
Veroes, municipio agropecuario de 1.059 kilómetros cuadrados y poco más de 30 mil habitantes enclavado en el estado centroccidental de Yaracuy, está en el epicentro de los devastadores terremotos que sacudieron el miércoles 24 de junio el norte de Venezuela, dejando hasta el momento un saldo oficial de más de 2.600 muertos.
“Aquí se sienten réplicas todos los días, hasta el sol de hoy no han parado”, relata un habitante de la zona, que describe que en el caserío de El Torito “uno siente que está en un barco que lleva la marea, un movimiento constante”.
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Tan pronto ocurrió el cataclismo, la misma comunidad, la Iglesia católica y las asociaciones de productores de la zona se encargaron de hacer frente a la situación. “La primera respuesta fue del ciudadano común y a las 72 horas aparecieron los órganos gubernamentales”, señala una vecina que prefiere resguardar su identidad.
De acuerdo con este testimonio, las autoridades “se habían concentrado en San Felipe -capital de Yaracuy-”, partiendo de la premisa de que en Veroes “no había pasado nada”. “De no ser porque empezamos a visibilizar la situación del municipio, no se hacen presentes. De hecho, la primera evaluación de infraestructura la realizó el sector privado en alianza con el Colegio de Ingenieros”, expone una persona involucrada en estas labores.
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Detalla que los funcionarios se han concentrado en la ayuda humanitaria, “pero aún no hay respuesta sobre la parte de la estructura e infraestructura, la más fuerte en cuanto a las necesidades presupuestarias”.
En la calle
En Veroes agradecen a Dios que no tienen víctimas fatales que lamentar. Un balance independiente indica que unas 280 viviendas sufrieron daños parciales o totales. Dos escuelas también resultaron seriamente afectadas, al igual que la empresa agroindustrial La Bananera, que siembra, cosecha y procesa palma aceitera, y el campanario de la iglesia.
Los servicios de agua potable, electricidad y comunicaciones colapsaron por el movimiento telúrico. Aún revisan queseras, vaqueras y demás unidades de producción para medir el impacto en las cosechas y la ganadería.
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“Ahora hay mucha alarma, mucho miedo, la gente duerme en las calles porque teme entrar a sus casas. El municipio está paralizado desde que sucedió esto, tampoco quieren trabajar, no quieren ir a retirar la leche porque tienen miedo”, comenta un productor del municipio.
La población está siendo auxiliada en estos momentos tanto por las agrupaciones de la sociedad civil, coordinando con Cáritas -organización de la Iglesia católica-, como por los entes gubernamentales. Sin embargo, advierten que ya se observa un desplazamiento interno, con vecinos de Veroes que se marchan hacia la capital San Felipe.
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