En los últimos meses, las pistas del norte de Lima se transformaron en el escenario de un conflicto que iba más allá de simples amenazas. Choferes, cobradores y dueños de empresas de transporte comenzaron a recibir mensajes cargados de intimidación, acompañados de disparos y granadas que confirmaban el alto nivel de violencia. Detrás de esta maquinaria delictiva se encontraba la organización conocida como DESA, siglas que encubrían a los Delincuentes Extorsionadores Sicarios Anti Tren, grupo que impuso su ley bajo el mando de Yorman Barrios Martínez, alias Yorman.
El cabecilla de origen venezolano, identificado por la Policía como uno de los criminales más escurridizos de la capital, encontró en las rutas de Lima Norte un terreno fértil para levantar un imperio. Las calles de San Martín de Porres, Independencia y Comas se convirtieron en su centro de operaciones, desde donde enviaba órdenes a través de audios que dejaban en claro que el que no cumpliera con pagar, terminaría en la mira de sus sicarios. Bajo esa dinámica, amasó una fortuna que superaba los veinte millones de soles, con ingresos que incluso trasladaba a Venezuela mediante criptomonedas.
El líder que buscó desafiar al Tren de Aragua
El nombre de Yorman comenzó a ganar notoriedad luego de la captura de Edward Torrealba Pacheco, primo del temido “Cris” del Tren de Aragua. En ese vacío de poder, el cabecilla de los DESA encontró el momento para expandir su influencia. Su discurso violento, acompañado de grabaciones en las que se ufanaba de tener “fuego para cualquiera”, se convirtió en su sello personal.

La Policía reveló que el grupo operaba con un organigrama bien definido. Yorman encabezaba la estructura, mientras que Alejandro González, alias Ronaldinho, y Brayan Correa actuaban como negociadores. El rol de estos sujetos era doble: exigir pagos diarios y transmitir amenazas de muerte a quienes se resistieran. Detrás de ellos estaban los encargados de ejecutar la violencia: Jefferson Borromé, apodado cero uno; Raúl Viloria Velázquez y Ángel López Espinosa, alias La Mula. A este engranaje se sumaban las encargadas de recolectar el dinero, identificadas como Adriana Franco y Dayán Martínez.
Audios, amenazas y disparos en las calles
Los registros de voz difundidos por la Policía muestran la crudeza con la que los DESA imponían sus condiciones. En uno de ellos, Yorman exige a sus seguidores que pasen las placas de los buses todos los días, advirtiendo que quien incumpla sería multado. En otro mensaje, advierte que a partir de cierto momento los pagos subirían y que quien se resistiera terminaría asesinado.
La violencia no quedaba en palabras. Los transportistas denunciaron que en plena ruta aparecían hombres armados que disparaban contra las unidades para reforzar las amenazas. En algunos casos, las víctimas fueron atacadas a quemarropa como parte de un mensaje para el resto de conductores. La Policía confirmó que al menos diez empresas resultaron afectadas, entre ellas Aquarius Express, Ednolsa, Translima, Norlima y Waybus, cuyos representantes acudieron de manera reservada a las autoridades para evitar represalias.

Millones en juego y el miedo en Lima Norte
Las investigaciones policiales indican que el sistema de cobro de cupos implementado por los DESA alcanzó una magnitud millonaria. Cada bus debía pagar un monto diario que oscilaba entre 40 y 50 soles, además de cuotas adicionales por inscripción. Con más de 150 vehículos bajo control, las ganancias superaban los veinte millones de soles. Parte de esas sumas se blanqueaban a través de transferencias en criptomonedas enviadas periódicamente a Venezuela.
Este esquema económico permitió a Yorman sostener fiestas ostentosas en el Cerro Candela, en San Martín de Porres, lugar que funcionaba como su centro de operaciones. Desde allí dirigía a sus sicarios y ordenaba ataques contra empresas que se negaban a someterse. El control absoluto sobre las rutas convirtió a la organización en un poder paralelo que sometió a transportistas bajo un clima permanente de terror.
Bajo la mira de la inteligencia policial
La División de Inteligencia de la Dirincri mantuvo por meses una vigilancia minuciosa sobre los movimientos del cabecilla y su red. Cada mensaje interceptado y cada ataque registrado sirvieron para armar el expediente contra Yorman y sus cómplices. La estrategia de la Policía apuntó a desmontar la estructura completa, desde los negociadores hasta los sicarios encargados de ejecutar los atentados.
Los investigadores detallaron que el objetivo principal de Yorman no solo era el control del transporte en Lima Norte, sino también proyectarse hacia otras zonas de la capital. Su plan consistía en consolidar un régimen de cobro de cupos que no diera espacio a la competencia, replicando el modelo del Tren de Aragua. Con armas de guerra, granadas y una red de sicarios leales, buscaba convertirse en el nuevo rostro del crimen organizado en Lima.
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