
Miriam G., vecina de Palermo, de 59 años, tenía una suerte de consultorio en la calle Bartolomé Mitre al 1300, con una empresa constituída en el 2016 según el Boletín Oficial y un sitio web donde publicitaba sus servicios. Su título era el de bioquímica, enmarcado en su pared con el membrete de la Universidad Nacional de Tucumán.
Tenía otro pergamino más curioso, con fecha de abril de 2016 y firmado por las autoridades de la Open University of Advanced Sciences, una universidad de terapias alternativas “con un sistema de enseñanza no tradicional” que opera por Internet con supuestas bases en Madrid y Miami y que la proclamó “doctora en bioresonancia Quantum Scio”. El perfil de Facebook de su empresa ofrecía también otros servicios curiosos, con un aparato llamado Plazmotronic, un artículo que según el posteo con fecha del 9 de abril podía tratar “la fiebre amarilla, el sida, el cáncer y el herpes zoster, el dengue, entre muchísimas más”, “un dispositivo electrónico que con la ayuda de frecuencias, puede destruir los micro-organismos, (patógenos, virus, bacterias, parásitos) que se pueden encontrar en el cuerpo humano y causar diversas enfermedades”.
Esta semana, el Cuerpo de Investigaciones Judiciales porteño irrumpió en el consultorio de Miriam, donde fue encontrada, en un operativo por el delito de violación de medidas contra epidemias y el ejercicio ilegal de la medicina, con la investigación bajo la firma de la fiscalía contravencional número 21 de Paulo Gaspani y la participación de la división Antifraude de la Policía Federal. Todo su material fue incautado. Sus propios vecinos la habían acusado, según señalaron fuentes de la causa a Infobae, por supuestamente ofrecer dioxido de cloro, la polémica sustancia señalada como una falsa cura o tratamiento para el coronavirus que le costó la vida a un chico de cinco años en la localidad de Plottier en Neuquén.

Así, se secuestraron, computadores, teléfonos celulares, seis diplomas enmarcados con distinto títulos y cursos, un sello de bioquímica, una caja con goteros, 124 frascos, ocho cajas con historias clínicas, una caja con seis botellas de agua de mar y dos frascos con líquidos sin identificar, además documentación de interés para la investigación. El agua de mar, de acuerdo a su sitio web, era parte de sus tratamientos, por sus “propiedades curativas”.
El caso de Miriam G., aseguran fuentes del expediente, podría ser remitido a la Justicia federal en un cambio de fuero, recayendo por turno en el despacho del magistrado Julián Ercolini. Por lo pronto, se aguardan las pericias a sus líquidos para determinar si tenía el dióxido de cloro en su consultorio, así como el análisis de las historias clínicas encontradas.
El dióxido de cloro tiene otros nombres, como clorito de sodio o MMS, Miracle Mineral Supplement. La Open University que diplomó a la bioquímica según el documento en su pared se distancia del uso del dióxido de cloro desde su sitio web, con escándalos como el de la Iglesia Genesis II de la Salud y Sanación que opera en Colombia.
Es una sustancia que fue promocionada en distintos medios de comunicación como un medicamento para atenuar los síntomas del coronavirus y otras enfermedades, pero su uso no está autorizado por el Ministerio de Salud de la Nación, que advirtió que puede causar diversos problemas de salud. Si se ingiere, explicaron distintos especialistas, puede causar irritación de la boca, el esófago y el estómago, con un cuadro digestivo irritativo severo, con la presencia de náuseas, vómitos y diarreas, además de graves trastornos en la sangre, cardiovasculares y renales. En las últimas manifestaciones en el centro porteño, un hombre fue visto ofreciendo “ensayos clínicos” de la sustancia envasada en botellas de gaseosa al público.

Los resultados oficiales de la autopsia al chico muerto en Plottier revelaron que el nene murió por una falla multiorgánica y no se había contagiado de coronavirus. Una junta médica analizó los resultados según el periódico Diariamente Neuquén. La junta aseguró que el daño en el cuerpo es compatible con la ingesta de dióxido de cloro.
Con información de Leonardo Scannone y Federico Fahsbender.
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