
En las aguas de Nueva Zelanda, un salto tradicional se ha convertido en un espectáculo lleno de fuerza, técnica y legado cultural: el Manu. Conocido por generar imponentes columnas de agua, este estilo de zambullida no solo es una actividad recreativa, sino también un fenómeno cultural que ha intrigado a científicos, quienes ahora revelaron los principios físicos detrás de su éxito.
Gracias a un estudio liderado por el Instituto de Tecnología de Georgia, de ser una tradición maorí, el Manu ha pasado a convertirse en un ejemplo fascinante de biomecánica.
Más que un simple salto
El Manu, que en maorí significa “ave”, consiste en un salto al agua en el que el saltador adopta una posición específica: su cuerpo forma una “V”, con el torso y las piernas alineados, mientras las nalgas impactan primero en el agua.
Esta técnica, además de garantizar una gran salpicadura, se convirtió en una forma de expresión y competencia en Nueva Zelanda.
Aunque los orígenes exactos del Manu son desconocidos, ha sido un elemento central de la cultura maorí, practicado en puentes, muelles y rocas. Incluso dio lugar a competencias internacionales, como el Campeonato Mundial Z Manu, donde en 2024 un participante logró una salpicadura de 13 metros de altura, un récord en la historia de este deporte.
De la tradición a la ciencia
Con el objetivo de entender la física detrás de este fenómeno, Pankaj Rohilla y su equipo estudiaron 50 saltos de Manu capturados en videos de YouTube. A partir de esta observación, los investigadores diseñaron un robot llamado Manubot, de apenas 115 gramos, que replica los movimientos del cuerpo humano durante el salto.
Este dispositivo permitió recrear el impacto y el comportamiento del agua en condiciones controladas de laboratorio, abriendo una ventana al complejo proceso detrás del espectáculo visual.

Las cuatro etapas del salto perfecto
El estudio descompuso el Manu en cuatro etapas esenciales, cada una crucial para maximizar la altura de la salpicadura:
- Entrada en posición de “V”: El cuerpo entra al agua con un ángulo preciso que permite desplazar el mayor volumen de agua posible.
- Creación de una cavidad de aire: Bajo el agua, un movimiento de retroceso y patada amplía la cavidad inicial creada al impactar, asegurando una mayor fuerza al colapsar.
- Colapso de la cavidad: El agua se desplaza hacia adentro, convergiendo en el centro de la cavidad con alta velocidad, lo que genera una explosión hacia arriba.
- El chorro de Worthington: Este fenómeno físico, que ocurre tras el colapso, es el responsable del característico “pop” o chorro vertical de agua que culmina el salto.
Claves científicas para el éxito
El equipo determinó que el ángulo óptimo para la entrada en el agua es de 45 grados. Además, el momento ideal para abrir el cuerpo bajo el agua y maximizar la cavidad de aire debe ocurrir entre 0,26 y 0,30 segundos después del impacto inicial. Este cálculo toma como referencia un hombre promedio de 1,75 metros de altura que salta desde un metro, alcanzando una velocidad de 4,43 metros por segundo al tocar el agua.
Estas precisas mediciones, obtenidas a través de experimentos y simulaciones, subrayan la importancia de la coordinación y el control corporal para lograr un Manu exitoso.
El contraste con los clavados olímpicos

Curiosamente, la búsqueda de la mayor salpicadura en el Manu contrasta radicalmente con los objetivos de los clavadistas olímpicos, quienes buscan entrar al agua con el menor impacto visual posible. Mientras los atletas olímpicos perfeccionan técnicas para minimizar la salpicadura, los practicantes del Manu celebran el efecto opuesto: el poder y la espectacularidad del agua disparada hacia el cielo.
Implicaciones más allá del deporte
El análisis del Manu no solo rinde homenaje a una tradición maorí, sino que también ejemplifica cómo la ciencia puede iluminar prácticas culturales. Este estudio combina tecnología, observación detallada y modelos robóticos para explorar un fenómeno que antes era puramente intuitivo.
Además, investigaciones como esta subrayan el valor de unir disciplinas aparentemente distantes, como la física, la ingeniería y la antropología, para entender mejor cómo las personas interactúan con su entorno.
El trabajo de Rohilla y su equipo celebra el legado cultural del Manu y destaca la belleza inherente en las tradiciones humanas cuando son vistas a través del lente de la ciencia.
Una tradición que inspira
El Manu, una práctica nacida del juego y la creatividad, se ha elevado a un espacio donde convergen la cultura, la competencia y el conocimiento científico.
Este salto que desafía la gravedad y utiliza las fuerzas del agua nos recuerda que detrás de las tradiciones más sencillas pueden esconderse complejos principios naturales. Y con cada “pop” generado, el Manu sigue inspirando a quienes lo practican y, ahora, también a quienes lo estudian.
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