
Un nuevo estudio de investigadores del Brigham and Women’s Hospital en Boston, Estados Unidos, relaciona las siestas diurnas por un tiempo excesivo de los adultos mayores con un mayor riesgo de desarrollar Alzheimer, la enfermedad que causa un deterioro cognitivo severo.
El estudio fue publicado en la revista especializada Alzheimer’s & Dementia: The Journal of the Alzheimer’s Association. “El círculo vicioso que observamos entre el sueño diurno y la enfermedad de Alzheimer ofrece una base para comprender mejor el papel del sueño en el desarrollo y la progresión de la enfermedad de Alzheimer en los adultos mayores”, señaló Peng Li, autor principal del estudio que trabaja en el Programa de Biodinámica Médica de la División de Trastornos Circadianos y del Sueño de Brigham.
Los investigadores encontraron no solo que las siestas diurnas excesivas presagiaban un mayor riesgo de demencia de Alzheimer, sino también que “un diagnóstico de Alzheimer aceleró el número de las siestas diurnas durante el proceso de envejecimiento”, indicó Brigham.
Uno de cada ocho personas padecen Alzheimer en Argentina u otra demencia. Hay en el país más de 500 mil personas que lo sufren. Se calcula que cada tres segundos, alguien en el mundo es diagnosticado con demencia. Según la OMS hay 50 millones de personas que la padecen y entre el 60% y 70% de esos casos corresponden a Alzheimer. Se prevé que para 2050 se triplique esa cantidad.

“Los comportamientos de sueño diurno de los adultos mayores a menudo se ignoran y aún falta un consenso para las siestas diurnas en la práctica clínica y la atención médica”, advirtió Li. “Nuestros resultados no solo sugieren que las siestas diurnas excesivas pueden indicar un riesgo elevado de demencia de Alzheimer, sino que también muestran que un aumento anual más rápido en las siestas diurnas puede ser un signo de deterioro o progresión clínica desfavorable de la enfermedad”.
Li afirmó que el estudio “requiere una mayor atención a los patrones de sueño de 24 horas, no solo el sueño nocturno sino también el sueño diurno, para monitorear la salud en adultos mayores”. Merced a estudios previos es conocida desde hace mucho tiempo la interacción entre, por ejemplo, la apnea del sueño y la demencia. Sin embargo, no está claro si los cambios en los patrones de sueño afectan la memoria y conducen a la demencia, o si el proceso neurodegenerativo de la demencia afecta el sueño en paralelo.
El presente estudio se basó en la participación de más de 1.000 personas, que tenían una edad superior a los 75 años, con un promedio de 81 años. Cada persona recibió un dispositivo Atical similar a un reloj para usar en su muñeca hasta por dos semanas. Los científicos identificaron los episodios de sueño con un algoritmo de puntuación, y después de identificar los episodios de siesta, se tabularon la duración y la frecuencia del descanso.

Si bien el uso de Atical se ha utilizado ampliamente en estudios de campo del sueño, los autores reconocen que la polisomnografía es la base para la puntuación del sueño. Consiste en evaluar las funciones corporales de los participantes mientras duermen o intentan dormir. Cuando se realiza en un entorno de atención médica los especialistas colocan electrodos en el “mentón, el cuero cabelludo y el borde exterior” de los párpados de un participante, con monitores que registran la frecuencia cardíaca y la respiración. En el caso del estudio de Boston los participantes del estudio eran mayores, por lo que es posible que los hallazgos no se “traduzcan fácilmente” a grupos de edades más jóvenes. Los científicos expresaron en su documento que los estudios futuros deberían evaluar si una intervención directa en las siestas diurnas puede reducir el riesgo de demencia de Alzheimer o deterioro cognitivo.
También advirtieron que el dispositivo puede confundir, en ocasiones, sueño con descanso. La actigrafía no es una gran medida del inicio del sueño y qué tipo de sueño tiene la persona, por lo que no siempre registra cuándo una persona está realmente durmiendo la siesta. Los especialistas sugirieron que se esperen nuevas investigaciones, a fin de no malinterpretar los hallazgos. Lo último que deseamos es que alguien suponga que no puede dormir la siesta, porque podría tener demencia’. Ese es el mensaje que queremos dar”, concluyó Li.
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