En las profundidades de la jungla tropical de Papúa Nueva Guinea, un hallazgo fortuito ocurrido hace más de tres décadas abrió una de las líneas de investigación más intrigantes en la biología de las aves.
Es que aquello que comenzó como un rasguño en los labios de un joven ornitólogo derivó en el descubrimiento de una capacidad insospechada en algunos pájaros: ser tóxicos.
El hallazgo accidental del pitohui encapuchado
Durante el verano de 1989, Jack Dumbacher, entonces estudiante de posgrado en la Universidad de Chicago, se encontraba en su primera expedición de campo. Mientras revisaba las redes de niebla instaladas para capturar aves con fines de estudio, un ejemplar de plumaje negro y naranja lo arañó. Al llevarse el corte a la boca, sintió un ardor persistente seguido de entumecimiento.
Al relatar el episodio a los lugareños, estos lo identificaron como un pitohui encapuchado, una especie que evitaban consumir, salvo que fuera preparada cuidadosamente, por su conocida toxicidad.

El incidente motivó a Dumbacher a investigar el origen de las sensaciones inusuales. En 1992, junto a un equipo de colaboradores, confirmó que el Pitohui dichrous contenía batracotoxina, uno de los alcaloides más potentes del reino animal, y el mismo que se encuentra en ciertas ranas dardo venenosas de América del Sur. Este fue el primer caso documentado de un ave venenosa.
Desde entonces, la comunidad científica ha identificado al menos una docena de especies de aves tóxicas, entre las más de 10.500 conocidas. La mayoría se encuentran en Nueva Guinea, incluyendo al menos cinco especies adicionales de pitohui y el ifrit de cabeza azul. También se han reportado aves venenosas fuera de la isla, como la codorniz europea, el urogallo canadiense y las abubillas, aunque estas presentan toxinas diferentes. La concentración de especies con batracotoxina en una misma región geográfica plantea preguntas aún abiertas sobre su ecología y evolución.
¿De dónde obtienen la toxina?
Una hipótesis persistente sugiere que las aves no sintetizan la batracotoxina por sí mismas, sino que la incorporan a través de su dieta. El escarabajo del género Choresine ha sido señalado como la posible fuente. No obstante, Dumbacher, quien en 2004 fue el primero en describir la presencia de batracotoxina tanto en aves como en insectos, duda que los escarabajos sean los productores originales. “La mayor parte de la información sugiere que los escarabajos no pueden producir estos alcaloides esteroides”, afirmó, y propuso como alternativa otros organismos del entorno, como los ácaros del suelo o plantas aún no identificadas.
Para rastrear el origen de la toxina, investigadores liderados por el ecólogo Knud Jønsson y el biólogo Kasun Bodawatta buscan comparar el contenido estomacal de aves tóxicas con el de insectos atrapados en zonas cercanas. “Es como buscar una aguja en un pajar, pero ese es el primer paso que podemos dar”, señaló Jønsson a National Geographic. Asimismo, en colaboración con la química Christine Beemelmanns, se han identificado hasta ahora seis derivados de batracotoxina en muestras recogidas.

Inmunidad a la toxina letal
La batracotoxina afecta los canales de sodio en células musculares, nerviosas y cardíacas, provocando una apertura continua de estos canales, lo que puede derivar en parálisis e incluso muerte. Algunas ranas venenosas sudamericanas poseen mutaciones en los genes que codifican esos canales, impidiendo que la toxina se adhiera. Una hipótesis similar se aplicó a las aves tóxicas.
Jønsson y su equipo compararon los genomas de seis especies venenosas con aves no tóxicas emparentadas y hallaron mutaciones en genes que codifican un canal de sodio específico.
Sin embargo, cuando el biofísico Daniel Minor replicó estos canales en experimentos de laboratorio, descubrió que aún eran vulnerables a la batracotoxina, lo que contradijo la hipótesis. Minor propuso entonces una alternativa: las aves podrían producir una proteína “esponja”, aún no identificada, capaz de unirse a la toxina y neutralizarla antes de que cause daño.
Este mecanismo recordaría a la saxifilina, una proteína que secuestra saxitoxina en ranas venenosas. “Nuestro laboratorio demostró que la saxifilina puede absorber y unirse a la saxitoxina con gran afinidad”, explicó Minor, lo que llevó a pensar que podría haber un mecanismo similar en las aves.
Avances y nuevas especies

Después de más de una década sin descubrimientos, el equipo de Jønsson y Bodawatta identificó en 2023 dos nuevas especies de aves venenosas. Planean continuar su trabajo de campo en Nueva Guinea hasta 2028, con visitas anuales y una campaña de recolección intensiva de muestras. Su objetivo es ampliar el mapa genético de aves venenosas, centrándose en las especies de la superfamilia de los córvidos, que incluye unas 700 especies en todo el mundo, 140 de las cuales se encuentran en Nueva Guinea. Hasta ahora, solo se ha estudiado una quinta parte de ellas.
Además de identificar nuevas especies, el equipo secuenciará los genomas de múltiples individuos por especie para detectar mutaciones en los canales de sodio y buscar proteínas con funciones similares a las de la saxifilina.
Convergencia evolutiva: un fenómeno compartido
Más allá del caso específico de Nueva Guinea, los investigadores están interesados en la “evolución convergente” que habría permitido a animales no emparentados —ranas, aves, peces y pulpos— desarrollar mecanismos similares para resistir toxinas mortales. “Comprender las adaptaciones convergentes por selección natural es un objetivo central en la biología evolutiva”, señaló Jønsson.
Las implicancias son amplias: no se trata solo de identificar nuevos organismos venenosos, sino de entender cómo procesos evolutivos independientes pueden llegar a soluciones biológicas similares frente a desafíos tóxicos comunes. Como subrayó Bodawatta: “Quizás en dos o tres años tengamos nuevos conocimientos que compartir. Esto es solo el principio”.
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