se “reactiva” tras mantenerse latente desde una infección previa por varicela. Cualquier individuo que haya tenido varicela conserva la posibilidad de desarrollar herpes zóster, siendo más probable después de los 50 años o entre personas con sistemas inmunitarios debilitados. Aunque la vacunación suele estar recomendada para personas de mayor edad, el inmunizante no solo reduce el riesgo de aparición de la enfermedad, sino que también disminuye la probabilidad de desarrollar neuralgia posherpética, un dolor crónico persistente luego de la infección.

Kim planteó que los resultados resaltan un aporte que excede la prevención aguda: la vacuna podría convertirse en una herramienta valiosa en estrategias más amplias orientadas a incrementar la resiliencia fisiológica y frenar el avance de los procesos propios del envejecimiento, principalmente por su efecto en la disminución de la inflamación crónica.
El equipo de investigación destacó la necesidad de precisar los mecanismos biológicos involucrados, si bien reconoce ya el valor potencial de la vacuna como componente de intervenciones destinadas a reducir el deterioro asociado a la edad. La persistencia del beneficio incluso después de varios años subraya la importancia de considerar la inmunización contra el herpes zóster en el diseño de políticas de salud pública para adultos mayores.
Aunque los expertos coinciden en que el envejecimiento implica procesos biológicos complejos y multidimensionales, el estudio propone que la vacunación puede convertirse en una estrategia relevante para atenuar la inflamación sistémica, moderar el deterioro epigenético y transcriptómico, y contribuir así a una mayor calidad de vida con el paso de los años.
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