
Lohana Berkins nació el 15 de junio de 1965 en Pocitos, Salta, en una familia de 13 hermanos y donde no se podía salirse de la norma. En el colegio los chicos tenían que hacer una fila y las chicas otras. Ella no se acoplaba al lugar que le asignaban y, a pesar de sus ganas de saber, no pudo terminar la escuela. Tampoco pudo crecer en la casa que la vio nacer. La echaron antes de los 15 y jamás pudo volver. “De muy chiquitita creía que era mujer, que había un error y que ese error iba a ser solucionado. Era muy delicada, no me gustaban los juegos bruscos. Creía que era mujer, jugaba con mis hermanas, jugaba a la mamá, a mi hermana menor (Gloria) la hacía hacer de papá y yo de mamá sino no había juego posible. Tenía un montón de hermanos pero yo dormía con mis hermanas”, me contó en una entrevista para un libro sobre “Feministas fundamentales”, editado por Diana Maffía. Su infancia era una herida a la que volvía para que nadie más volviera a pasar por eso.
“El hito doloroso fue el ingreso a la escuela”, recordó. Se enamoró de Roberto, su maestro de primer grado, al que consideraba bello. “Hacían filas separadas. Me ponían en la de los varones y yo me volvía a la de las mujeres. Ahí empezó el primer atisbo de que mi identidad era independiente de la genitalidad y del género que me imponían”, enmarcó. A los 13 años se dio cuenta que su percepción no era aceptada y que su espejo era ser travesti. La echaron en un episodio familiar que vivió con mucho dolor. Su papá le dijo que se hacía hombre o se iba. Se fue. La expulsión no tuvo retorno. “Me fui como un juego. Nunca pensé que no me iban a buscar”, lamentaba sobre un portazo que no tuvo vuelta atrás. Nadie la buscó, ni su papá, ni su mamá, ni sus hermanos y hermanas. Casi una década después, a los nueve años de su partida, apenas partiendo de la infancia, volvió a ver a su madre cuando se estaba muriendo.
La recibieron sus tías, de casa en casa, en Salta Capital, hasta que recaló en lo de su tía Florita que le enseñaba a tejer, a cocinar, la adoraba y en vez de echarla le escondía la llave para que no salga. Fue el lugar donde Lohana se sintió celebrada y, a pesar que ella se escapaba por la ventana, su tía no quería que se vaya. Sin embargo, ser la no querida no era una marca que se olvidara. Esa expulsión es la historia de una y la de muchas, la que muestra como la discriminación genera la expulsión del sistema educativo y resta posibilidades que deben ser igualadas.

“Conocí la pobreza cuando me echaron de mi casa”, rememoró. La expulsión la hizo parte de lugares a donde la pertenencia se reinventaba en familia. También la llevo a ser parte de la casa de La Pocha, una mítica doña que cobijaba travestis en colchones apilados y piezas que multiplicaban, panes, sombras y penas, en época de carnavales. La Pocha recibía a las travestis para que desfilen por las carrozan,en una casa llena de chismes y risas. Pero ella no se quedó con lo posible. Lucho por lo imposible y fue artífice de la Ley de Identidad de Género (aprobada el 9 de mayo del 2012) y del cupo laboral travesti trans, normas de vanguardia para la legislación mundial.
Lohana Berkins murió el 5 de febrero del 2016, entre rezos y reivindicaciones, llantos y flores, abrazos y penas, anécdotas y una huella inolvidable que dejó una llama que en vez de apagarse se enciende. Para ella la muerte era un ritual que no permitía faltar a la cita. Por eso, el homenaje es parte de lo que también practicaba como una militancia: las despedidas. “Yo de muy chiquita estuve muy relacionada con la muerte. Se murió mi abuela y yo estuve ahí. Se empezaron a morir amigas. Vi morir muchas travestis. Se murió mi mamá. Y después se murió mi tía Florita que entre mi mamá y mi tía elijo a mi tía Flora”, rememoró sobre cada duelo que no dejo de visitar como quién sabe que es una cita que amerita compañía.
La palabra travesti, una forma que representaba desprecio, Lohana la sacó, también, del closet y la volvió orgullo. No necesitaba ni quería encajar en los manuales académicos (generalmente norteamericanos y europeos) de la diversidad sexual, sino que le gustaba la forma criolla de nombrarse igual que las calles que camino para trabajar, para salvarse, para convencer, para ayudar, para reclamar y para curarse. Su muerte, temprana, dolorosa, injusta, es también un reclamo por la muerte prematura de las personas trans y una forma de nombrar con su ausencia la necesidad de salud integral, reparación y derechos para siempre, porque recordarla es necesitarla viva y saber que la muerte es inevitable cuando es un accidente pero no cuando la desigualdad se vuelve un gatillo contra la expectativa de vida igualitaria.

