
Un pequeño gesto de unos chicos aburridos en un barrio del oeste del conurbano que habían quedado al cuidado del negocio de su mamá. Una vecina que pasa y le saca una foto. Lo postea en su Facebook porque le genera empatía la actitud de los pibes. La publicación que estalla de likes y se comparte casi 6.000 veces en menos de una semana.
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Los chicos que se la pasan en TikTok e Instagram emularon los carteles virales de los jóvenes que piden abrazos o besos por las calles de las ciudades del mundo. En este caso, pedían también algo simple: “Vengan a comprar”.
Todo eso le sucedió a Mariana y Adriana dos amigas de Ituzaingó que hace menos de un mes abrieron una pastelería en un pequeño local de un barrio cercano a la zona de quintas de Parque Leloir en esa localidad.
Las chicas habían arrancado de a poco con un local de Adriana que había quedado vacío tras una barbería que lo había desocupado el año pasado. “Arrancamos con un horno que le regalaron en el trabajo de mi marido. Tenía una puerta rota. La arreglamos, funcionó y nos largamos con Dulcemente”, explica Adriana, de 45 años, en diálogo telefónico con Infobae.

Enseguida, toma la palabra Mariana, la socia de Dulcemente. “Trabajo de cocinera en un bar de Parque Leloir y también estudio técnica en alimentos en la Universidad de Hurlingham. Estaba en abogacía, pero me di cuenta que lo mío es la cocina y cambié”, explica la mujer pastelera, de 34 años.
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Entonces estaba el local vacío y las dos amigas que se miran una tarde de verano y casi al mismo tiempo se ven pensando lo mismo. Y casi que lo dijeron a coro: “Y si arrancamos nuestro emprendimiento propio”.
“Vimos las chances y arrancamos desde cero. Compramos una bolsa de harina y la cargamos en el colectivo. Pintamos el local negro y rosa porque nos gustaban esos colores. Y nos lanzamos a la aventura de tener un negocio en Argentina con todo lo que eso implica frente a la inflación y los problemas económicos del país”, admite Mariana, entusiasmada por lo que vendrá.
Las primeras semanas fueron difíciles y de puro aprendizaje. Los cambios en los precios. Cómo tener stock de productos, pero al mismo tiempo que no se vuelvan viejos y haya que tirarlos. Y cómo hacerse conocer.
Ese tercer ítem fue solucionado por dos chicos de 14 años. “Me tenía que ir a hacer unos trámites y lo dejé a mi hijo con su amigo a cargo del negocio –recuerda Adriana, del momento previo a la viralización-. Cuando vuelvo los veo en la puerta con el cartel muy prolijo que decía ‘vengan a comprar’. No lo podía creer la ocurrencia que habían tenido”.

Lo que todavía no sabía Adriana es que la vecina Natalia Farinati les había sacado una foto de la vereda de enfrente. Y que el posteo en su Facebook iba a estallar de comentarios y likes. “La foto del día. Mis vecinitos con su emprendimiento. Que lindo es enseñarle el trabajo y el sacrificio. Me emociona. Dios quiera que vendan todo”, escribió la usuaria. Y el ruego de Natalia funcionó y las ventas fueron subiendo en forma sostenida hasta estallar durante la Semana Santa.
El posteo empezó a circular por las rede sociales y cada día llegaban nuevos clientes a Dulcemente. “Los propios clientes nos empezaron a decir que venían por el cartel de los chicos. Nosotras primero no entendíamos de que hablaban, hasta nos pedían sacar foto a nuestro cartel de bienvenida”, sostiene Adriana.
En la puerta de Dulcemente hay un cartel hecho a mano con tiza que sienta las bases de lo que es para ellas su negocio. “La cocina secreta es una taza de inspiración, un kilo de amor, un huevo de paciencia y locura al gusto”. Y así, los clientes pasan y se quieren sacar la selfie con el cartel de las pastelería viral”, así la nombran.
Otro cartel, también ideado por Mariana habla de cómo es la repostería en Dulcemente: “Batir con amor, hornear con pasión y decorar con el corazón”. Todas estas ideas la cocinera las sacó de la universidad y de muchas lecturas propias. “Siempre estoy con un libro de psicología o de autoayuda que me acompaña en los viajes o a la noche antes de dormirme”, explica.

Leonel fue el autor del cartel viral. Tiene 14 años y cuando no va al colegio trata de ayudar a su mamá en el local. “Mi mamá nos había con mi amigo Ian a cargo con la lista de precios por si venía algún cliente a comprar -empieza a relatar el chico-. Yo siempre intento ayudar a mi familia. Estábamos aburridos y se nos ocurrió lo del cartel para que la gente que pasaba capaz les llamaba la atención y entraban”. El resto fue la foto de la vecina que la sacó sin que los chicos se dieran cuenta y el posteo que generó empatía en miles de usuarios de Facebook, que dejan sus bendiciones, sus buenos deseos y hasta prometen pasar a comprar algo.
Y así los vecinos llegaron en procesión desde varias cuadras a la redonda y hasta en auto. Se llevan los rolls de canela, las galletitas también de canela (las preferidas de Leonel) y las galletas dulces mendocinas”. Por ahora, la única repostera es Mariana, pero Adriana aprende en forma veloz los diferentes pasos de la cocina. “Ya empezó a meter mano”, aclara la repostera.
“Nuestra idea no es ser muy caros en los precios. Queremos que todo el barrio pueda tener acceso a nuestros productos. Que puedan comer algo rico en el desayuno o el domingo a la tarde -explica Mariana-. Siempre fue nuestro sueño tener algo propio y pese al cansancio por el trabajo, nos encanta y nos apasiona tener este local”.
La viralización creció día a día y llegó la Semana Santa. Dulcemente ofreció roscas de pascuas. Una opción con pastelera y otra especial con dulce de leche. “Trabajamos todos los feriados porque la gente no paraba de llegar -se entusiasma Mariana-. Estuvimos varias noches sin dormir para llegar con todos los pedidos. El domingo de pascuas llegamos a vender 40 roscas en un sólo día. Es algo increíble, si pensás que abrimos hace dos semanas y casi no hicimos promoción. Todo fue por el cartel de los chicos que se viralizó”
Por todas las ventas que lograron, Adriana le guardó a Leonel una rosca rellena de dulce de leche. El domingo a la noche, tras todo el trabajo la compartieron y festejaron en familia por el incipiente éxito del emprendimiento. Al otro día, sin tiempo para el descanso, las chicas volvieron a prender el horno y a esperar a los clientes con una sonrisa. No quieren bajarse de la ola de ventas que les dejó el cartel viral que nació con la sola intención de un chico de ayudar en el negocio de la mamá.
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