Dos jóvenes esperan ser revisados por la policía durante una de las operaciones nocturnas en San Salvador como parte del Plan de Control Territorial lanzado por el gobierno de Nayib Bukele y que muestra un marcado descenso en las estadísticas de homicidios. (AFP)
Dos jóvenes esperan ser revisados por la policía durante una de las operaciones nocturnas en San Salvador como parte del Plan de Control Territorial lanzado por el gobierno de Nayib Bukele y que muestra un marcado descenso en las estadísticas de homicidios. (AFP)

Juan tuvo que dejar su casa en El Salvador ante la amenaza de una pandilla en abril de 2015. Media docena de hombres armados llegaron a su hogar en Chorrera Blanca, una perdida comunidad rural en las faldas del volcán Izalco (en el occidente del país), para decirle que lo matarían a él y a su familia si no abandonaba el terreno donde había llevado su vida de campesino pobre durante los últimos 30 años. Él y los suyos acataron la orden al día siguiente, seguros de que las palabras de los recién llegados pasarían a las acciones si no lo hacían.

Han pasado cuatro años y todavía no ha podido regresar a su antigua casa, ante la falta de garantías de seguridad. Se ha tenido que habituar a una nueva vida a la que, dice, ya se resignó, en una zona de su mismo municipio en donde le ha sido mucho más complicado encontrar trabajo.

"Es mejor pasar hambre, y perder la vida poco a poco, que perderla de una vez en manos de ellos", comenta.

Juan, que pide no revelar su verdadero nombre, es un hombre que sigue teniendo miedo. Que sigue bajando la mirada cuando se cruza en la calle con un joven vestido a la usanza pandilleril y que sigue disminuyendo el volumen de su voz cuando se refiere a "los muchachos", los miembros de estas estructuras criminales.

Juan es un hombre que sigue temiendo a pesar de que El Salvador vive una auténtica primavera con respecto a sus estadísticas de homicidios. Agosto de 2019, por ejemplo, cerró con un promedio de un poco más de 4 asesinatos al día, la mitad de lo registrado en el mismo periodo de 2018. Pero la reducción ha sido permanente desde que Nayib Bukele asumió la presidencia de El Salvador el 1 de junio. Ese mes, el consolidado fue de 7,7. Y al siguiente, julio, de 5, según información de la Policía Nacional Civil.

El Salvador es uno de los países más afectados por la violencia homicida en el hemisferio occidental. No hace mucho, en 2015, este país de un poco más de 6 millones de personas, cerró el año con una tasa de 103 asesinatos por cada 100.000 habitantes.

En agosto de ese 2015, por ejemplo, fue habitual registrar días con más de 40 homicidios. En un contexto como este, que agosto de 2019 esté cerrando con un promedio de cuatro asesinatos diarios no deja de ser una buena noticia.

Oficiales de policías revisan mochilas durante uno de los operativos que se han vuelto habituales en los últimos meses en la capital salvadoreña.
Oficiales de policías revisan mochilas durante uno de los operativos que se han vuelto habituales en los últimos meses en la capital salvadoreña.

Nayib Bukele, un presidente que llegó a la silla gracias a una muy bien montada estrategia comunicacional, le ha dado buena parte del mérito de esta reducción en la mortandad a las diferentes fases de su Plan de Control Territorial, uno que, en la práctica, la población ha podido ver expresada en una mayor presencia en las calles de policías y, sobre todo, miembros de las Fuerzas Armadas en algunos municipios priorizados. En pocas palabras, más represión, nada nuevo respecto a las estrategias de sus predecesores.

Bukele, el mandatario que ha ocupado su Twitter para despedir funcionarios afines al anterior gobierno y para darle indicaciones a los miembros de su gabinete, no ha dudado en usar esta misma red social para hacer énfasis en la reducción, sobre todo cuando en el día se registran uno o dos asesinatos.
"Este día El Salvador cierra con dos homicidios. A pesar de las adversidades y el largo camino que falta por recorrer, seguimos bajando el promedio. De seguir así, agosto se convertirá en el mes más seguro desde los acuerdos de paz", escribió en su Twitter el 24 de agosto.

Pero, ¿cuán confiables son las cifras? En un primer momento, el gobierno decidió que en sus estadísticas no incluiría los asesinatos de pandilleros en enfrentamientos con miembros de las fuerzas de seguridad. Tampoco los cuerpos que se hallasen en fosas clandestinas, pero dio un paso hacia atrás luego de unos días de intensas críticas.

Cifras y causas

Roberto Valencia, reportero de El Faro, y Edwin Segura, jefe de la unidad de investigación social de La Prensa Gráfica, son dos de los periodistas que más horas y líneas han dedicado a la forma en la que se mide la violencia homicida en El Salvador.

Para ambos, las cifras relacionadas con asesinatos en El Salvador han sido tradicionalmente confiables, pues incluso en un momento de total crisis como fue 2015 estos se contaron en su integridad.

