A dos años de su muerte, las definiciones de Helen Fisher sobre el amor y el engaño: “Podés pensar en tu pareja y en otra persona”

La reconocida antropóloga norteamericana revolucionó la forma de entender el enamoramiento con investigaciones pioneras sobre dopamina y conexión emocional. El recuerdo de su aguda mirada científica, las anécdotas personales y por qué el cortejo cambió durante la pandemia

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Helen Fisher
Fisher analizó cómo las diferencias entre cerebros masculinos y femeninos influyen en la comunicación, la creatividad y el empoderamiento femenino

El amor romántico fue, para Helen Fisher, el gran misterio que guió su vida y su carrera. Antropóloga, bióloga y durante décadas reconocida como “la Doctora Amor de Estados Unidos”, Fisher dedicó más de cinco décadas a investigar cómo y por qué los seres humanos se enamoran. Su legado científico y humano sigue vigente, luego de que falleciera en 2024, dejando una marca indeleble en la neurobiología y la cultura popular.

Desde la década de 1990, la antropóloga norteamericana sostuvo que el amor no era solo un sentimiento, sino una fuerza biológica universal. En una investigación citada por la Facultad de Medicina de Harvard, Fisher estudió 167 sociedades y halló evidencia de amor romántico en 147 de ellas. “Hay buenas razones para sospechar que el amor romántico se mantiene vivo gracias a algo fundamental de nuestra naturaleza biológica”, afirmaba el psiquiatra Richard Schwartz, al citar su trabajo. Junto a su equipo, Fisher lideró estudios pioneros con 2.500 escáneres cerebrales de personas enamoradas, comprobando que mirar la foto del ser amado activa el núcleo caudado y el área tegmental ventral, regiones ricas en dopamina y asociadas con el sistema de recompensa cerebral.

En una célebre charla TED, Fisher desplegó con claridad y humor los resultados de décadas de experimentación. “¿Qué es el amor?”, se preguntaba, citando a Shakespeare y recordando que esta cuestión obsesionó a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Para responderla, ella y sus colegas pusieron a 32 personas intensamente enamoradas en un escáner cerebral: diecisiete correspondidas, quince recién rechazadas. El experimento consistía en mirar una foto de la persona amada y otra de alguien neutral, separadas por una tarea de distracción, para comparar la actividad cerebral en ambos estados.

El primer indicio del enamoramiento era, según Fisher, la atribución de un significado especial a la persona amada. Su narración se volvía literaria: evocaba la frase de un camionero —“El mundo tenía un nuevo centro, y ese centro era Mary Ann”— y citaba a George Bernard Shaw: “El amor consiste en sobrestimar las diferencias entre una mujer y otra”. Chaucer, por su parte, ya había sentenciado hace siglos: “El amor es ciego”.

Fisher ilustraba la obsesión del enamorado con un poema del siglo VIII, de Wan Chen: “No puedo soportar guardar la estera de bambú. La noche que te llevé a casa, te vi extenderla”. Así, cualquier objeto podía volverse significativo si estaba relacionado con el ser amado.

Cupido alado y realista vuela con un arco, disparando una flecha hacia un gran corazón rosa brillante en el cielo.
Los estudios cerebrales liderados por Fisher identificaron que mirar la foto del ser amado activa zonas de dopamina vinculadas a la recompensa y la adicción (Imagen Ilustrativa Infobae)

La dependencia emocional y la energía casi ilimitada eran rasgos centrales. Fisher recogía testimonios como el de un polinesio —“Sentía que podía saltar hasta el cielo”— o el de un empresario neoyorquino: “Todo lo que a ella le gustaba, a mí me gustaba. Simple”. Antes de cada resonancia, Fisher preguntaba a los voluntarios: “¿Qué porcentaje del día y la noche piensas en esta persona?” La respuesta era siempre la misma: “Todo el día, toda la noche. No puedo dejar de pensar en él o ella”.

Finalmente, se animaba a preguntar: “¿Morirías por él o ella?” y la respuesta, inmediata y sencilla: “Sí, como si pidiera que me pasaran la sal”.

El modelo de Fisher diferencia tres sistemas cerebrales en las relaciones humanas: deseo sexual, amor romántico y apego emocional
El modelo de Fisher diferencia tres sistemas cerebrales en las relaciones humanas: deseo sexual, amor romántico y apego emocional

La ciencia que impulsó Fisher revelaba que el amor romántico era un impulso cerebral, una adicción natural. Al mirar la foto de la persona amada, las regiones cerebrales que se activaban eran las mismas que con la cocaína, la heroína o el alcohol, especialmente el nucleus accumbens. “Vivimos por y para el amor. Es un sistema cerebral muy poderoso, conectado con adicciones básicas y que evolucionó para que pasemos por alto muchas cosas para enamorarnos y reproducirnos”, sostenía.

