
Mientras la biotecnológica alemana BioNTech y la farmacéutica estadounidense Pfizer anuncian un acuerdo para desarrollar la primera vacuna contra el herpes zóster basado en la tecnología ARNm, la misma utilizada para su preparado contra el COVID-19, las dos dolencias parecen encontrarse en otras situaciones.
Los adultos a partir de los 50 años y ciertos grupos particularmente vulnerables, como pacientes de cáncer, tienen un riesgo elevado de contraer una infección con herpes zóster, y esta situación empieza a registrarse, además en diferentes estudios que encuentran algunos puntos de contacto entre el COVID-19 y el herpes zóster.
Desde el inicio de la vacunación contra el coronavirus se han estudiado diferentes efectos secundarios que pueden causar las vacunas. Los síntomas pueden variar dependiendo del inoculantes y los más habituales son dolor en el brazo, fiebre, cansancio y dolor de cabeza. Pero también se han observado casos de reacciones en la piel. Por ejemplo, los dermatólogos han recibido durante los últimos meses consultas por herpes zóster después la inmunización.
Un estudio español publicado en la revista British Journal of Dermatology analizó las reacciones cutáneas de 405 pacientes que se vacunaron contra el COVID-19. La reactivación del herpes zóster se observó en un 13,8% de los participantes y fue una de las reacciones más notificadas con la vacuna de Pfizer.
Además, se contemplaron reactivaciones de otros virus, como el del herpes simple (VHS). Los autores señalaron que podría haber un “vínculo causal” entre la reactivación de estos virus y la vacuna. “Un mecanismo plausible es que una fuerte respuesta inmune específica contra el SARS-CoV-2 o la proteína S de las vacunas puede distraer el control celular de otro virus latente”, apuntaron los investigadores. Por tanto, concluyeron que la vacuna contra el COVID-19 puede reactivar el herpes zóster en personas que tengan latente este virus, debido a la bajada de defensas que puede provocar cualquier vacunación. No es algo inusual, indicaron, es una reacción que también puede darse con cualquier episodio que “distraiga” a las defensas del organismo.

La dermatóloga del Hospital Universitario de Móstoles (Madrid) Cristina Galván, y una de las investigadoras principales del citado estudio, desarrollado con la colaboración de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), explicó que en el caso del herpes zóster, lo que ocurre es que “se produce la reactivación del virus de la varicela que tenemos acantonado desde pequeños, que se reactiva ante diferentes circunstancias, como momentos de bajada de defensas”.
Estos datos fueron compartidos por la dermatóloga del Hospital Clínic de Barcelona Alba Catalá Gonzalo en el II Congreso Nacional COVID-19, en la ponencia organizada por la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV). La experta explicó que tras la inoculación se pueden presentar síntomas como “manifestaciones cutáneas agudas o retardadas”. La urticaria y las reactivaciones de los virus del grupo del herpes: herpes simple y herpes zóster, serían los efectos con los que más frecuencia están acudiendo los pacientes a consulta tras la vacunación.
El virus varicela-zóster (VVZ) es uno de los ocho virus conocidos de la familia de los virus herpes. Se distribuye por todo el mundo y causa tanto la varicela, cuando infecta por primera vez a una persona (primoinfección), como el herpes zóster, en posteriores reactivaciones, según recoge en su web la Asociación Española de Vacunología (AEV).
Tras infectarse por el virus de la varicela-zóster (VVZ) por primera vez, este queda latente en los ganglios sensoriales. Al disminuir la inmunidad, algo que puede ocurrir de manera natural con la edad avanzada o debido a medicamentos o enfermedades que causen una disminución de las defensas, los virus latentes pueden reactivarse y dar lugar al herpes zóster. Esta forma clínica de la enfermedad está caracterizada por una erupción vesicular dolorosa que ocurre en un solo lado del cuerpo.
En cuanto a los síntomas del herpes zóster, los primeros suelen ser ardor, dolor punzante, hormigueo o picazón en una zona concreta del cuerpo o la cara. Posteriormente, entre uno a 14 días después, se produce la erupción, seguramente ampollas, que puede prolongarse de siete a 10 días. Algunas personas pueden desarrollar también fiebre, dolor de cabeza, escalofríos y/o dolor abdominal.

El especialista Eduardo López Bran, profesor de dermatología en la Universidad Complutense de Madrid ha volcado en un reciente documento publicado por The Conversation una serie de conclusiones que colaboran en analizar el enlace entre ambas dolencias.
“La teoría más aceptada -dice- es que se deben a la linfopenia (afección por la que hay un número más bajo de lo normal de linfocitos, un tipo de glóbulos blancos, en la sangre) causada por SARS-CoV2. Se ha pensado en esto porque la latencia de los virus herpes depende de la inmunidad linfocito T dependiente”. No obstante, este mecanismo no explicaría las reactivaciones tras la vacunación porque en estos casos no existe linfopenia. Por eso, otra hipótesis probable es que quizá se deban a procesos de inmunomodulación, es decir, cambios en el funcionamiento del sistema inmunitario por alteración de la función de los linfocitos T.
En España, se han descrito casos de infección por herpes virus en pacientes vacunados con una incidencia de 0,836 casos por cada 1.000 personas vacunadas. El 55 % de los casos se han dado en mujeres y la edad media de los pacientes ha sido de 66 años. El Servicio de Dermatología del Hospital Clínico de Madrid ha comunicado algunos casos en los que las lesiones aparecen uno o dos días después de la primera o segunda dosis. En algunos pacientes se demostró la presencia de virus varicela zóster y en otros de virus herpes simple.
Esta observación se suma a otra preocupación en torno a este mismo virus. De hecho, un grupo de especialistas belgas acaban de publicar otro estudio que alerta sobre la disminución en la vacunación contra el herpes zóster a partir de COVID.

El herpes clínicamente se caracteriza por vesículas o diminutas bolsas enrojecidas, asociadas a dolor intenso, hiper sensibilidad e irritación. Además, suelen ir precedidos de manifestaciones previas de malestar. Puede aparecer en cualquier localización pero es más frecuente en tronco y cara.
Las lesiones desaparecen en pocos días y únicamente precisan tratamiento sintomático, habitualmente con antivirales como el aciclovir, fanciclovir, valaciclovir o brivudina. El 20% de la población sufre un herpes zóster en su vida y es más frecuente en mayores de 50 años. Entre las posibles complicaciones, cuya incidencia aumenta con la edad, la más frecuente es la neuralgia postherpética (un trastorno que afecta las fibras nerviosas y la piel), que se presenta en entre el 10 y el 20% de los casos, sobre todo si no se instaura un tratamiento precoz.
“Las campañas de vacunación masiva han conllevado en algunos casos reacciones cutáneas que pueden generar preocupación en los pacientes -indicó López Bran-. Pero hasta ahora podemos afirmar que suelen ser leves y que no son una contraindicación para inocular la vacuna o para recibir segundas o terceras dosis de la misma”.
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