
Durante un viaje, el tiempo parece seguir una lógica distinta: los días pasan con rapidez, pero al recordar la experiencia, se siente como si se hubiera estado fuera mucho más tiempo del real. Esta paradoja, reconocida por muchos viajeros, no se debe a una alteración física del tiempo, sino a la manera en que el cerebro humano lo percibe y procesa.
Según un análisis publicado por Condé Nast Traveler, la percepción del tiempo es profundamente subjetiva y está influida por factores psicológicos y fisiológicos que transforman la vivencia de cada minuto, especialmente en contextos tan cambiantes como los viajes.
La percepción subjetiva del tiempo se manifiesta con fuerza cuando la rutina se rompe y la atención se dispersa entre nuevas experiencias. El psicólogo John Wearden, citado por Condé Nast Traveler, sostiene que la capacidad de percibir el tiempo es una función básica compartida con los animales, aunque esto no garantiza que siempre coincida con el tiempo real.
“Hay factores que pueden distorsionar, como prestar atención constantemente al tiempo. Cuando estás en el avión, puedes hacer cosas que te distraigan, como leer o ver una película, pero no cuando estás en la cola para embarcar, por ejemplo, donde solo puedes mirar la hora”, aseguró Wearden,

El aburrimiento y la frustración también influyen de manera relevante. Wearden señala que las emociones negativas tienden a alargar la sensación de los intervalos temporales, mientras que la espera, al ofrecer pocos estímulos, puede hacer que el tiempo parezca avanzar con lentitud.
Por el contrario, la abundancia de actividades y estímulos, como suele ocurrir durante las vacaciones, contribuye a que el tiempo se perciba como más breve. “Tener muchas cosas que hacer durante las vacaciones puede hacer que el tiempo parezca pasar más rápido, ya que te distraes y no te concentras en el tiempo”, afirma el psicólogo. Incluso en entornos de laboratorio, se ha observado que la presencia de múltiples eventos en un periodo determinado incrementa la percepción de velocidad temporal.
Teorías científicas y el “reloj interno”
Las explicaciones científicas sobre este fenómeno se remontan a teorías desarrolladas hace décadas. Una de las más influyentes es la Teoría del tiempo escalar, que postula la existencia de un reloj interno en los seres vivos.
Este mecanismo, descrito en Condé Nast Traveler, consta de un marcapasos que genera pulsos regulares, un interruptor que marca el inicio y el final del intervalo a medir, y un acumulador que registra los pulsos durante ese lapso.

La memoria almacena estos valores, permitiendo comparar experiencias pasadas y aprender a estimar duraciones. Sin embargo, este sistema no es infalible: factores internos y externos, como el “ruido” fisiológico o ambiental, pueden alterar la precisión de las estimaciones temporales.
Wearden fue pionero en aplicar la Teoría del tiempo escalar a seres humanos, descubriendo que su validez se limita a intervalos cortos y que no basta para explicar por qué, en ocasiones, el tiempo parece “volar”. Aquí entra en juego la distinción entre tiempo prospectivo y tiempo retrospectivo.
El primero se refiere a la percepción del tiempo mientras se vive una experiencia, mientras que el segundo corresponde a la evaluación que se hace una vez que el evento ha concluido. Wearden aclara que “tu juicio sobre cómo parece transcurrir el tiempo ahora y tu juicio después pueden ser muy diferentes: el primero quizás se base en las emociones que experimentas en ese momento y el segundo en la memoria. Así, algo puede parecer largo cuando estás en él, pero corto después”.
Durante los viajes, la abundancia de actividades y novedades puede hacer que el tiempo pase rápido en el momento, pero, al recordar la experiencia, la cantidad de recuerdos almacenados amplifica la sensación de que el periodo fue extenso.
Por el contrario, la rutina y la monotonía, al ofrecer pocos estímulos, provocan que el tiempo se perciba como lento mientras se vive, pero, retrospectivamente, ese lapso se condensa y parece haber pasado sin dejar huella.

Factores fisiológicos y modelos actuales
El fenómeno no se limita a los viajes. El fisiólogo Hudson Hoagland, citado en el mismo reportaje, documentó cómo la fiebre puede alterar la percepción temporal. En un experimento doméstico, Hoagland observó que su esposa, enferma, sentía que él había estado ausente mucho más tiempo del real. El aumento de la temperatura corporal acelera los procesos químicos del organismo, lo que a su vez incrementa la velocidad del “reloj interno”, haciendo que los intervalos se perciban como más largos.
Los estados fisiológicos, como la fiebre, la fatiga o la enfermedad, modifican la experiencia del tiempo, al igual que lo hacen los procesos de atención y memoria, ya señalados por Wilhelm Wundt, pionero de la psicología experimental.
Modelos actuales, como el attentional gate, sugieren que dedicar más atención al tiempo permite percibir mejor su duración, pero también puede hacer que los intervalos parezcan más largos. Por el contrario, la distracción reduce la atención disponible para el tiempo, lo que lleva a subestimar la duración de los eventos.

La carga cognitiva también influye: muchas tareas simultáneas disminuyen la atención al tiempo, acortando la percepción del intervalo, mientras que la baja carga cognitiva, como en una espera monótona, produce el efecto contrario.
El nivel de activación del sistema nervioso, conocido como arousal, también afecta al reloj interno. Un alto arousal, provocado por emociones intensas como la ansiedad o el miedo, acelera el reloj interno y hace que los segundos se perciban como minutos, fenómeno conocido como “dilatación temporal”. Ejemplos de esto se observan en situaciones extremas, como un salto en paracaídas, donde la intensidad emocional distorsiona la percepción del tiempo.
A pesar de los avances en la comprensión de estos mecanismos, la percepción del tiempo sigue siendo un campo complejo y en evolución. Wearden, en declaraciones recogidas por Condé Nast Traveler, señala que los modelos de reloj interno, aunque cuestionados desde la neurociencia, continúan siendo los más utilizados para explicar las tareas de cronometraje.
Sin embargo, juzgar la duración de un evento implica no solo medir el tiempo, sino también tomar decisiones y recurrir a la memoria, lo que añade capas de dificultad al fenómeno.
Comprender cómo percibimos el tiempo, incluso en experimentos sencillos, revela la compleja interacción entre sincronización, memoria y toma de decisiones en el cerebro. Esta dificultad ha ralentizado el avance hacia modelos explicativos definitivos y, por ahora, los modelos clásicos de reloj interno siguen siendo la referencia principal, a pesar de las dudas sobre su base neuronal, como concluye Condé Nast Traveler.
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