Fisher distinguía tres sistemas cerebrales involucrados en el apareamiento y la reproducción: el deseo sexual, el amor romántico y el apego. El deseo sexual, citando a W.H. Auden, lo definía como “una picazón neural intolerable” que puede sentirse por muchas personas.

El amor romántico, en cambio, canalizaba toda la energía hacia un solo individuo. El apego, finalmente, confería la calma y la seguridad necesarias para criar hijos en pareja. “No son fases, son sistemas, y pueden operar en cualquier combinación y orden”, explicaba.

La función evolutiva era clara: “El objetivo es unir a dos personas lo suficiente como para criar hijos como equipo”. Para Fisher, el amor romántico era más fuerte que el deseo sexual: si alguien rechaza una propuesta sexual, nadie cae en depresión, pero el rechazo amoroso puede llevar a la desesperación, la violencia o incluso la muerte. Fisher encontraba canciones, poemas y mitos en más de ciento setenta y cinco culturas que documentaban la fuerza y el dolor del amor.

Libro Helen Fisher
La teoría de Fisher sobre personalidad y relaciones se basa en cuatro sistemas cerebrales dominados por dopamina, serotonina, testosterona y estrógeno

En su análisis, también destacó la complejidad y las diferencias entre cerebros masculinos y femeninos. Observaba que el cerebro femenino era más verbal y holístico, mientras que el masculino tendía a ser más enfocado y lineal. “Las mujeres pueden hablar. Saben encontrar la palabra justa. Han usado la palabra como herramienta durante millones de años”, decía. Incluso en culturas donde el avance femenino era lento, las mujeres dominaban áreas como el periodismo y la escritura. Señalaba que en Estados Unidos, el 54% de los escritores eran mujeres.

Con ironía, recordaba que había más genios varones y también más idiotas varones. Pero subrayaba que la sociedad avanzaba hacia la colaboración y la valoración de ambos estilos cerebrales. Uno de los fenómenos más profundos de su época fue, según Fisher, el regreso de la mujer al mercado laboral. En 130 sociedades analizadas, las mujeres estaban recuperando el rol económico que tuvieron durante la prehistoria. “Estamos avanzando hacia el pasado”, decía con humor.

La invención del arado relegó a la mujer; la industrialización la devolvió al trabajo. Hoy, las mujeres tienen más independencia y poder para dejar relaciones insatisfactorias.

En una nota con Infobae, Fisher afirmaba: “Ahora las mujeres tienen el suficiente poder para dejar una mala relación. Son menos dependientes que hace cien años”.

Su investigación en Estados Unidos reveló que solo el 14% de las mujeres se casaría por dinero; la mayoría buscaba respeto, compañerismo y confianza, además de atracción física.

Helen Fisher
Las investigaciones de Fisher mostraron que el amor romántico puede ser más intenso y doloroso que el rechazo sexual, con impacto en la salud mental

Este cambio de paradigma también se reflejaba en el matrimonio. Fisher observó el auge del “peer marriage” o matrimonio simétrico: relaciones entre iguales, basadas en la compañía y el respeto mutuo. Las estadísticas mostraban que la mayoría de las mujeres y hombres estadounidenses no se casarían con alguien si no había amor, aunque la persona tuviera todas las demás cualidades.

La longevidad transformó el horizonte del amor. En Estados Unidos, la mediana edad se extendía hace unos años hasta los 85 años. Fisher revisó datos de divorcio en 58 sociedades y comprobó que la probabilidad de divorcio disminuía con la edad. “Nunca antes las mujeres habían sido tan independientes, educadas y activas”, afirmaba. El contexto actual, sumado a avances médicos como el uso de Viagra o la terapia de reemplazo hormonal, ofrecía más oportunidades para relaciones satisfactorias y duraderas.

Fisher también advertió que los tres sistemas cerebrales podían no estar alineados. Se podía sentir apego por una persona, amor romántico por otra y deseo por una tercera.

