
Correr forma parte de una de las prácticas físicas más extendidas por su sencillez y por la variedad de objetivos que admite. Puede integrarse en una rutina orientada a la salud general, a la mejora del estado cardiovascular o al entrenamiento para una competencia.
En todos esos casos, la intensidad con la que se corre cambia de manera directa el tipo de estímulo que recibe el cuerpo y también la forma en que se organiza el descanso, la recuperación y la progresión.
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Dentro de ese esquema, la velocidad no siempre ocupa el lugar que suele suponerse. Hay planificaciones pensadas para exigir al máximo el sistema cardiovascular y la musculatura, y otras que priorizan la resistencia, la adaptación progresiva y la acumulación de volumen con una carga menor. Esa diferencia entre hacerlo rápido o lento atraviesa buena parte de los planes actuales de entrenamiento y explica por qué dos sesiones de running pueden ser útiles aun cuando se sientan muy distintas.
Correr, sea a ritmo rápido o a ritmo suave, se asocia con beneficios amplios para la salud. Self Magazine señaló que esta práctica contribuye a mejorar la función cardíaca, el estado de ánimo y a reducir el riesgo de distintas enfermedades crónicas. A partir de esa base común, la discusión no pasa por elegir una sola velocidad válida, sino por entender qué aporta cada intensidad, en qué contexto conviene usarla y cómo encaja dentro de una rutina sostenible.
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Correr rápido y correr lento: qué cambia y qué aporta cada uno
La diferencia no se define por un ritmo universal, sino por el nivel de esfuerzo que representa para cada persona. Según publicó Self Magazine, una forma práctica de distinguirlos consiste en observar la capacidad de sostener una conversación.
En una carrera lenta, el esfuerzo debería permitir hablar con relativa comodidad. En una rápida, en cambio, hablar deja de ser viable porque la exigencia sube de forma marcada.
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El entrenador personal certificado Matt Campbell, en diálogo con la revista, describió el sprint lento como un esfuerzo en el que no aparece la sensación de falta de aire. Por otro lado, la fisióloga y entrenadora Janet Hamilton planteó otro criterio útil: al terminar una salida suave, debería existir la sensación de que todavía era posible seguir corriendo.
En términos fisiológicos, la alternativa lenta suele asociarse con un trabajo aeróbico de baja intensidad. Self Magazine explicó que, en quienes usan frecuencia cardíaca, ese esfuerzo suele ubicarse cerca de la zona 2, entre el 60% y el 70% de la frecuencia máxima, mientras que Cleveland Clinic situó ese rango suave entre el 55% y el 65% de la frecuencia cardíaca máxima prevista.
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Entre los beneficios de correr lento, la revista destacó el aumento de las mitocondrias, estructuras celulares ligadas a la producción de energía, además de mejoras en el tamaño y la resistencia de las cavidades cardíacas, el volumen sanguíneo y la tolerancia de tendones, huesos y tejidos conectivos.
Cleveland Clinic sumó que este tipo de trabajo también ayuda a desarrollar la red capilar, es decir, los pequeños vasos sanguíneos que colaboran con el transporte de oxígeno hacia los músculos, lo que puede retrasar la aparición de la fatiga.
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La carrera rápida también comparte varios de los beneficios cardiovasculares y musculoesqueléticos del trabajo suave, pero agrega estímulos más específicos. Según Self, este tipo de esfuerzo activa en mayor medida las fibras musculares de contracción rápida, que producen más fuerza que las fibras de contracción lenta.
Esa activación se vincula con mejoras en potencia, fuerza y velocidad, además de una mayor capacidad para sostener ritmos altos durante más tiempo.

La revista también señaló que puede elevar el VO2 máximo, una medida que refleja la eficiencia con la que el cuerpo utiliza el oxígeno durante el ejercicio.
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Asimismo, expertos indicaron que un VO2 máximo elevado se asocia con resultados de salud favorables, entre ellos menor riesgo de enfermedad cardíaca, cáncer y muerte prematura. A eso se suma otro aspecto práctico: puede volver más visibles ciertos errores técnicos, como una mala posición de hombros o un braceo ineficiente, lo que permite corregirlos con mayor precisión.
Slow running, cómo aplicarlo y qué tener en cuenta
El llamado slow running se apoya en una premisa central: correr despacio no implica entrenar menos, sino organizar el esfuerzo para poder sostenerlo con continuidad. Cleveland Clinic definió este enfoque como una manera de acumular más kilómetros y entrenar al cuerpo para tolerar el estrés de correr con menor riesgo de lesión.
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En esa línea, la cardióloga Tamanna Singh, corredora y especialista citada por esa institución, sostuvo que existe evidencia sobre los cambios aeróbicos que puede generar este tipo de entrenamiento.

Aplicarlo requiere ajustar expectativas. La clínica explicó que debería sentirse similar a un trote conversacional, sin jadeo ni cortes en la respiración entre frases. El objetivo no pasa por alcanzar un ritmo determinado, sino por sostener una intensidad que resulte cómoda y durable.
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Self añadió que, en corredores principiantes, incluso pueden aparecer pausas para caminar si eso ayuda a mantener ese nivel de esfuerzo.
La proporción entre trabajo suave e intenso depende del objetivo, la experiencia y los antecedentes de lesiones, pero varias de las fuentes acercan una orientación semejante. Según Janet Hamilton, más del 50% del entrenamiento debería hacerse a ritmo lento, incluso cuando existe un objetivo de rendimiento.
Otro punto clave es evitar la llamada zona intermedia. Marathon Handbook, blog especializado en la materia, advirtió que muchos corredores pasan demasiado tiempo en esfuerzos moderados, que no son lo bastante suaves como para facilitar la recuperación ni lo bastante intensos como para generar el estímulo de velocidad deseado.
Cleveland Clinic recomendó priorizar las sensaciones corporales por encima del reloj si el ritmo genera ansiedad. También propuso correr con un acompañante de ritmo similar para usar la conversación como referencia. La experta añadió que, al bajar la velocidad, conviene acortar la zancada y conservar una postura estable, con la cabeza erguida y los hombros relajados.
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