
Latinoamérica nunca ha sido prioridad para Estados Unidos, siempre han estado ligados a Europa y solo cuando hay una amenaza, como la de los misiles rusos en Cuba, se despiertan; el Plan Colombia, una política que duró cuatro presidentes estadounidenses, es la excepción. Ni cuando James Monroe en 1823 expuso su doctrina de “América para los americanos” pensaba en nosotros, sino más bien en la posibilidad de una invasión de un poder europeo a Latinoamérica.
¿A qué viene este comentario? A un escrito de un precandidato republicano a la Presidencia, Vivek Ramaswamy, en The American Conservative sobre su política exterior. No es que vaya a ganar, aunque le ha ido bien en los debates, pero su escrito no solo muestra esa absurda tendencia aislacionista pro rusa que hay en ese partido -y de la que Donald Trump es la cabeza- sino que revive la doctrina Monroe.
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Dice el político que si es presidente arregla con Rusia, más o menos le entrega Ucrania, y no deja entrar ni a los rusos ni a los chinos a América Latina y crea una región exclusiva de desarrollo y beneficios mutuos. Suena más o menos bien, pero no va a pasar, ni toca los temas de fondo, como migración y narcotráfico, aunque sí plantea otros, como el comercio y el nearshoring -relocalización de empresas- en países aliados en la región.
Sería una política sensata, por lo menos la que tiene que ver con la región, pues lo primero que uno cuida es el vecindario, pero, como dijo Churchill, “siempre puedes contar con los estadounidenses para hacer lo correcto, después de haber intentado todo lo demás”. La verdad esos vecinos todavía están lejos de hacer lo correcto en lo que a la región se refiere. No somos prioridad, solo ponen atención a los temas de migración y narcotráfico y castigan y sacuden a los aliados mientras le abren las puertas y apaciguan e incluso cohonestan con enemigos que solo traen caos a la región, como Cuba, Venezuela y Nicaragua.
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En cambio, para la Unión Soviética de entonces, la Rusia de hoy, y para China, Latinoamérica sí es prioridad estratégica, por distintas razones. La política exterior de ambos países hacia la región es coherente, es permanente y no varía con el cambio de un presidente. No está al vaivén de la política. Rusia no dejó de lado a sus amigos cuando cayó la Unión Soviética y mantuvo sus redes de conspiración y de apoyo político legal e ilegal. Hoy, usa ambos para crear esa disrupción que vimos en la región y que llevó a Boric y a Petro al poder.
Rusia ve a América Latina como el espacio para crearle caos a su gran rival, Estados Unidos, en su patio trasero. Es la misma política que llevó a la crisis de los misiles de 1963 pero con otros medios. Ya Rusia no es un rival económico ni ideológico, pero necesita tener un asiento con los grandes y para eso usa su capacidad de disrupción a lo largo y ancho del mundo, llámese Siria, Chile, Colombia o Ucrania. Es la combinación de las formas de lucha con un solo objetivo, mantener su estatus de potencia, que ya no es.
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China, por su parte, juega a otra cosa, pero con el mismo objetivo, derrotar a Estados Unidos. El fin es la supremacía hegemónica que China tuvo en el mundo durante siglos y la cual quiere recuperar. Por eso está en lo que está y tiene a Africa y Latinoamérica como objetivos estratégicos de política exterior. Pero China no tiene afán, por ahora, pues sus condiciones económicas no son tan buenas y su futuro menos; por ello hoy compra y compra -primer socio comercial de Brasil, Argentina, Chile y Perú- para alimentar su mercado, y vende y vende a todo el mundo, para alimentar sus finanzas y generar empleo.
China compra alimentos, compra minerales, compra puertos, compra tierra, compra empresas de energía, compra minas, compra ferrocarriles, compra autopistas y crea una dependencia que ya tiene efectos en la región. El imperialismo chino poco a poco se comienza a sentir -Brasil es un ejemplo, hasta Bolsonaro se les entregó y son más poderosos que el gobernador de Sao Paulo- y su poder se extiende y lo comienzan a ejercer.
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En este escenario es que se dan las declaraciones de este precandidato presidencial. Estados Unidos llega tarde a esta disputa económica y política, no tiene los instrumentos para enfrentarla y no está dispuesto a hacerlo. La administración Biden no tiene idea de qué hacer con América Latina y sus contrapartes mucho menos.

Al contrario, en vez de construir una propuesta, que por lo menos este candidato plantea, hoy varios precandidatos republicanos hablan de atacar a los carteles mexicanos como atacaron a Al qaeda -y ojo, eso también va para los narcos colombianos que tanto consiente el presidente Gustavo Petro. Así las cosas, en este nuevo debate electoral, a no ser que se dé un milagro, América Latina no puede esperar nada distinto a más de lo mismo. Primero, un Joe Biden, que dizque sabía de la región, perdido en el ego y en la locura de una reelección y sin grandes asesores que entiendan y conozcan América Latina.
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Y los republicanos destinados a tener que votar por Donald Trump, que ya sabemos cómo va a actuar y qué espacio tiene la región en un posible gobierno: cero, con excepción de Mexico. Colombia perdió la oportunidad de ponerle fin al drama venezolano -que era una obsesión de Trump y estaba listo a jugársela en enero del 2019- cuando se creó la posibilidad de armar un corredor humanitario.
Por ahora nos tocará, como dijo Churchill, esperar a que Estados Unidos la embarre en la región todas las veces posible hasta que al fin haga lo correcto. Ojalá no sea demasiado tarde.
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