
“Yo soy Eduardo, pero llámeme Lalo”. Nadie podría sospechar que aquel hombre que aparece por primera vez de espaldas, cocinando un plato mexicano con el delantal puesto, los modos tan amables y un carisma innato, vendría a representar el mal. Más bien, lo sería por completo, superando incluso a otros personajes dignos de moverse con comodidad en los círculos del infierno de Dante Alighieri. Y de ese modo cambiaría la trama de Better Call Saul, ya en la cuarta temporada, inaugurando el terror en los espectadores y también en Saul Goodman (Bob Odenkirk) y Kim Wexler (Rhea Seehorn).
Semanas atrás la serie de Netflix rodada en Albuquerque, Nuevo México, concluyó la primera entrega de la última entrega con el ingreso de Lalo en el departamento de los protagonistas. Tan solo eso, su figura, alcanzaría para sumergirlos de nuevo en el miedo más profundo. ¿Qué sucederá de aquí en más? Está por verse a partir de este martes 12 de julio, cuando la plataforma estrene un nuevo capítulo de la ficción y empiece a desandar su culminación.
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Tony Dalton es Lalo Salamanca, el narcotraficante capaz de asesinar con una sonrisa. En este hombre nacido el 13 de febrero de 1975 en Laredo, Texas, Estados Unidos, está la clave de por qué este villano logró semejante trascendencia en la historia. Al fin de cuentas ambos -actor y personaje- lo lograron juntos: hasta el suceso del spin off de Breaking Bad, Dalton no había conseguido la consagración internacional, pese a una carrera sólida con más de dos décadas. Y ahora, hasta ya forma parte del Universo Marvel (con un papel en Hawkeye, la serie de Disney+). Y al mismo tiempo su Lalo fue ganando importancia en la trama creada por Peter Gould y Vince Gilligan por la prepotencia de su interpretación.
El español fluido que habla en la serie tiene una explicación simple: Álvaro Luis Bernat Dalton -tal su verdadero nombre- creció en México, adonde llegó con unos pocos meses de vida luego de no funcionara el restaurante que sus padres abrieron en Texas, teniendo 20 y pocos años. Y así los dos hicieron las valijas para rearmar su vida en su país natal con un hijo pequeño.
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Por un amor adolescente se toparía con su vocación. Sucedió que el joven Álvaro concurría a un colegio de curas de Massachusetts por orden de su padre. Allí se enamoró de la hija de uno de los maestros. El problema: ante las rígidas normas del establecimiento, un internado solo para varones, ¿cuándo podrían verse? Ella aportó la solución: si él ingresaba a la obra teatral de la escuela, estarían juntos todas las tardes en los ensayos. Lo hizo sin dudarlo, claro. Pero el amor no prosperó. En cambio, aquel adolescente de 13 años se enamoraría para siempre de la actuación. Y comprendería, además, que podía vivir de eso en vez de trabajar en una oficina.

A los 19 Dalton se instaló en Nueva York, y aquí su historia adquiere los ribetes de muchos artistas latinos que buscan alcanzar la fama en el cine, el teatro o la televisión de EEUU. Se empleó como mesero durante cuatro años mientras concurría a la escuela del prestigioso Lee Strasberg y se desempeñaba en pequeñas obras del under de Broadway teatro -como Un tranvía llamado deseo- que “nadie veía”, como él mismo dice.
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Ante la escasa fortuna probó suerte en Los Ángeles: un año le alcanzó para entender que allí tampoco estaba su futuro. En los castings los productores no lograban encontrar el lugar indicado para Tony: ni lo veían estadounidense, ni lo creían del todo mexicano. En total, en un lustro de años, realizó más de 300 pruebas y nunca consiguió un papel. Entonces, como antes lo habían hecho sus padres, hizo las valijas y volvió a cruzar la frontera. Sería la mejor decisión posible. Para la revancha, habría tiempo.
Instalado en la Ciudad de México que lo había criado, arrancó allí su carrera profesional, destacándose como el típico galán de los clásicos culebrones. Con cada papel aumentaba su popularidad. Desde Ramona y Clase 406 a su villano en Rebelde, la adaptación local de Rebelde Way, la serie adolescente argentina creada por Cris Morena, al gran salto en 2008. Y fue con otra remake de una producción creada originalmente en Buenos Aires: Tony fue Mario Santos en la versión de Los Simuladores, el suceso de Damián Szifron que parece desconocer las fronteras.
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Con más de 20 participaciones en la pantalla grande, como Matando cabos (su debut en el cine, en 2004), Sultanes del sur (en las dos fue también guionista) y Colombiana (con Zoe Saldaña, otra actriz de Marvel), entre otras, Dalton ya era profeta en la tierra que lo había cobijado de pequeño. De regreso en Los Ángeles el recorrido continuó con otro villano, el asesino a sueldo “sin personalidad” -como lo describe- en Sr. Ávila, la serie de HBO Max. Y Better Call Saul le daría la posibilidad de lucirse en el país en el que nació, pero que -lo narrado- luego le cerraría las puertas de joven.
Sería un sueño cumplido por partida doble para este fanático confeso de Breaking Bad, quien cuenta que una de las primeras escenas que filmó para la serie resultó, para él, muy especial: allí se revela que es Lalo quien le regala la célebre campanita a su tío, el temible y poderoso Héctor Salamanca (Mark Margolis), que había adquirido un gran protagonismo en la historia de Walter White (Bryan Cranston) y Jesse Pinkman (Aaron Paul).
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Desde el 2019, cuando se terminó su noviazgo con la actriz Ana de la Reguera, Tony se presenta en soledad en las alfombras rojas. En la presentación del filme Ni tuyo, ni mía estuvo junto a la actriz Alejandra Barros, quien fuera su pareja años atrás, pero esta vez lo hicieron solo como compañeros: mantiene una gran relación, al igual que sucede con De la Reguera y otras exnovias, como Natalia Esperón. Pero de su vida personal poco se sabe. Descree de la fama y las luces de Hollywood. Todavía lamenta su aventura precoz en Nueva York y Los Ángeles. Y al día de hoy Dalton no puede creer que se haya convertido en un gran amigo de Jonathan Banks, a quien admiraba como Mike, en Breaking Bad.
Porque a los 47 años Tony Dalton entiende que es cierto aquello de que el tiempo es relativo: nunca parece ser del todo tarde. Por caso, fueron necesarias cuatro temporadas para que su Lalo corriera el eje de Better Call Saul. Y cuatro décadas para que le llegara la consagración en Hollywood. Ahora, cada vez que arma las valijas para ir y volver de México, no las carga más con sus sueños. Ya los cumplió.
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