
Son las 19.30 de un miércoles de marzo y Federico Lorenzo (39) recibe a sus alumnos en un salón angosto e iluminado con tubos de luz, ubicado en el primer piso del Club Atlético Lamadrid, en el barrio porteño de Villa Devoto. “Primero vamos a hacer un estiramiento de muñecas”, anticipa, mientras hace círculos con sus manos y luego empuja sus dedos hacia atrás. En la clase son cerca de 20 personas: hay desde principiantes sin experiencia hasta instructores de artes marciales. A pesar de las diferencias, todos comparten un mismo interés: aprender esgrima de cuchillo, una disciplina menos conocida que la esgrima de espada, pero más accesible para todo el que quiera animársele.
Los que ya son habitués improvisan combates en un “ring” que está al final del salón. El resto forma una hilera, empuñando un cuchillo de goma y copiando los movimientos que propone el docente: en forma de péndulo, haciendo el símbolo del infinito y una “T”. “La clave está en la distancia con respecto al rival: cuanto más lejos, más van a tener que mover los brazos”, explica Federico y todos lo miran atentos.
Diego tiene 37 años y es instructor de una academia de Artes Marciales en la ciudad de Lobos. Desde hace meses, todas las semanas, viaja 250 kilómetros para entrenar con Federico Lorenzo. “Lo que se enseña acá no lo ves en otros lados. Vine a aprenderlo para trasladárselo a mis alumnos”, le cuenta a Infobae. Melina, una actriz de 35 y la única mujer de la clase, dice que encontró en la esgrima de cuchillo un espacio para soltar tensiones. “Empecé porque estaba actuando en una serie donde interpretaba a una presidiaria y me servía para darle verosimilitud al personaje. Con el tiempo, sin darme cuenta, me dio confianza. Ahora camino mucho más segura en la calle”, reconoce.
Federico avanza con la clase y pone un ejemplo para describir la técnica. “Al principio es como jugar a la mancha: yo te tengo que tocar a vos y vos a mí. Después ya pasa a ser un partido de ajedrez y se pone interesante”, indica. Es el único instructor certificado en Sudamérica de “Tolpar”, la disciplina francesa que enseña esgrima de cuchillo deportivo. Para sus alumnos es un gran motivador. Pero antes de convertirse en docente, su vida estuvo marcada por las adicciones, las apuestas y la cárcel. Pasó de entrenar para sobrevivir, a entrenar para transmitir su pasión.

Un pasado que lo marcó
Federico nació en la provincia de Tucumán y, a los días, lo abandonaron dentro de una bolsa de consorcio en el barrio de Villa Luján. “Después me adoptó un matrimonio y me trajeron para Buenos Aires”, cuenta. Su infancia transcurrió en el barrio porteño de Villa del Parque, en una familia trabajadora que tenía una inmobiliaria. A pesar de la estabilidad y del amor que le brindaron sus padres adoptivos, él dice que siempre arrastró la “herida de abandono”. Tanto fue así que, durante su adolescencia, cayó en las adicciones. “A los 16 probé la cocaína en un boliche y ya no pude dejarla. Después vinieron las apuestas”, admite.
A pesar de sus problemas, siempre buscó una manera de encausar su vida. La encontró en el deporte. “Desde muy joven practiqué boxeo, taekwondo y kickboxing. En el año 2008, me compré una revista de artes marciales y, en la contratapa, había un tipo con un palo y un cuchillo. Enseñaba Kali Filipino. Lo contacté y, casualmente, daba clases en la esquina de mi casa”, recuerda.
Así conoció a Nicola Andrea Pulitano, un reconocido instructor italiano que se había instalado en Argentina. “Fui uno de sus pocos alumnos. Era una persona muy exigente y violenta para enseñar”, cuenta Federico que, hasta 2011, fue su discípulo. Cuando su maestro regresó a Italia, dejó de practicar por dos años hasta que, en 2013, retomó sus clases en una escuela de Ramos Mejía, donde estuvo hasta 2015. Ahí, también incursionó en el Arnés Diablo: un sistema pensado para la supervivencia y el combate cuerpo a cuerpo cuando ya no hay más opciones de escape.
“Siempre me gustaron los palos, los cuchillos, los nunchakus. No sé qué tenía de especial, pero me llamaban la atención. Nunca los pensé realmente como una estrategia de defensa personal. A mí venís a robarme y te doy todo”, dice entre risas.

