
¿Cómo van a entender lo que significa un NO si ya hablaron antes que vos? Son capaces de inventar una respuesta donde todavía no pusiste tu deseo a tomar la decisión.
Por supuesto que después no van a entender a qué nos referimos cuando decimos “no es no”. ¿Cómo van a aceptar que tengamos nuestra propia voz? Parece que las sobrevivientes debemos las explicaciones que no le piden a aquellos que los gobiernan y a quienes les pagan el sueldo.
Quieren hacernos creer que si rompés el silencio el costo lo pagarás de por vida. Que el deseo es algo que no nos volverá a pertenecer una vez ultrajada nuestra integridad física, sexual y emocional. Para sorpresa de muchos acá seguimos, fuertes y firmes. Aunque les joda más eso que la cantidad de mujeres que siguen matando.
Aunque los escandalice más una hipótesis sobre dónde va a laburar o no una mujer que se animó a denunciar los abusos de este sistema en los lugares de trabajo que los abusos reiterados que seguimos viviendo. El reclamo siempre está invertido; no dieron la lucha por sanear esos espacios, pero a quien lucha le reclaman siempre más. Los indigna más donde vas a mover el culo, que tener una muerta cada treinta horas por haber nacido mujer o percibirse como tal.

Hablar es gratis para los anónimos, hablar es pago para quien rellena horas de aire en la televisión sin contenido, sin rigurosidad de ningún tipo en las palabras o la conciencia de lo valiosos que son los minutos de una pantalla para comunicar un mensaje. Pero hablar tiene costos altos para las que rompemos con el status quo.
Aun así seguimos dispuestas a ponerle el cuerpo, la cara y la voz. No me protege el anonimato de un teclado, me protegen mis compañeras. No me protege la construcción de una mujer fuerte a partir de la violencia infringida en la dialéctica a otra mujer. Me protege la convicción de pelear para que las nuevas generaciones arranquen el partido sin la cancha tan inclinada. Para que las que vienen tengan esta batalla ganada y no paren hasta conquistar cada derecho que hoy unos pocos les ahogan con sus privilegios.
Nos permitimos el debate sobre qué hacer con la producción artística o los méritos deportivos de aquellos hombres que fueron encontrados culpables de abusos sexuales, nos permitimos la reflexión y nos debatimos entre escuchar su música y no; ver sus películas o no, seguir a su equipo o no. Muchos se convencen de que son cosas que van por carriles diferentes. Pero qué rápido se escandalizan esos mismos frente a la posibilidad de que una mujer que sufrió una violación trabaje, si así lo desea, en la pista que se le antoje, que sea dueña de su cuerpo y de su deseo.

Ese cuerpo que le arrebataron un día, mucho antes incluso de que un hombre la viole, y la libertad que le arrebataron cuándo cosificaron su cuerpo apenas nació mujer. Ese cuerpo que fue sexualizado décadas atrás cuando se fabricó la primera muñeca inflable que está confeccionada como un cuerpo de una niña de doce años.
¿Por qué le interesará más a los medios invertir tiempo para debatir sobre la vida de una mujer que demostró valentía y no sobre los cobardes que violan en manada? Por qué será que sigue resultando útil para el público? ¿No es acaso eso morbo?
Morbosidad: sensación que produce algo que puede resultar desagradable, cruel, prohibido o que va contra la moral establecida. En la moral de mi movimiento lo que está mal es violar. En mi moral está mal hacer un despliegue del árbol genealógico de una víctima de violación y decirte feminista. O dudar entre “le creo pero” y “no le creo porque”. En mi moral no hay actos de fe, hay una realidad cruenta que por años no quisieron ver.
Vamos a seguir trabajando para tomar cada espacio que antes le pertenecía a los machos poderosos, vamos a convertirlo en trinchera de nuestro deseo. Porque mi cuerpo no es territorio donde puedas anidar tu ideología, ni librar las batallas que no te animás a dar con tu propia carne.
¿Por qué será que perturba más el poder ejercido desde la libertad personal que el poder de los opresores que asfixian las libertades?

Se indignan frente a una mujer que se atreve a pensar pros y contras de una oferta laboral, pero son los mismos que en sus puestos de trabajo no se levantaron frente a las injusticias que vivieron sus compañeras. Son los mismos que no se escandalizaron porque un hombre con tres denuncias públicas de acoso protagonizara el horario central de una serie juvenil personificando al padre de familia.
Son los mismos que se indignan si esa mujer hace una denuncia en el fuero civil para percibir el resarcimiento económico que le corresponde por el daño moral, psíquico, y emergente que le provocó la agresión; los mismos que no comprenden las dificultades de una persona que sufrió abuso para reinsertarse en el espacio laboral. Pero que no se escandalizaron cuando el abusador demandó a las denunciantes para reclamarle dinero por daños y perjuicios. No se escandalizaron lo suficiente, no frenaron la maquinaria infernal a tiempo y por eso alguien debió pararse frente a esa injusticia para destapar la olla a presión que tantos intentan volver a poner al fuego.
¿A quién le interesa la fama a costa del hecho más aberrante de su vida? ¿A quién le puede gustar el mote de víctima? ¿Si no es por una causa justa como podría alguien inmolarse para sacudir a una sociedad?
El refugio será siempre el eco de todas aquellas que alzaron la voz. El refugio es la trinchera que construimos con la mirada cada vez que nos cruzamos en la calle y nos abrazamos porque sabemos que nuestras hijas y nietas darán otras batallas gracias a las que nosotras conquistemos, y nosotras damos las que podemos gracias a esas mujeres que sobrevivieron luchando hasta hoy.
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