"Hay una causa práctica, y es que un homicidio, que deja un cadáver como cuerpo del delito, es un crimen que es bien difícil que se pueda ocultar", comenta Segura. Un criterio con el que están de acuerdo varios expertos en el tema, como el criminólogo Carlos Ponce, quien lo ha expresado en sus artículos de opinión.

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se vanagloria de haber logrado en poco tiempo un gran descenso en las cifras de asesinatos en uno de los países más violentos del mundo,
El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se vanagloria de haber logrado en poco tiempo un gran descenso en las cifras de asesinatos en uno de los países más violentos del mundo,

Lo de la confiabilidad de las cifras puede verse en otros elementos: incluso los números de la Fiscalía General de la República o del Instituto de Medicina Legal, instituciones independientes del gobierno de Bukele, coinciden con las de la Policía Nacional Civil.

Valencia, de El Faro, apunta a que la pregunta más importante es la del porqué de una reducción tan drástica, que rivaliza e incluso supera a la vivida por El Salvador en parte de 2012 y 2013, durante una tregua entre las principales pandillas del país, que fue facilitada por el gobierno del hoy prófugo Mauricio Funes.

Valencia, cuatro académicos y dos activistas consultados para este trabajo coinciden en que es imposible que la reducción se deba en exclusiva a los planes del nuevo Gobierno, que no ha cumplido siquiera 100 días en el cargo. Para ellos, la respuesta sigue siendo una incógnita que merece una investigación de campo, que descubra desde las raíces de cuál es la causa de esta anhelada, aunque inesperada paz.

Los expertos, sin embargo, tienen una opinión, que emiten con prudencia, pues el fenómeno de la violencia en El Salvador es multicausal. La hipótesis es que esto puede tener parte de su origen en la voluntad de las mismas pandillas, estructuras que durante la mencionada tregua se reconocieron como actores políticos y entendieron que la rebaja o el aumento en las estadísticas de homicidios podría ser una buena moneda de cambio para obtener beneficios desde el Estado.

Descartan las posibilidades, eso sí, de un nuevo acuerdo entre el gobierno y los grupos criminales, pues las condiciones no existen: los centros penales, donde están alojados sus máximos líderes, están en un estado de emergencia, que impide que tengan un contacto fluido con el exterior.
Las pandillas han dejado de matar, por tanto, para mostrarle al gobierno su compromiso, la capacidad que tienen para que, al final de cada mes, el gabinete de seguridad pueda mostrar un número del cual sentirse orgulloso.

Esa es una posibilidad que apoya el testimonio de Jacinto, un treintañero del que aquí no revelaremos el nombre porque es el cabecilla de una clica de la Mara Salvatrucha en el municipio de Soyapango, en San Salvador. Según comenta, "calmarse", que en lenguaje pandilleril significa refrenar los asesinatos, se ha convertido en una bandera común para los miembros de esas estructuras. A diferencia de 2012, dice, esta vez no ha llegado una orden de alguien a quien consideren con mayor autoridad dentro de la pandilla, como un líder nacional, pero han entendido que "no ganarán nada" si convierten a este gobierno en su enemigo "tan temprano" en la gestión.

"No es como en la tregua, donde a nosotros nos vinieron con la palabra desde el penal. Esto es algo a lo que hemos llegado nosotros, los que estamos en la calle, por nosotros mismos… siempre hay algún loco que no está de acuerdo, y allí vez que hay hasta uno que otro policía muerto… pero nosotros, por lo demás, queremos llevarla tranquila, al menos por ahorita", comenta Jacinto.

El "al menos por ahorita" representa toda una incógnita, y hace pensar en el efecto búmeran registrado en los homicidios en los años posteriores a la tregua, y que tuvo su cúspide en 2015, el año de los más de 6,000 asesinatos. Después de un tiempo, si no consiguen lo que pretenden del gobierno, ¿las pandillas aumentarán el número de homicidios?

Grandes cantidades de policías han saturado las calles salvadoreñas a toda hora (AFP)
Grandes cantidades de policías han saturado las calles salvadoreñas a toda hora (AFP)

"Eso no te lo sé decir. Tenemos un objetivo, estamos mostrando que podemos ser parte de la solución… pero, veá, queremos ver resultados", dice, aunque no deja muy claro qué esperan del Estado más allá de un régimen más laxo para sus presos en los penales u oportunidades de empleo en programas gubernamentales para sus miembros activos y sus familiares.

Jacinto platica de compromisos y expectativas solo un día antes del viernes 30 de agosto, la fecha en que El Salvador cerró con al menos nueve homicidios. Una cifra que, por ahora, no puede darle a Juan, el campesino desplazado de Izalco, las garantías suficientes para poder regresar a su antiguo hogar en las faldas del volcán.