
No hay bueno para conocer. Brasil se debate entre dos “malos conocidos”. Así lo ve el electorado. Es el ex presidente Lula da Silva, un sindicalista de izquierda tradicional que fue tomando posiciones más populistas en el camino, con cuarenta años en la primera fila de la arena política, o es el actual presidente Jair Bolsonaro, un ex militar de mano dura, también con más de 30 años de elección en elección. Si las encuestas se acercan a la realidad, en la noche de este domingo, el candidato del PT, el Partido dos Trabalhadores, debería ser el ganador, y si nos guiamos por esas proyecciones de los sondeos más prestigiosos, se convertiría en el próximo presidente brasileño. Por lo contrario, si nos atenemos al margen de error de estos cálculos, todo sería apenas un trámite y la verdadera disputa entre Lula y Bolsonaro se trasladaría a una segunda vuelta el 30 de octubre y con final imprevisible.
El último debate de la campaña televisado el jueves por la noche por la rede O Globo pareciera no haber hecho nada por mover las agujas de la intención de voto. Fueron una sucesión de acusaciones de corrupción entre Bolsonaro – llegó a insinuar que su rival está comprometido en el asesinato de otro político- y Lula – se encargó de recordar la barbárica gestión presidencial de la pandemia del Covid con 700.000 muertos- con otros cinco candidatos, que juntos no alcanzan el 14% del electorado, como espectadores.
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Todas las encuestas marcan la ventaja absoluta de Lula. La de Datafolha, tal vez la más confiable, indica que Lula tiene el 50% de votos, con un margen de error que lo puede llevar hasta el 52% o más con los que regresaría al Planalto. Bolsonaro anda por el 36%. Esto se extrae de la muestra en la que se preguntó la última semana a 6.800 personas en 332 ciudades. Por lo tanto, la gran incógnita de este domingo por la noche y madrugada del lunes será si Lula logra o no terminar de una vez con el proceso electoral para ponerse a pensar en alianzas y ministros.

La otra pregunta que queda flotando es la de si Bolsonaro va a aceptar o no el resultado de la elección. Él y su equipo se encargaron desde hace meses de poner esa duda entre los votantes. Cuestionan el sistema electrónico de votos y dicen que los petistas van a cometer fraude. El miércoles, el gobierno dijo que había “altos riesgos” de violación de la seguridad del sistema electoral. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) calificó las acusaciones de “falsas, antidemocráticas y destinadas a perturbar las elecciones”. Y agregó que “no tienen ningún soporte en la realidad, reuniendo información fraudulenta y amenazando al Estado Democrático de Derecho y al Poder Judicial, especialmente a la Justicia Electoral, en un claro intento de avergonzar y perturbar el curso natural del proceso electoral”. Un nuevo choque de los múltiples que Bolsonaro y su equipo protagonizaron con el poder judicial desde que llegaron al gobierno. Y hay que aclarar que el consenso de las organizaciones internacionales que supervisan elecciones es que el sistema de voto electrónico de Brasil es confiable y que hasta ahora no mostró fallas importantes.
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Y aquí aparece otro fenómeno de esta elección y es la agitación del “voto útil”. La disputa ya estaba polarizada desde el inicio, pero las circunstancias llevaron a que los dos candidatos terminaran llamando a que los voten para evitar que el otro logre su objetivo. Es así como terminaron concentrando la atención y no permitieron que crezca ningún otro candidato. El argumento de los bolsonaristas es que hay que apoyar al presidente para ir a una segunda vuelta en la que se podrían crear las alianzas necesarias para hacerle frente a Lula y “el avance del comunismo”. Los petistas creen que ganando en la primera vuelta y mostrándose presidenciables de inmediato, achicarían las posibilidades de que los partidarios del gobierno disputen los resultados. Y por encima de las campañas, hay temor de que un mes más de disputas podría acrecentar la descontrolada violencia electoral que ya dejó varios muertos y heridos.
