
El número de víctimas mortales por los recientes terremotos en Venezuela ya supera las 4.900, mientras miles de personas permanecen desaparecidas. María Elena Páez Pumar, sobreviviente del sismo de 1967, se convirtió en uno de los rostros visibles de la solidaridad desde el extranjero por movilizar ayuda para quienes enfrentan la actual tragedia en el país.
Páez Pumar fue rescatada cuando era bebé de entre los escombros de un edificio derrumbado en La Guaira. Su llanto fue clave para que los equipos de rescate localizaran a su familia; ese episodio marcó el inicio de una vida atravesada por la resiliencia y el apoyo compartido. Hoy, a sus 59 años y junto a otros venezolanos en el exterior, encabeza campañas de recaudación para los afectados y recuerda la importancia de ayudar “de donde sea” que uno esté.
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En la actualidad, Venezuela atraviesa una crisis agravada por décadas de deterioro económico y una reciente convulsión política tras la caída del ex dictador Nicolás Maduro. La emergencia humanitaria causada por los terremotos se inscribe en este contexto, dejando a miles de familias en una situación crítica y requiriendo el auxilio de la diáspora y de organizaciones internacionales.
Páez Pumar tenía solo siete meses cuando el temblor del 29 de julio de 1967 destruyó el edificio donde su familia pasaba el fin de semana. Los relatos familiares cuentan que fueron los gritos de la pequeña los que alertaron a los rescatistas. “Gracias a ese llanto lograron llegar hasta mi madre, mis hermanos y finalmente hasta mí”, explicó Páez Pumar sobre aquel episodio en diálogo con la agencia AFP. El sismo provocó la muerte de más de 200 personas en la región. En el caso de su familia, el hermano de Páez Pumar no sobrevivió, mientras que su madre y su hermana fueron rescatadas tras casi cuatro días bajo los escombros.
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Aunque sobrevivieron, las secuelas físicas y emocionales fueron profundas: la hermana, que tenía casi tres años, perdió un pie durante el rescate y, más adelante, ambas piernas debido a la gangrena. Páez Pumar, atrapada bajo su cuna, sufrió la amputación de su antebrazo derecho. La madre, aunque salió ilesa físicamente, necesitó un año y medio para recuperar la funcionalidad de sus manos. “Sobrevivimos, pero sufrimos enormemente y aún hoy llevamos cicatrices, e incluso cosas peores”, relató la venezolana.
Al rememorar su infancia, Páez Pumar sostuvo que fue un período feliz gracias al apoyo de su entorno. “Nunca me sentí maltratada por otros niños debido a mi desfiguración”, aseguró, y subrayó la importancia de la amabilidad para quienes hoy sufren las consecuencias de los recientes terremotos. “Va a haber muchísimas familias como la nuestra, y creo que la gente de Venezuela como sociedad —padres, educadores— tiene que darse cuenta de esto”, reflexionó.
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“No somos raros. Simplemente somos personas a las que les ha sucedido algo. Pero, a pesar de todo, vamos a ser felices, a vivir y a alcanzar nuestros sueños”, expresó Páez Pumar, quien desde temprana edad debió adaptarse a su nuevo cuerpo, aprendiendo a escribir con la mano izquierda tras perder su antebrazo derecho.
Hoy, desde Florida, donde reside y ejerce la docencia después de una carrera como abogada en Venezuela, Páez Pumar afirma que su fe y el trabajo constante le permitieron transformar la discapacidad en una fortaleza. “He desarrollado maneras de lograr que mi discapacidad no sea una discapacidad, sino todo lo contrario: poder hacer todo lo que quiero en la vida”, compartió.
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Para quienes hoy enfrentan lesiones físicas y emocionales por los terremotos, Páez Pumar ofrece un mensaje de paciencia y perseverancia. “Cada día avanzamos. Aunque sea un pequeño paso, es un logro”, afirmó. “Con paciencia, amor y apoyo esto se puede lograr, porque he tenido una vida muy feliz y estoy eternamente agradecida.”
(Con información de AFP)
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