“Puedes estar en la cama pensando en tu pareja estable y, al mismo tiempo, en otro amor. Es como un comité reunido en tu cabeza”, ilustraba entre risas. Durante el sexo, la liberación de dopamina y oxitocina podía provocar que el sexo casual desencadene apego o enamoramiento, lo que explicaba por qué “el sexo casual nunca es tan casual”.

Un hombre de mediana edad besa la frente de una mujer, ambos acostados en la cama y cubiertos con sábanas blancas, mostrando un gesto de cariño.
El estudio de la pandemia demostró, según Fisher, que el 'Slow Love' y las videollamadas favorecieron la estabilidad en las parejas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un apartado especial de su charla TED era la advertencia sobre los antidepresivos. Fisher contó el caso de una joven que tomaba ISRS desde los trece años y alertaba sobre el riesgo de suprimir el circuito de dopamina: “Cuando matas el impulso sexual, matas el orgasmo, y cuando matas el orgasmo, matas la cascada química asociada al apego”.

Y concluía: “Un mundo sin amor es un lugar mortal”.

Aquella magistral charla TED de Fisher cerró con una anécdota que condensaba ciencia y magia: un estudiante, enamorado de una compañera que no le correspondía, intentó activar su dopamina invitándola a un paseo en rickshaw por Beijing, con la esperanza de que la emoción la hiciera enamorarse de él. Al terminar el viaje, la joven exclamó: “¿No fue maravilloso? ¿Y no era guapísimo el conductor del rickshaw?”. Fisher reía y recordaba que, a pesar de la ciencia, el amor seguía siendo un misterio.

Helen Fisher también fue pionera en analizar la influencia de la cultura y la tecnología en el amor contemporáneo.

En otra entrevista con Infobae, relataba cómo la pandemia de COVID-19 había modificado el cortejo: “Curiosamente, la pandemia ayudó al amor”, aseguraba.

Fisher estudió a cinco mil solteros y observó que las videollamadas dieron lugar a conversaciones más largas y profundas, menos centradas en el aspecto físico y más en la estabilidad y la confianza: “El 50% de los que realizaron videollamadas se había enamorado de alguien online”.

A este fenómeno lo llamó “Slow Love”: un cortejo más lento y selectivo, que favorece la estabilidad futura.

Una mujer joven de pelo oscuro y un hombre de pelo blanco se besan apasionadamente en un puente en París al atardecer, con la Torre Eiffel y el río Sena de fondo
Helen Fisher analizó cómo la independencia económica femenina transformó el matrimonio y promovió relaciones más igualitarias y satisfactorias (Imagen Ilustrativa Infobae)

En esa línea, Fisher también demostró que cuanto más tarde se casaba una persona, más probable era que la relación perdurara. Analizó datos de ochenta países y comprobó que la tendencia global iba hacia matrimonios más tardíos y sólidos.

Para explicar la elección de pareja, Fisher desarrolló una teoría basada en cuatro sistemas cerebrales dominados por dopamina, serotonina, testosterona o estrógeno.

Aplicó un cuestionario a catorce millones de personas en cuarenta países y concluyó que quienes eran altos en dopamina buscaban exploradores como ellos; los altos en serotonina preferían constructores; y las personas con predominancia de testosterona y estrógeno tendían a sentirse atraídas por sus opuestos. “Todos somos una combinación de estos estilos, pero uno suele predominar”, relataba, compartiendo incluso anécdotas personales sobre las diferencias de personalidad con su marido.

En los últimos años de su vida, Fisher recomendó un gesto simple y universal: “Sonríe. Es una forma segura de hacerte más atractiva para los demás. Cuando sonríes, quienes ven tu sonrisa, te la devuelven. Y mientras sonríen, liberan neuroquímicos asociados con el placer y la felicidad”.

Así, la sonrisa se convertía en una herramienta primordial para hacer amigos y encontrar pareja.

Helen Fisher
Helen Fisher sostenía que la sonrisa es una herramienta poderosa para la atracción y el bienestar, gracias a la liberación de neuroquímicos

Helen Fisher fue, hasta su fallecimiento en 2024, la gran traductora científica del amor. Demostró que el enamoramiento es una necesidad biológica, un impulso adictivo y a la vez un misterio que nunca se deja atrapar del todo por la razón.

Como concluía en su TED Talk: “Hace millones de años, evolucionamos tres impulsos básicos: el deseo sexual, el amor romántico y el apego a una pareja a largo plazo. Estos circuitos están profundamente arraigados en el cerebro humano y sobrevivirán mientras exista nuestra especie en lo que Shakespeare llamó ‘mortal coil’”.