“En un mundo de gusanos capitalistas, hay que tener coraje para ser mariposa”, era la frase que seguía a la firma de Lohana Berkins en sus comunicaciones. Así se presentaba, con tanta ideología como poesía; con garra y humor. “Si Lohana estuviera viva” es una especulación histórica difícil de continuar, que siempre implica la incertidumbre de los puntos suspensivos. Ella fue única, pero, comparable, entre la comunidad LGTTBQ, a la divinidad cercana de alguien que crece, a pesar de su muerte, en el recuerdo (como Gilda, como Evita, como las santas populares) y la referencia tan política como personal, en su singularidad y su figura, la vuelve irremplazable, única e icónica.
Lohana Berkins fue la primera persona trans en trabajar en el Estado. Ocupó un cargo en la Legislatura porteña, en la gestión de Patricio Echegaray (ex Legislador del Partido Comunista del 2000 al 2003 y fallecido en el 2017) y con la filósofa Diana Maffía (legisladora del 2007 al 2011 por la Coalición Cívica) que también trabajo con Lohana en el Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires. Una oficina con ella no podía ser burocrática ni aburrida y la compañía de sus sobrinos/as redimía sus penas y volvía a dar vida frente a su aleteo valiente y desafiante.
Le decían La Berkins y ella lo decía todo, entre desparpajo, gracia, contundencia, estridencia y ternura. Caminar con Lohana, en los Encuentros Plurinacionales de Mujeres y Diversidades, en las asambleas o las clases, era sentirse parte de un acorazado en donde la razón estaba protegida por su cuerpo imponente, sin necesidad de hiper sexualizarse. Lohana había trascendido los esquemas. Trabajó en la Legislatura pero tendría que haber sido legisladora y diputada (fue candidata aunque nunca ocupó un escaño) y más, sin duda, más. Es una deuda con ella que, sin embargo, fue despedida, en la Legislatura Porteña, en una ceremonia que le habría gustado, a ella, que custodió velorios y despidió a sus amigas para que no se vayan solas. A ella que rezaba y esperaba en el teléfono el día de su cumpleaños para que la saludaran. A ella que hubiera recibido cada flor y agradecido cada lágrima. A ella que sabía que las despedidas podían no tener vuelta atrás.

También fue presidenta de la Cooperativa “Nadia Echazú”, otra trans histórica, homenajeada en la marca. La dualidad de una vida dura y de la divinidad encarnada con lengua de pluma marcaron las muchas caras de Lohana, una niña despedida por no ser aceptada y una joven que conoció, por primera vez, el otro costo de no tener dónde dormir: ir presa por rara. “Yo casi me desmayó”, relató. Pero no había oxígeno para su dolor. Fue a la casa de una de sus hermanas porque tenía hambre. La volvieron a echar y le dijeron que era una vergüenza.
Lohana padeció todas las injusticias de ser trans en un país que no tenía derechos para quienes no encajaban. Ella era una mujer de fe, se definía como una señora creyente y describió: “Soy tremendamente católica. No creo en las jerarquías eclesiásticas. No dejo que ninguna jerarquía maneje mi vida. No creo en la Iglesia, ni en los curas, ni en las monjas. Estoy a favor del aborto, pero sí creo en Dios. No es una postura”. Santa Lohana, hoy, para muchas personas, es una figura que también da fe en que nunca más la expulsen a ella, ni a ninguna, de la fila de la escuela, ni de la mesa de su casa, ni de ningún lugar, en el que queden marginadas.
Alguna vez le dijeron que no era mujer, pero ese prejuicio quedó enterrado con su sola presencia y en su existencia también se contaron las heridas y lo luminoso de un país que supo parir entre sus desgarros luciérnagas que destellaron en una historia fuera de lo común. “Lohana Berkins como respuesta a todo” es más que una frase, es más que un homenaje, es una síntesis de un movimiento que convirtió la “furia travesti” en una escarapela que ella encarnó y en la santidad de una mujer que rezaba y se llamaba señora con tanta gracia como garra. Lohana es una Santa Trava. Y, sin duda, la líderesa espiritual de un país que la toma como la reina descoronada de un movimiento imponente y en la bendición de tenerla como una intelectual que cambió paradigmas mucho más allá de las fronteras. En su memoria las puertas quedan abiertas.
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