
En una habitación silenciosa del campus universitario, lejos de la rutina diaria y de las pantallas de sus teléfonos, un grupo de adolescentes permaneció varias horas sin contacto alguno con familiares o amigos. Así comenzó un experimento en Cambridge que buscó responder cómo afecta la soledad, incluso por lapsos breves, al comportamiento de los jóvenes. Durante estos ensayos, los científicos detectaron que tras varias horas de aislamiento, los adolescentes aumentaron su impulso para obtener recompensas y se volvieron más sensibles a estímulos motivadores, una reacción que resultó aún más marcada en aquellos que confesaron sentirse especialmente solos.
La investigación, dirigida por el Departamento de Psicología de la Universidad de Cambridge, sometió a 40 adolescentes socialmente conectados a dos tipos de sesiones de aislamiento de tres a cuatro horas. En una, los participantes permanecieron sin contacto social de ningún tipo; en la otra, tuvieron acceso a interacciones virtuales mediante redes sociales. Antes y después de cada sesión, realizaron tareas diseñadas para medir motivación y capacidad de aprender a obtener recompensas.
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Según difundió la revista Communications Psychology, el equipo utilizó modelos computacionales y modelos de efectos mixtos para evaluar el impacto del aislamiento en variables como soledad autoinformada, búsqueda de recompensas y capacidad de aprendizaje asociativo. De acuerdo con los resultados, el aislamiento agudo provocó un aumento significativo en la sensación de soledad. Este efecto fue menor cuando los participantes pudieron mantener contacto virtual durante el periodo de aislamiento.
De acuerdo con la Universidad de Cambridge, los adolescentes realizaron decisiones más rápidas para realizar esfuerzos y obtener recompensas tras la experiencia de aislamiento total. Además, los jóvenes mejoraron su desempeño. Aprendieron a asociar acciones con recompensas, un fenómeno más pronunciado en quienes reportaron mayor soledad al finalizar el aislamiento. La motivación por recompensas y la sensibilidad ante estímulos sociales crecieron notablemente tras la soledad impuesta. Esto mostró un patrón claro entre el incremento en la sensación de soledad y la respuesta hacia recompensas sociales.
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Según los datos recogidos, quienes participaron en la sesión de aislamiento total tardaron menos en decidirse a completar tareas asociadas a recompensas en comparación con la sesión que incluía acceso a interacciones virtuales. El análisis mostró que la diferencia fue aún mayor en situaciones en contextos sociales con alta recompensa, lo que revela un interés acentuado por recuperar conexiones sociales o compensar su ausencia a través de incentivos.

La metodología incorporó tareas donde los adolescentes elegían entre realizar un trabajo sencillo o difícil para obtener recompensas materiales o visuales, como imágenes de paisajes sociales. Además, los investigadores pusieron a prueba la capacidad de aprendizaje en una tarea de refuerzo y reversión, donde debían identificar y actualizar la preferencia por una máquina tragamonedas según la probabilidad de éxito. La experiencia de aislamiento se tradujo en menor número de errores perseverantes, es decir, los jóvenes modificaron sus conductas más eficientemente frente a cambios en las reglas de recompensa.
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Según los análisis, los participantes mostraron tasas de aprendizaje más altas tras la soledad impuesta, tanto ante retroalimentación positiva como negativa, sobre todo cuando el estímulo era social. También presentaron menor tendencia a explorar opciones nuevas después del aislamiento, lo que indica una mayor persistencia o foco en las recompensas percibidas.
El acceso a interacciones virtuales durante la soledad atenuó algunos efectos. Los adolescentes reportaron sentirse menos solos y abrumados por la experiencia, y su motivación para buscar recompensas no se incrementó tanto como la de quienes carecieron de contacto virtual. Sin embargo, ambos grupos experimentaron un descenso similar en el estado de ánimo positivo tras el aislamiento, según los cuestionarios empleados en el estudio. La interacción virtual mostró capacidad para reducir la soledad inmediata, pero no compensó completamente las consecuencias afectivas del aislamiento real.
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De acuerdo con el informe, la correlación entre la sensación de soledad y la búsqueda de recompensas fue particularmente fuerte en tareas sociales. Aquellos que experimentaron un mayor incremento en la soledad también manifestaron una mayor motivación para buscar recompensas sociales y un aprendizaje más rápido a partir del estímulo social negativo.
El equipo científico no identificó relación entre los cambios de ánimo general y la búsqueda de recompensas, lo que refuerza la hipótesis de que la soledad es un factor específico y directo en el aumento de la motivación y el aprendizaje ante recompensas. El estudio destaca que estas reacciones podrían representar adaptaciones evolutivas que impelen a los individuos a restaurar la conexión social, aunque, en entornos donde no existe esa posibilidad, el aumento de la motivación podría dirigirse hacia estímulos alternativos, incluidos los riesgos como el alcohol o el consumo de sustancias.
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Según Communications Psychology, la sensibilidad del cerebro adolescente ante periodos breves de soledad sugiere implicaciones relevantes para la salud mental y los comportamientos de riesgo en la adolescencia. Esta etapa, marcada por una remodelación de los circuitos cerebrales asociados a la recompensa, puede ser especialmente vulnerable a cambios en la cantidad y calidad de las relaciones sociales.

El estudio señala que, si bien la interacción virtual pudo atenuar parcialmente los efectos adversos del aislamiento social a corto plazo, sus consecuencias a largo plazo permanecen inciertas. La búsqueda elevada de recompensas tras la soledad puede potencialmente aumentar el atractivo de recompensas no saludables en ausencia de oportunidades para la interacción social real. Este fenómeno, en conjunto con la plasticidad cerebral adolescente, podría influir en la aparición de conductas compulsivas o dependencias si la soledad se prolonga.
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Los autores proponen que futuras investigaciones exploren si estos efectos se presentan en otras etapas vitales distintas a la adolescencia y cómo influyen factores como la duración y la calidad de las interacciones sociales presenciales y virtuales. Además, advierten que el contexto pandémico y las restricciones sociales pueden haber potenciado algunos de los efectos observados.
Las conclusiones de esta investigación abren la puerta a interrogantes sobre la capacidad real de las interacciones virtuales para suplir las necesidades sociales en adolescentes, así como sus posibles límites y riesgos.
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