
Cuando el 18 de octubre de 2000 Ricardo y sus amigos irrumpieron en la pantalla de Canal 7, se sentaron alrededor de la mesa de los argentinos y ya no volvieron a levantarse. Para la ficha técnica, Okupas fue 11 capítulos y dos meses de frenéticos envíos semanales, pero en el inconsciente colectivo fue también una obra profética de esos tiempos en los que los realizadores independientes alcanzaron a olfatear la debacle que se avecinaba: contar la calle nunca pareció tan fácil como en esa serie. En eso radica la virtud de una ficción que dejó a todos con la boca abierta, pegados a cada emisión.
La permanencia del espectador, incómoda, obedecía a la lógica del voyeur. Todos querían ser testigos de esas vivencias dramática que nadie elegiría experimentar, y a la vez, era una toma de consciencia lacerante de una realidad urgente y subyugada. En ese sentido, Okupas puede ser tildado de cualquier cosa menos de discriminatorio, ya que héroes y antihéroes quedaban expuestos a la misma Kryptonita: la pobreza y la marginalidad social de un sistema que equilibraba para abajo y mostraba los hilos de la retirada.
Bruno Stagnaro, que había debutado en cine dirigiendo Pizza, birra, faso, se convenció de esa historia que venía masticando cuando alguien le dijo que si podía hacer en televisión algo parecido a su ópera prima, rompería todo. Y en efecto, así fue.
Okupas es una crónica social en las orillas, anclada en los códigos de la calle, con una estética fundamentada en el caos y el vértigo. Un Rodrigo de la Serna fulgurante encarna al principal protagonista, Ricardo, un pibe de clase media alta que no se halla en esa lógica del deber ser de su casta y baja a los suburbios, adonde conoce a Walter (Ariel Staltari), El Pollo (Diego Alonso) y El Chiqui (Franco Tirri), tres vitalicios de ese submundo que emerge durante las noches de Congreso, Microcentro y el Conurbano más feroz, exhibido como un marco abierto de posibilidades para el delito.
El escenario es una casona en ruinas tomada por esos personajes invisibilizados, pero el fenómeno okupa —más propio de los 60 y 70— no es el foco sino la excusa para hermanar las historias de esos cuatro marginados que solo se tienen los unos a los otros, y que entre encuentros y desencuentros van buscando su camino de supervivencia en una ciudad en penumbras.
Como un símbolo, Okupas logró posicionar en el prime time lo que se venía realizando en los bajofondos de las producciones nacionales: trabajos más desacartonados, menos pendientes del esteticismo y principalmente orientados a la crudeza del realismo trágico de fin de siglo. Sumado a eso, coincidió con el momento exacto en el que el cine independiente contestatario tomó por asalto un lugar de privilegio.

No obstante, las prerrogativas fueron muy pocas: las filmaciones eran casi exclusivamente en locaciones y el equipo se parecía mucho a un circo itinerante, como dijo alguna vez la coguionista Esther Feldman. En Dock Sud, donde se rodaron las escenas más emblemáticas y densas de la serie, como el capítulo cuatro en el que El Negro Pablo (Dante Mastropierro) amenaza con abusar sexualmente de Ricardo, contaban con el apoyo de los pesados de la zona para evitar robos y problemas con los vecinos. Es por eso que el de Stagnaro fue un producto independiente floreciendo en el corazón mainstream de la producción local, porque Ideas del Sur ya personificaba por aquellos años la aristocracia de la realización televisiva.
Otro signo de la serie como hija de su tiempo es la faceta documental que por momentos baña algunas escenas. El viaje en tren a Quilmes en el capítulo dos o las charlas en la entrada de una galería cerrada remiten a la cámara testigo de Fabián Polosecki en El otro lado, otra de las realizaciones revolucionarias de Canal 7 y la televisión de los noventa. Ficcionar la realidad es una forma de esconder una crítica social en una historia sin maquillar. Y Okupas cumple con creces ese precepto.
En este regreso oficial de la serie promovido por Netflix el único cambio está en la música. La remasterización ya no puede lidiar con los impagables derechos de autor de las canciones que sonaron en la entrega original (Beatles, Rolling Stones, The Doors y siguen las firmas), por lo cual Santiago Motorizado es el encargado de musicalizar las nuevas emisiones, que son recibidas por los fanáticos de trinchera que revivieron Okupas durante todos estos años desde videos de pésima definición en YouTube, con caries de silencio por el copyright y con una calidad de imagen transfundida desde el analógico VHS a la era digital.

Más de 20 años después de su estreno la serie mantiene una vigencia impactante. En la historia pendular del país los vaivenes son inabordables sin las implosiones económicas que sacan a la luz los cadáveres sociales. Okupas refleja tan solo uno de esos finales de fiesta, una especie de quien quiera oír que oiga de los nuevos viejos tiempos de Argentina, en una época de crisis que siempre está llegando.
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