La gran mayoría de consultas que recibo, de una u otra manera, gira en torno a la penetración. Problemas en mantener la erección a la hora de penetrar, insatisfacción con el tiempo de permanencia en penetración antes de eyacular, preocupación y desconcierto por no alcanzar el orgasmo en penetración (tanto en hombres como en mujeres), dolor o simplemente miedo a que suceda.
También consultan porque no disfrutan de esa práctica y no saben cómo comunicarlo a una pareja sexual, sobre todo en encuentros casuales.
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¿Qué sucede, entonces, que hemos generado tanto escándalo alrededor de esta práctica? ¿Por qué no podemos ni decir que preferimos no tenerla? Ni siquiera preguntamos si queremos penetrar o ser penetrados en un encuentro sexual. Damos por sentado que de eso se trata y lo llevamos adelante sin chequear si hay un deseo al respecto.
Estamos hablando de coitocentrismo, un modelo, que es una construcción social, que ha puesto como escena principal de nuestros encuentros al coito. Coito se refiere a la penetración pene/vagina, por lo que, además, refuerza otro de los modelos que giran alrededor del sexo, que es el modelo heteronormativo. No es casual también que escuchemos decir entonces que las lesbianas no tienen sexo.
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Este modelo jerarquiza al coito por encima del resto de las prácticas, volviéndolo condición necesaria para definir una relación sexual. Todo lo demás toma carácter de raro, incompleto, inmaduro. Lo notamos en frases, como por ejemplo, “hicimos de todo menos coger…” “la pasamos re bien pero…”. Si no sucede, algo nos hace ruido.
Este modelo atraviesa la sexualidad y a su vez, construye otras concepciones cuestionables. Un ejemplo de esto es la idea de “virginidad”, que vuelve a centrar al coito como protagonista, de una manera exagerada, porque además crea una identidad: ser “virgen”. Una identidad que se impone en el simple hecho de haber sido penetrado o no haber sido penetrado. Pero de nuevo: escándalo. Sí habremos hecho desastres con los cuerpos en nombre de la virginidad. Y aún hoy es motivo de burla y presión social.
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Existe la idea de que la penetración te da cierta superioridad sexual, pero el principal diferencial que da es la posibilidad de un embarazo. Sería el único punto, sólo en relaciones hetero, para tomar la penetración con mayor conciencia que el resto de las prácticas.

Otras referencias que sostienen el modelo coitocentrista son la idea de “previa”, como todo lo que “antecede a”, la expresión “ponerla” para referirse al sexo y hasta el origen de la palabra vagina como “la vaina que envuelve al sable”.
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Todos estos conceptos marcan los pasos que seguimos en nuestros encuentros, donde lo que esperamos es que “concluyan” con un orgasmo en penetración. Aclaremos, que las mujeres no siempre alcanzan el orgasmo en coito. Por el contrario, las estadísticas hablan que sucede en menos de un 65% de los casos. El coito, no es el método más eficiente a la hora del placer femenino. Digamos que no necesariamente ocupa ese lugar diferencial para el disfrute pleno.
Sobreponderar la penetración nos lleva a que desconozcamos o no nos sintamos tan cómodos con el resto de prácticas y actividades que podemos realizar en un encuentro sexual. A sentir que tenemos que dar explicaciones y no saber cómo manejarnos cuando no es lo que deseamos. En mujeres con vaginismo escuchamos frases como “no me siento mujer”, “me siento incompleta y fallada”, cuando en realidad son personas que pueden tener sexo y orgasmos, pero presentan una contracción del tercio inferior de la vagina que dificulta cualquier tipo de penetración.
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Mi idea no es atacar el coito, sino visibilizar que al tomarlo como única, o principal referencia de lo que es tener sexo, estamos generando presiones que pueden desencadenar y sostener problemáticas sexuales como la eyaculación precoz, la disfunción eréctil, la anorgasmia y el vaginismo. Todo esto genera que muchas personas se sientan “anormales”, raras, no suficientes. Que juzguemos al otro a partir de esta creencia y que pensemos que todas las personas desean y están dispuestas a penetrar y ser penetrados provoca altos niveles de malestar.
Preguntemos, escuchemos, no demos nada por sentado. Abramos el abanico e intentemos pensar los encuentros como un conjunto de prácticas de igual valor.
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*Cecilia Ce es psicóloga, sexóloga y autora de los libros Sexo ATR y Carnaval toda la vida (editorial Planeta). En Instagram: @lic.ceciliace
Edición de video: Sofía Boutigue/ Realización: Melanie Flood / Producción: Macarena Sánchez
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