
Con la mirada suave y aplomada, Ramón Palito Ortega dice más con sus gestos que con sus palabras. En medio de una etapa bisagra de su vida, en la que lo encuentra despidiéndose de los escenarios a los que se sube desde hace más de 60 años y desde donde conquistó el cariño del público que le demuestra su amor incondicional, el artista se toma unos minutos para dialogar con Teleshow y hacer un repaso de su carrera, de su familia, de sus afectos. Una entrevista en la que no faltarán palabras de agradecimiento y de amor hacia su gente, sus amigos más cercanos. Y una reflexión sobre el paso del tiempo que, en su caso, lo atraviesa con vivencias y recuerdos de su niñez en su Tucumán natal, de su llegada a “la gran ciudad de Buenos Aires” a los 16 años, de su éxito y de su popularidad. De tanta vida que se eternizó en 33 películas, grabaciones y más de 28 millones de discos vendidos que se atesoran en la memoria de espectadores, de colegas y de sus fans.
“Uno siempre es la mitad de una historia, la otra mitad son los seres que tenemos alrededor, la otra mitad es la que hace los trabajos invisibles, como en este caso mi mujer, que hace el trabajo de cuidar a mi familia, a los hijos, y por eso somos lo que somos”, expresó en su último show en el mítico Luna Park de la ciudad de Buenos Aires, en abril pasado.
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En esta oportunidad, Palito describe cómo siente esta despedida, repleta de emociones, del fervor de la gente y de sus canciones. “Me encuentro muy bien, porque estoy fortalecido por la familia, que es lo que más importa”, dice en relación a sus vínculos más estrechos, entre los que se encuentra su pilar principal, Evangelina Salazar, su esposa desde hace 57 años, con quien se casó un lunes 27 de febrero de 1967 en una ceremonia en la que se paralizó el país entero.
“Cuando tenés familia, afectos, amigos, todo se hace más fácil. Son todos esos lazos que uno forjó a lo largo de tantos años. Y me doy cuenta que la profesión, si bien fue la que elegí hace mucho tiempo, no es todo en la vida. Tengo mi carrera hecha pero lo que queda es lo que uno va construyendo y armando a lo largo de tantos años, que es una linda familia, los hijos y ahora también, los nietos. Además, algunos de mis hijos siguen mi camino artístico, como Julieta, Emanuel y Rosario”, relata orgulloso de su descendencia.
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Palito y Evangelina tienen seis hijos - Martín, Julieta, Sebastián, Emanuel, Luis y Rosario - y siete nietos, Dante, Paloma y Helena, hijos de Sebastián; India y Bautista, de Emanuel; Benito, de Julieta y Ramsés, de Luis. De ellos, Palito habla con satisfacción y con la confianza de quien entiende de nuevas generaciones, de otras etapas, en un mundo que sabe que ahora les pertenece. “En general, mis nietos no me piden consejos. Ellos son de otra generación, y es otra época”, comienza diciendo. Enseguida reflexiona sobre las herramientas y los recursos con los que cuentan. “Ahora tienen muchos más medios de los que valerse, pero obviamente cuando quieren hablar conmigo estoy para ellos, siempre estoy para ayudarlos en lo que quieran”, asegura con cariño.
Sobre sus comienzos, se inclina a contar una anécdota que describe cómo fue adaptarse a un lugar, como Buenos Aires, que no le era familiar. “Me acuerdo cuando llegué de Tucumán a la Capital, era un momento del país en que se discriminaba mucho a la gente del interior. Nos decían ‘cabecitas negras’, y me acuerdo que cuando empecé a ser popular hice un show en unos carnavales, en la cancha de San Lorenzo. Y ahí la gente se puso a gritar ‘¡cabecitas, cabecitas!’. Y había otro grupo al que le decían ‘petiteros’, que eran más rubios, más blancos, los de una clase más alta, y en ese momento empezaron a pelearse entre ellos. Yo lo miraba desde el escenario y no lo podía creer”, recuerda. “Menos mal que pasó y se terminó”, dice enseguida. “En general, eso ya no ocurre tanto, porque se fusionó bastante el interior con la ciudad, vinieron muchos talentos, mucha gente habilidosa, personas de letras, músicos, artes plásticas, deportistas, entonces está más fusionado todo”, reflexiona.
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Palito tiene una vocación natural para ayudar a los demás. Así lo reconoce, pero no afirma simplemente con un sí. Hace una pausa, piensa unos segundos: “Es que a mí me ayudaron mucho”. Luego, amplía: “Cuando llegué a Buenos Aires yo tenía 16 años, era muy joven, y me vine a buscar un futuro mejor porque sentía que en mi ciudad, Lules, ya no tenía nada para hacer. Quería ayudar a mi padre, así que me vine a trabajar acá sin conocer a nadie”.
Más adelante, contará qué le hubiera gustado ser de no haberse dedicado a la música. “Lo de ayudar a los otros me viene desde chico. Me hubiera encantado ser médico y, dentro de la especialidad, me hubiera inclinado por la pediatría. Porque yo vengo de una provincia con muchas limitaciones, en especial con los chicos”, sostiene y en su mirada se vuelven a notar esos destellos del pasado, los que todavía perduran en su alma.
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En ese camino de socorrer a otros, hace unos quince años, Palito se llevó a Charly García a vivir con él a Lujan para ayudarlo a recuperarse de sus adicciones. “Nos fuimos a Luján, estuvimos un año conviviendo ahí, todos los días, y nació una relación incondicional entre nosotros. Él sabe que si me llama porque me necesita, yo voy a estar a su lado. Ese tipo de relación que se establece en un momento determinado donde no juega ningún otro valor más que el afecto”, cuenta acerca de su relación con el rockero.

“¿Cómo te imaginás tu último show?”, se le pregunta antes de cerrar la entrevista. Se hace un silencio, mira fijo como pensando la respuesta. Sus ojos se iluminan, brillan. “Mi último show me lo imagino en una conversación íntima con Dios. A solas los dos, haciendo un balance de mi vida, es la última conversación que uno puede tener. Todos somos humanos y todos tenemos errores y hay que admitirlos, aunque alguna gente a veces no quiera hacerlo. Creo que ese va a ser el momento en el que pueda tener un último show con Él. Uno siempre tiene que recordar lo que vivió, agradecer todo lo que vivió, no soy un hombre perfecto. Me imagino que ese será el último show de mi vida”.
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