“Yo ayer le dejé un mensaje diciéndole: ‘Toti, dale totito, que el sábado voy a Tigre a hacer una función, ¿nos vemos?’”. La voz de Álvaro Navia se quebraba en vivo, como si en cada palabra se desmoronara una parte de sí mismo. Pero el mensaje no llegó a tiempo. Salvador “Toti” Ciliberto, actor, humorista, compañero, hermano elegido, ya no podía leerlo. Había muerto a los 63 años en el hospital Thompson de San Martín, tras una internación breve, fulminante, de apenas dos días.
Todo comenzó con un desmayo. En su casa, de repente, Toti tuvo un sangrado importante. La ambulancia llegó rápido, lo trasladaron, lo dejaron en observación para hacerle estudios. A la tarde todavía hablaba con amigos. A la noche, empezó a descompensarse. Y en la madrugada del martes, alrededor de las seis, su corazón se detuvo.
La noticia corrió como una onda expansiva entre los que lo conocieron, lo quisieron, lo compartieron. Pero para Navia, fue un golpe seco, demoledor. “A las 3:30 de la mañana, Jero, su hijo, me deja un mensaje que nunca vi. Me puso: ‘Tío, papá está muy grave’. Y yo recién lo leo cuando nos levantamos con Vanina, mi mujer, a las seis para llevar a los chicos al colegio. Ahí vimos también el mensaje de Débora, su exmujer, nuestra amiga, y decía: ‘Amiga, a las 6 se nos detuvo el corazón’. Y ahí todos supimos. Nos pusimos a llamarnos. Yo llamé a Raúl (Larry de Clay). Iban a hacerle un traslado. Pero no hubo tiempo de nada. No hubo tiempo”, rememoró en charla con América.
La muerte no fue solo la pérdida de un artista querido. Fue la caída de una pieza fundamental en una constelación que marcó a fuego el humor televisivo argentino. Aquel VideoMatch de los años ‘90, en pleno auge de Telefe, donde Ciliberto brilló como parte de una troupe inolvidable que encarnaba a diario la irreverencia, el absurdo, la risa como pacto colectivo.

Navia lo conoció justo ahí. “Yo venía de Uruguay, no conocía a nadie. Entré en el Telefe del año 90, ese Telefe que era como Disney. Y Toti ya era una estrella, ya tenía el Videomatch de los 40 puntos. El primer día que llegué, él me hizo sentir como en casa. Me dijo: ‘¿Qué necesitás? Bienvenido, vamos a grabar. Me gusta la murga uruguaya, yo escucho a Rada‘. Y ahí empezó nuestra amistad”.
Ese gesto —mínimo, humano, profundo— fue el sello de Toti. No sólo en cámaras, donde desplegaba un talento cómico tan físico como intuitivo, sino en la vida. Esa que más tarde los hizo vecinos en Tigre, donde vivían a apenas diez casas de distancia. “Después lo trajo a Carna (Crivelli), lo trajo a Freddy (Villarreal), y nos vinimos todos a vivir ahí. Nos convertimos en familia”.
Una familia sin papeles, sin sangre compartida, pero con una complicidad que se mantuvo intacta a lo largo de los años. El vínculo fue tan profundo que aun después de que los programas cambiaran, de que las modas pasaran y los focos se apagaran, siguieron cerca. Juntos en asados, en proyectos, en cumpleaños... Y también en la despedida.
El martes, muchos de los ex VideoMatch se reencontraron. Pero no hubo risas. El dolor se les marcaba en los ojos, en el silencio. “Todos consternados. No lo podíamos creer. Lo arrancaron en dos días. Nos arrancaron a Toti. Es muy duro”, dijo Navia, sin disimular la angustia.
En sus últimos años, Ciliberto trabajaba en el municipio de Tigre, en el área de Cultura. Allí, su vínculo con la comunidad crecía en una nueva faceta: la de gestor, organizador, referente local. Pero nunca dejó de ser el de siempre. El que abría puertas, el que tendía puentes. El que decía “vamos a grabar” y sonreía como si el mundo fuera sencillo.
Su muerte, repentina, dejó una estela de mensajes y homenajes, todos teñidos de afecto sincero. No fue sólo un artista que marcó una época. Fue un hombre que supo estar presente.
A veces, los verdaderos protagonistas no necesitan el centro del escenario para brillar. A veces, están a diez casas de distancia, esperando con una sonrisa, un mate, un chiste nuevo. Toti Ciliberto fue uno de esos. Y ya no está.
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