En el estudio, sólo se advertía el murmullo suave de los panelistas de fondo, y en el centro, la figura erguida y serena de Julio Bocca. El bailarín argentino, leyenda viviente, fue el invitado especial de este jueves en Otro día perdido, el ciclo conducido por Mario Pergolini. La conversación prometía recorrer su vida y, sobre todo, sumergirse en los vericuetos de la exigencia que impone el ballet. Y no decepcionó: Bocca desnudó, con palabras y cicatrices, lo que significa someter el cuerpo al arte y la disciplina.
La exigencia. Esa palabra flotó en el aire del estudio, cortante y necesaria. “La exigencia siempre fue, sobre todo si querés llegar a un nivel y estar entre los mejores”, afirmó el invitado con la honestidad de quien subió todos los escenarios del mundo. Desde el otro lado de la mesa, el conductor tanteó una zona incómoda: ¿es esa dureza un eco del método ruso, de una escuela implacable? Pero Bocca no se inmutó: “Es una carrera que vos elegís. Nadie te obliga a hacerlo”. Sus palabras se clavaron como una sentencia: bailar es elegir —y también aceptar— la dureza del camino.
“Ya me estás dando miedo por cómo me lo decís. Mirá, nene, ¿querés bailar? Bailá”, bromeó Pergolini, buscando luz en medio de la disciplina férrea. Bocca devolvió la pelota con otro principio: “Vos lo elegís y lo disfrutás”. Y entonces, ¿hay golpes? ¿Hay violencia? Las leyendas del Teatro Colón, ese templo nacional, giraron durante décadas. Bocca lo desmintió. Jamás hubo una mano levantada. “Nunca me pegaron a mí. Nunca en el Colón. No era así”, y el énfasis de esa doble negación bastó para aclararlo todo. Había, claro, una maestra con megáfono, y ese era su látigo: el aparato, el sonido, no el golpe físico.
Pero la exigencia también deja otras marcas. Allí, entre bromas y recuerdos, Bocca mencionó a su maestro de veintiún años, un “alemán”, una presencia estricta e inolvidable. “Era un maestro que me ponía en estado, que yo salía confiado y podía bailar tres horas. Tenía una resistencia. Disfrutaba lo que estaba haciendo”. Disfrutar en medio de la presión: ¿no es acaso eso el arte de la supervivencia en la danza? Pero Bocca fue claro: “Nunca fue así de maltrato. Sé que hubo otros y había que cambiar eso. Y ahora, ya es como que nos vamos para el otro lado”. ¿Se puede corregir sin exigir? ¿Cómo se señala una falla sin traspasar un límite que, en estos tiempos, parece moverse sin cesar?
Las palabras se volvieron más densas cuando la conversación giró hacia el precio físico, las huellas indelebles de una carrera extraordinaria. Pergolini preguntó: “¿Se puede decir que tuviste la suerte de que tu físico te acompañó durante mucho tiempo o sufriste un poco? Lesiones, no recuerdo así fuerte que hayas tenido”. Y la historia de las cicatrices emergió. “Sí, lesiones tuve varias. La primera operación fue en el 86... se me rompió, se me fisuró el menisco en una de las caídas de los saltos y en esa época no estaba la resonancia magnética”. La descripción fue quirúrgica, cruda, sin anestesia: “Me hicieron un estudio, la aguja estaba sucia y me infectaron la articulación”.
“Y yo como un boludo diciendo: ‘Estuviste bien toda la vida, ¿no?’”, añadió entre risas, porque la vida del bailarín es también resistencia y humor en la adversidad. Las rodillas de Bocca quedaron marcadas, las comparaciones con las de futbolistas como Gabriel Batistuta surgieron y el listado de intervenciones médicas resultó imposible de omitir: “Tuve cuatro acá, una acá, los dos ligamentos del pie, los tres de este lado, costilla y los dos dedos”. Un inventario frío para una vida abrazada al movimiento, mientras la cámara recorría sus piernas.

Agustín Rada preguntó, intrigado: “¿Los dedos también se te quebraron?” Bocca explicó cómo la resina de una bailarina y un giro inesperado torcieron y apretaron más de lo debido. “¿Seguiste bailando?” — interrogó Pergolini, casi incrédulo. “Y si estás en función, sí”, confesó el bailarín. Cinta en la pausa, dolor debajo del vestuario y el show debe continuar.
Mientras la charla avanzaba, las risas de Laila Roth y los comentarios de los panelistas dotaron de humanidad un testimonio ineludible. Porque si algo queda claro después de escuchar a Julio Bocca es que, detrás del mito, hay un hombre marcado por la pasión, la exigencia y las cicatrices; marcas visibles y profundas, de esas que solo deja el esfuerzo que elige el artista
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