
En pleno silencio, sin previo aviso, una melodía conocida irrumpe en la mente. No hace falta que suene desde un parlante: basta con que esté ahí, repitiéndose una y otra vez.
Este tipo de melodías, que suelen ser fragmentos repetitivos de canciones, tienen una capacidad única para quedarse en el cerebro, incluso mucho después de haberlas escuchado.
Este fenómeno es más frecuente con canciones que tienen estructuras repetitivas, ritmos rápidos y letras fáciles de recordar. Estas características, combinadas con la exposición reciente a la música, aumentan la probabilidad de que una canción se quede atrapada en nuestra memoria.
Kelly Jakubowski, psicóloga de la música en la Universidad de Durham, explicó a The Washington Post, que las canciones pegajosas suelen ser aquellas que invitan a cantar, incluso de manera subconsciente.
¿Por qué algunas canciones son más pegajosas que otras?
El Center for the Neurosciences at Brigham and Women’s Hospital detalla que la música activa múltiples áreas del cerebro, incluyendo las regiones auditivas, motoras y emocionales.

Este proceso comienza con la percepción de las vibraciones sonoras en la cóclea, que luego son transformadas en señales eléctricas y enviadas al cerebro.
Estas señales no solo permiten identificar tonos y ritmos, sino que también activan estructuras relacionadas con la memoria y las emociones, como el hipocampo y la amígdala.
Este tipo de canciones suelen tener patrones melódicos predecibles, pero con elementos novedosos que capturan nuestra atención.
Según contó Jakubowski, a The Washington Post los coros son particularmente propensos a quedarse en la mente debido a su repetitividad.
Por otro lado, la forma en que se interactúa con la música ha cambiado drásticamente en las últimas décadas, lo que también ha influido en la naturaleza de los earworms [literalmente, “gusanos de oído”, como se llama a las canciones o fragmentos que quedan resonando en la cabeza].
Según contó a Scientific American el doctor Tim Byron, de la Universidad de Wollongong en Australia, la disponibilidad de plataformas de streaming como Spotify ha diversificado los hábitos musicales, aumentando la posibilidad de que canciones menos conocidas se vuelvan pegajosas.

Byron también señaló que los productores de música moderna diseñan canciones con “ganchos” o elementos repetitivos pasibles de quedar en la mente del oyente.
¿Cómo afecta la música al cerebro?

Según el Center for the Neurosciences at Brigham and Women’s Hospital, la exposición repetida a la música puede generar cambios estructurales y funcionales en el cerebro. Por ejemplo, el entrenamiento musical prolongado puede aumentar la conectividad en regiones relacionadas con el control ejecutivo y la memoria. Incluso sesiones cortas de aprendizaje musical, como seis semanas de clases de piano, pueden alterar la activación de áreas sensoriales y motoras del cerebro.
Aunque este fenómeno de canciones pegadizas son generalmente inofensivos, pueden resultar molestos para algunas personas. Según un estudio de la Universidad de Cincinnati, escuchar la canción completa puede ayudar a “expulsarla” de la mente.

Otros métodos incluyen masticar chicle, resolver rompecabezas o escuchar programas de radio hablados para distraer al cerebro. Sin embargo, Gordon aclaró que no existe una solución definitiva respaldada por la ciencia.
En casos más extremos, este problema puede estar relacionado con trastornos como la ansiedad o el trastorno obsesivo-compulsivo, lo que sugiere que su persistencia podría ser un síntoma de un problema subyacente.
Desde la antigüedad, la música ha sido considerada una herramienta poderosa para equilibrar las emociones y promover el bienestar. Tal como lo destacó el Center for the Neurosciences at Brigham and Women’s Hospital, la música no solo refleja la historia cultural, sino que también tiene el potencial de aportar a tratamientos médicos. Con avances en neurociencia e inteligencia artificial, la música podría desempeñar un papel clave en el desarrollo de terapias personalizadas para mejorar la salud mental y física.
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