De todos modos, el 80% de los brasileños aseguran que ya tienen decidido su voto y apenas un 19% dice que podría cambiar de opinión en las últimas horas antes de ir a las urnas. El capitán Bolsonaro anima a sus fieles seguidores a seguir participando en la disputa mientras se cobija detrás del “cortafuego” del fraude ante una posible derrota. En base a esto, el PT decidió acelerar la caza del voto útil entre los votantes del centroizquierdista Ciro Gomes y la liberal Simone Tebet, que aparecen estancados en la encuesta, con un 7% y un 5%, respectivamente. La diferencia entre Lula y Bolsonaro, que era de 15 puntos porcentuales hace una semana y de 12 puntos hace dos semanas, según la encuestadora Ipec, se sitúa ahora en 16 puntos. Esto es crucial para el presidente, que tiene una tasa de rechazo del 50%. Otro sondeo de Quaest indica que el 33% de los votantes de Ciro y el 24% de los de Tebet podrían cambiar su voto “para que Lula gane en primera vuelta”. El “engagement” en las redes en torno al tema registró 30 veces más interacción en Instagram que hace un mes, y 19 veces más en Facebook en el mismo periodo, según un estudio realizado por Novelo Data.
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Cuando se apaga la luz del voto aparece la realidad del desafío. Mientras muchos sólo tienen ojos para las encuestas, otros están preocupados por lo que viene más allá de quien gobierne. “No importa quien se quede con la presidencia, será necesario pacificar el país y crear las condiciones para la reanudación del crecimiento económico”, afirma el politólogo Bolívar Lamounier en una entrevista con la revista Veja. Se prevé que la economía apenas si va a crecer a los niveles anteriores a la recesión (2015/16) y la pandemia. El ministro estrella de Bolsonaro, Paulo Guedes, a pesar de su discurso de ajuste fiscal, no logró controlar el nivel de gastos. La inflación, si bien tuvo dos meses de tasas negativas, sigue alta para los niveles brasileños y todo indica que continuará por encima del 5% en 2023. Según Maílson da Nóbrega, el ex ministro de economía de la presidencia de José Sarney, el próximo presidente deberá reequilibrar las cuentas públicas, lo que implica recortar los gastos de personal, Seguridad Social, sanidad, educación y programas sociales. “No veo en ninguno de los candidatos tenga esta voluntad”, dice. “Y no resolver estos problemas condenará a Brasil a seguir siendo mediocre en el crecimiento económico y a tener la peor crisis fiscal de los últimos años”.
De acuerdo a una encuesta anual de la Confederación Nacional de la Industria (CNI), las máximas preocupaciones de los brasileños son la “generación de empleo” (hay más de 10 millones de desempleados), citada por el 44% de los entrevistados, la “reducción de la pobreza” y la “desigualdad social” con el 26%, la reducción de impuestos también con 26% y la inflación con el 24%. La pobreza extrema alcanza a más de 30 millones de brasileños. El plan de ayuda, Auxílo Brasil, llega a 20,6 millones. Y nadie sabe qué sucederá a partir de enero cuando se acabe el electoralista adicional de 200 reales, que llevó el beneficio a 600 reales (112 dólares) por familia.
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El otro elemento esencial es el de la Amazonía, la región bendición/desgracia de Brasil. No hay un consenso sobre cuál sería el equilibrio necesario para avanzar en el desarrollo de la agro-industria y el cuidado del medio ambiente. El gobierno de Bolsonaro acentuó la devastación de la selva y propició el robo de tierras por parte de los agricultores. Según el Instituto Clima e Sociedade (ICS) el 80% de los votantes creen que la Amazonía debe estar entre las principales preocupaciones de los candidatos y que el crecimiento económico debe estar entrelazado con la preservación de la biodiversidad. Ante este clamor, hace apenas unas semanas Lula se amigó con su prestigiosa ex ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, que volvería a ocupar ese puesto en su hipotético gobierno.

Y está el crimen organizado que se está extendiendo desde las favelas de las grandes ciudades hasta negocios en zonas extremas como el contrabando de maderas preciosas que salió a la luz por el asesinato del periodista británico Dom Phillips y el activista Bruno Araújo Pereira. Y el narcotráfico en el que se consolidan como grandes “players” globales las organizaciones como el Primer Comando de la Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV), que manejan desde las cárceles las redes de distribución y toma de territorio en todos los países de la región. En este momento hay casi un millón de presos (919.000) en 1.500 unidades penitenciarias. “Son 70 facciones criminales que manejan los negocios ilícitos y lavan plata a través de los lícitos”, denuncia Raúl Jungmann, el ex ministro de Seguridad de la presidencia de Michel Temer.
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Este es el contexto en el que 156 millones de potenciales electores van este domingo a las urnas para elegir entre la mano dura de Bolsonaro y el populismo de Lula como alternativa para enfrentar estos desafíos. Aunque esas cifras quedarán en un paréntesis hasta que terminen de contarse los votos, determinar si hay o no segunda vuelta y si se reconocerá o no el resultado. Porque como dijo Konrad Adenauer, “en política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno”.
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