
La contaminación atmosférica por oxidantes, en particular el ozono, está alterando de forma preocupante el comportamiento social de las hormigas. Investigaciones recientes difundidas por New Scientist y Proceedings of the National Academy of Sciences advierten que estos gases destruyen los compuestos químicos que permiten a las hormigas reconocerse entre sí por el olor.
Como consecuencia, integrantes de la misma colonia pueden reconocerse como enemigos, lo que desata episodios de agresión y descuido en el cuidado de las crías, con importantes riesgos para la supervivencia de estas especies esenciales para los ecosistemas terrestres.
El papel del olor en la organización de las colonias de hormigas
Las hormigas mantienen la cohesión dentro de sus colonias gracias a complejos perfiles químicos presentes en su superficie. Estos perfiles, conocidos como hidrocarburos cuticulares, son mezclas únicas de compuestos que recubren el cuerpo de cada individuo y funcionan como señales de reconocimiento biológico, según refiere Proceedings of the National Academy of Sciences.
Dentro de esta mezcla resaltan los alquenos, un tipo de hidrocarburo menos abundante pero fundamental. Son los principales responsables de que una hormiga distinga con precisión entre miembros coloniales y potenciales invasores.

La combinación exacta de alquenos y otros hidrocarburos varía de una colonia a otra y entre especies, lo que permite un sistema de identificación robusto. Esta capacidad sostiene la organización social, la colaboración en el cuidado de crías y la defensa conjunta del nido, de acuerdo con lo señalado en New Scientist.
Contaminación atmosférica y alteración del reconocimiento
El ozono y otros contaminantes atmosféricos oxidantes, como el óxido nítrico, han registrado aumentos significativos durante el Antropoceno. Actualmente, los niveles de ozono suelen alcanzar 10 partes por mil millones (ppb) en áreas rurales y 30 ppb en zonas urbanas, pudiendo sobrepasar ocasionalmente los 100 ppb en regiones muy contaminadas, conforme a Proceedings of the National Academy of Sciences.
Un equipo liderado por Markus Knaden en el Instituto Max Planck para la Ecología Química llevó a cabo experimentos con seis especies diferentes de hormigas. Individuos extraídos de colonias artificiales fueron expuestos durante cortos periodos a diversas concentraciones de ozono, ajustadas a los valores documentados en la ciudad alemana de Jena.
Según New Scientist, tras esa exposición, las hormigas reincorporadas a su grupo original sufrían ataques inmediatos de sus propias compañeras, como si fueran intrusas. Knaden expresó su sorpresa por la magnitud de la reacción, ya que los alquenos representan una fracción pequeña —entre el 2% y el 5%— de la señal química total.

En 5 de las 6 especies estudiadas, la degradación de los alquenos redujo drásticamente la capacidad de las hormigas para distinguir a sus congéneres. Proceedings of the National Academy of Sciences puntualiza que el perfil químico de la cutícula se modificó en todas las especies analizadas, generando cuadros de confusión social equivalentes a los observados en el aire urbano más contaminado.
Consecuencias en el comportamiento y en la supervivencia de las colonias
El deterioro del sistema de reconocimiento provocó respuestas agresivas dentro de las colonias: ataques, mordeduras y muertes entre hormigas afectadas tras la exposición a los contaminantes. También se observó una reducción en el cuidado de las crías.
En particular, el grupo de Knaden evidenció que las obreras sometidas a ozono dejaban de atender a sus larvas, lo que finalmente causaba la muerte de las crías tras una exposición prolongada. Proceedings of the National Academy of Sciences describe este fenómeno como una “corrupción del comportamiento de cuidado de crías”.
El experto Daniel Kronauer, de la Universidad Rockefeller, explicó a New Scientist que los alquenos son “muy importantes en el reconocimiento entre miembros del mismo nido”, por lo que las reacciones agresivas ante la alteración del olor eran esperables.

Estos cambios químicos inducidos por la contaminación afectan además otras facetas del comportamiento, como el seguimiento de rastros y la comunicación entre adultos y larvas. De acuerdo con Knaden, incluso en casos no letales, “este tipo de comportamiento podría hacer que la colonia fuera menos eficiente”. El investigador advirtió la dificultad de medir el impacto real de estas perturbaciones en experimentos de campo de gran escala.
Implicaciones ecológicas y riesgos globales
Las hormigas representan hasta dos tercios de la biomasa de insectos y están presentes en la mayor parte de los hábitats terrestres, destaca Proceedings of the National Academy of Sciences. Su desaparición alteraría procesos esenciales como la dispersión de semillas, el movimiento del suelo y la interacción con numerosos organismos.
Científicos alertan que la pérdida de funciones sociales debido a los contaminantes podría desestabilizar el equilibrio ecológico. Según Kronauer en New Scientist, los efectos adversos no se circunscriben a una sola especie: se observan síntomas semejantes en polinizadores y otros insectos cuyas señales químicas también son sensibles al ozono.
Estos hallazgos se suman a una cantidad creciente de pruebas que relacionan la reducción de las poblaciones de insectos con la contaminación del aire. Según Knaden en New Scientist, aunque los niveles actuales de ozono quizá no constituyan un peligro inmediato para los seres humanos, los perjuicios ecológicos indirectos pueden ser mayores y más duraderos de lo que se había estimado.
La permanencia de las hormigas sostiene funciones vitales de los ecosistemas terrestres. Su alteración significativa amenazaría la estabilidad ecológica a gran escala.
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