“Me separé, perdí el trabajo y descarrilé”
Para 2015, Federico se instaló en Gregorio de Laferrere, partido de La Matanza. Según cuenta, estaba “limpio” y haciendo una vida sana. “Iba a Narcóticos Anónimos. Había cumplido cuatro años sin tomar drogas ni alcohol”, cuenta orgulloso. Dos años después, su vida se desmoronó. “Me separé, perdí el trabajo y descarrilé. A los cuatro meses caí detenido, pero siendo inocente. Me plantaron droga y un arma. Pasé cuatro años, dos meses y trece días privado de la libertad“, dice.
Primero giró por varias comisarías, luego lo enviaron a la Unidad N°5 en Mercedes y, posteriormente, a la Unidad N°1 de Olmos, en La Plata. En ese contexto, su vida dio otro giro inesperado cuando sufrió un ACV y una parálisis facial. Lo llevaron al Hospital Posadas y, cuando se recuperó, lo trasladaron a una comunidad terapéutica. “Duré muy poco ahí. Preferí seguir en la cárcel”, admite.
Finalmente, un abogado que pagó su familia logró reducir su condena. Salió en 2022 con el beneficio de la libertad condicional. “Me largaron un miércoles a la una de la mañana sin plata ni documentos. Llegué a Villa del Parque a las siete haciendo dedo. Me reencontré con mis padres, a los que no veía desde hacía tres años por la pandemia, y después me fui corriendo a buscar a mi hijo al colegio. Nunca me voy a olvidar de ese abrazo. Volví a Narcóticos Anónimos y, el sábado, ya estaba entrenando otra vez”, cuenta.

“No hago apología al delito”
Tras recuperar la libertad, Federico intentó reinsertarse laboralmente. No fue fácil. “Buscaba trabajo, pero cuando saltaban los antecedentes, me echaban. Me costó muchísimo, hasta que el dueño de un restaurant me dio una oportunidad como lavacopas”, explica.
Con lo que juntó, se compró una moto y empezó a trabajar como delivery de apps. En paralelo, cuenta, se apoyó en el deporte hasta que encontró su camino definitivo: el esgrima de cuchillo, un sistema deportivo que estudió y en el que se certificó como instructor con aval de Francia.
“Empecé dando clases en un parque. Mi primera alumna fue mi expareja, que llegó a ser campeona nacional dos veces. A diferencia de la esgrima de espada, este es más accesible”, dice. Hoy, además de dar clases, Federico compite. En las competencias, los luchadores utilizan cuchillos de goma, aluminio o teflón, cascos de esgrima y guantes. El próximo 18 de mayo se llevará a cabo el tercer Torneo Nacional en Capital Federal, del que participarán competidores y escuelas de todo el país. “Hay un mundial una vez al año y es en Francia. Todavía no fuimos. Capaz el año que viene podamos”, se ilusiona.

A pesar del crecimiento de la disciplina en nuestro país, aún hay quienes descalifican la práctica por su vínculo simbólico con las armas blancas. “Algunos la llaman ‘esgrima tumbero’, pero lo que yo enseño es un deporte”, aclara Federico. “No hago apología al delito ni a la violencia. Los combates con armas improvisadas no ocurren solo en las cárceles; en la calle también hay agresiones con cuchillos. Sí, es un arma, pero también lo es una piedra. La diferencia está en el uso que se le da”.
Durante su paso por prisión, Federico nunca contó que sabía artes marciales y solo intervino en pelas las veces que no tuvo otra opción. “Cuando entrás, sobre todo en las comisarías, tenés que pelear. Es la ley de la selva”, resume. Desde hace tres años, elige otro camino. Enseña de forma gratuita, solo pide que sus alumnos se hagan socios del club para apoyar a la institución.
“El deporte es salud y, así como me ayudó a mí, creo que puedo ayudar a otros. Yo no vivo de esto. Lo que hago es devolver lo que la esgrima me dio. Yo soy rico sin plata. La paso bien. A la medianoche estoy durmiendo, cuando antes pasaba días sin cerrar los ojos. Me levanto, trabajo, entreno y soy feliz”, se despide.

Fotos/Gustavo Gavotti
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