
Entre los siglos XV y XVI, el territorio argentino tuvo la presencia del Imperio Incaico, una civilización que extendió su dominio hacia el extremo sur de América del Sur. Desde aproximadamente 1420 hasta 1535, las provincias del Noroeste Argentino (NOA) como Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja, San Juan y el extremo noroeste de Mendoza formaron parte del Collasuyo, la porción sur del Tahuantinsuyo.
El impacto de la llegada inca a esta región fue profundo y complejo. No solo se trató de un proceso de conquista, sino también de la introducción de sistemas productivos, culturales y lingüísticos que permanecen vigentes en la actualidad. El canal de YouTube QPA, que aborda las similitudes entre Argentina y Perú, resalta esta relación histórica: “Este territorio alguna vez fue parte del gran imperio incaico, específicamente del Collasuyo. Aún hoy se pueden ver evidencias tangibles de esa presencia”.
La presencia inca en el territorio

El Qhapaq Ñan, la red vial que unía las tierras del Tahuantinsuyo, tuvo un rol central en esta región. Este sistema de caminos conectaba comunidades, facilitaba el comercio y consolidaba la administración del imperio. Aunque su trazado principal partía de Cusco, la capital del Tahuantinsuyo, varios de sus ramales llegaban hasta las provincias argentinas de Salta y Jujuy, destacando la organización y el esfuerzo colectivo de los habitantes locales bajo el dominio inca.
La región también conserva numerosos vestigios arqueológicos, como el Pucárá de Tilcara, una antigua fortaleza que sirvió como punto estratégico durante la dominación incaica. Construido con piedra y ubicado en una colina, esta edificación ofrece una vista panorámica de la Quebrada de Humahuaca, un lugar que parece detenido en el tiempo. En palabras del youtuber Hugo Heberto Sosa Odriozola, “los peruanos reconocerán rápidamente las construcciones de piedra que son parte de su historia”.
El Camino Inca no fue el único legado dejado por el Tahuantinsuyo. La organización social y económica también influyó en la región. Los habitantes locales, antes organizados en comunidades independientes, adoptaron nuevos sistemas de producción agrícola y de tributo que los incas implementaron. A través de terrazas de cultivo y canales de irrigación, se optimizó la explotación de tierras en un entorno montañoso, similar al paisaje andino peruano.
El quechua y los nombres de la memoria

Uno de los elementos más visibles de la herencia incaica en el NOA es la persistencia del quechua, la lengua oficial del Imperio Incaico. Aunque su uso disminuyó tras la llegada de los colonizadores españoles, el quechua sigue presente en nombres de lugares, comercios y comidas típicas de la región. Esta lengua, que aún es hablada por comunidades locales, simboliza la resistencia cultural frente a siglos de cambios y dominaciones externas.
La integración cultural también se refleja en aspectos religiosos. Una iglesia en Tilcara está dedicada a Santa Rosa de Lima, figura religiosa importante en el Perú. Construida en el siglo XVII, este templo presenta un interior decorado con arte de la Escuela Cusqueña, evidenciando cómo la influencia peruana continuó incluso después de la caída del Tahuantinsuyo.
Antes de la llegada de los incas, las tierras del NOA estaban habitadas por diversas culturas, como los diaguitas y los calchaquíes. Estos pueblos, organizados en valles como los de Cafayate y la Quebrada de Humahuaca, desarrollaron economías agrícolas y una rica tradición artesanal. La llegada inca trajo consigo un periodo de dominación que, aunque efímero en el tiempo, dejó profundas marcas.
Cuando los españoles arribaron, estos mismos pueblos aprovecharon la coyuntura para rebelarse contra ambas fuerzas colonizadoras. La destrucción de tramos del Qhapaq Ñan y la decisión de aislarse del resto del imperio son prueba de una resistencia activa. En este contexto, los Quilmes sobresalieron como uno de los grupos más combativos, defendiendo sus tierras durante más de 200 años. “Esta resistencia fue tan fuerte que los españoles, tras derrotarlos, los obligaron a trasladarse a más de mil kilómetros de su hogar, en un acto de castigo ejemplar”, cuenta el popular youtuber.
Paisajes que conectan culturas

El NOA no solo preserva vestigios históricos, sino que ofrece paisajes naturales que recuerdan a los de los Andes peruanos. En Jujuy, la Quebrada de Humahuaca, declarada Patrimonio de la Humanidad, muestra cerros multicolores y pueblos de adobe que evocan los valles y quebradas del sur del Perú. En lugares como Purmamarca y la Paleta del Pintor, las tonalidades del paisaje parecen extraídas de un cuadro, generando una conexión visual con la sierra peruana.
Los paralelismos entre el NOA y Perú no solo se limitan al legado histórico y cultural, sino también a las condiciones geográficas y climáticas. Esta región de Argentina comparte con la sierra peruana una alta actividad sísmica y la presencia frecuente de deslizamientos de tierra, conocidos en Perú como huaicos. En 1948, un terremoto devastador golpeó la zona, mientras que en 2017, el pueblo de Volcán fue sepultado bajo el barro tras un alud.
Turismo y herencia viva

Hoy, el NOA atrae a turistas por su riqueza cultural y natural. Salta, conocida como ‘La Linda’, combina arquitectura colonial con una gastronomía que mezcla tradiciones locales e influencias peruanas. Las empanadas salteñas, acompañadas por música y danzas en las peñas, reflejan esta fusión cultural.
El Museo de Arqueología de Alta Montaña, en Salta, exhibe momias incas encontradas en los Andes, brindando a los visitantes un vistazo directo a las prácticas ceremoniales del Tahuantinsuyo. Estas momias, perfectamente conservadas, son testigos de un pasado que conecta a Argentina con el resto de los Andes.
En tanto, las Salinas Grandes, ubicadas a dos horas de Jujuy, atraen por su paisaje blanco, que recuerda a los salares del altiplano boliviano y peruano. Este espacio natural, junto con las serranías de Hornocal, enmarca el legado cultural incaico en un entorno que parece transportado desde otro mundo.
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