
Para nadie es un secreto que un deporte como el fútbol suele despertar las más afiebradas pasiones en todo aquel que cae rendido a su embrujo hipnótico. Pero no solo es un tema de los simples mortales que solemos dejar todo por 90 minutos para imbuirnos en un juego trascendental.
Ocurre que artistas de todas las ramas también han sabido ceder ante una pasión que es la más popular en gran parte del planeta. Al fin al cabo, también son humanos.
No se crea que esto es un fenómeno nuevo, puesto tiene más tiempo del que uno se pudiera imaginar. Un ejemplo de uno de los tantos que sucumbió al encanto de la pelotita fue el poeta peruano Juan Parra del Riego, quien, en sus aventuras como escritor, se encontraba en Uruguay y conoció el juego de Isabelino Gradín y quedó prendado de su habilidad. Tanto, que le dedicó su famoso poema ‘Polirritmo dinámico a Gradín, jugador de football’. Y esta es la historia.
¿Quién fue Parra del Riego?

Juan Parra del Riego fue un poeta peruano nacido en 1894 que destacó en la escena literaria del siglo XX. Nacido en Huancayo, Perú, su poesía, inicialmente modernista, evolucionó hacia movimientos vanguardistas, especialmente el futurismo, inspirándose en eventos contemporáneos.
En 1918, cansado de la rutina, viajó por Chile, Argentina y Uruguay, donde se integró en la escena literaria de Montevideo, entablando amistad con poetas como Delmira Agustini. Su poesía destacó por el uso del polirritmo, influencia de Manuel González Prada.

En 1922, viajó a Europa y estableció contacto con el futurismo en París. Fue en la ‘Ciudad Luz’ que los primeros síntomas de la tuberculosis que acabaría con su vida aparecieron. Luego pasó por Madrid y Lisboa, antes de regresar a Montevideo. En 1925, su “Canto al carnaval” ganó un concurso rioplatense, y cantó las hazañas de Isabelino Gradín. Se casó con la poetisa Blanca Luz Brum, pero su salud frágil no impidió que publicara sus últimas creaciones antes de morir en noviembre de 1925.
Entre sus obras destacan “Polirritmos” (1922), “Himnos del cielo y de los ferrocarriles” (1924), “Blanca Luz” (1925), y “Cantos al carnaval” (1925). Además, dejó obras póstumas como “Tres polirritmos inéditos” (1937), “Poesía” (1943), “El escultor Falcini” (1921), “La provincia vestida de hojas” (1921), y una compilación post mortem de su prosa (1943). Su obra completa fue reunida en “Obra reunida” en 2016, abarcando poesía, prosa y correspondencia, destacando la rica contribución de Juan Parra del Riego a la literatura hispanoamericana.
Gradín: héroe del fútbol charrúa

Por su parte, Isabelino Gradín fue el primer futbolista negro uruguayo en un torneo internacional y se convirtió en leyenda tras su sobresaliente actuación en la Copa América de 1916, conocida en ese entonces como Campeonato Sudamericano. Dicho honor también es compartido con su compañero Juan Delgado.
Su legado fue inmortalizado por el poeta peruano Juan Parra del Riego, quien compuso el “Polirritmo dinámico a Gradín, jugador de football”, simbolizando el encuentro entre el fútbol y la cultura vanguardista del momento.
Uruguayo o africano

Uno de los capítulos por los que Gradín pasó a la historia fue porque se convirtió en protagonista involuntario de una historia desarrollada en el partido entre su selección y la de Chile en el Campeonato Sudamericano de 1916.
El reclamo infundado del presidente de la Asociación Atlética y de Football de Chile tras el primer partido, acusando falsamente la presencia de jugadores ‘africanos’ en el equipo uruguayo, fue un acto marcado por el racismo, una sombra que no opacó el brillo de Gradín en el campo de juego. Prensa local de esa época, como el diario “El Día”, desestimó tales alegatos, defendiendo la uruguayidad de los jugadores cuestionados.
Y es que la poesía de Parra del Riego introdujo un elemento cultural adicional alrededor de la figura de Gradín, demostrando cómo el fútbol y el arte pueden entrelazarse para forjar mitos y leyendas.
‘Polirritmo dinámico a Gradín, jugador de football’
Palpitante y jubiloso
como el grito que se lanza de repente a un aviador
todo así claro y nervioso,
yo te canto, ¡oh jugador maravilloso!
que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo tambor.
Ágil
fino,
alado,
eléctrico,
repentino,
delicado,
fulminante,
yo te vi en la tarde olímpica jugar.
Mi alma estaba oscura y torpe de un secreto sollozante,
pero cuando rasgó el pito emocionante
y te vi correr... saltar...
Y fue el ¡hurra! y la explosión de camisetas
tras el loco volatín de la pelota,
y las oes y las zetas,
del primer fugaz encaje
de la aguja de colores de tu cuerpo en el paisaje,
otro nuevo corazón de proa ardiente,
cada vez menos despacio
se me puso a dar mil vueltas en el pecho de repente.
Y te vi Gradín,
bronce vivo de la múltiple actitud,
zigzagueante espadachín
del goalkeaper cazador
de ese pájaro violento
que le silba la pelota por el viento
y se va, regresa, y cruza con su eléctrico temblor
¡Flecha, víbora, campana, banderola!
¡Gradín, bala azul y verde! ¡Gradín, globo que se va!
Billarista de esa súbita y vibrante carambola
que se rompe en las cabezas y se enfila más allá...
y discóbolo volante,
pasas uno...
dos...
tres... cuatro...
siete jugadores...
La pelota hierve en ruido seco y sordo de metralla,
se revuelca una epilepsia de colores
y ya estás frente a la valla
con el pecho... el alma... el pie...
y es el tiro que en la tarde azul estalla
como un cálido balazo que se lleva la pelota hasta la red.
¡Palomares! ¡Palomares!
de los cálidos aplausos populares...
¡Gradín, trompo, émbolo, música, bisturí, tirabuzón!
(¡Yo vi tres mujeres de esas con caderas como altares
palpitar estremecidas de emoción!)
¡Gradín! róbale al relámpago de tu cuerpo incandescente
que hoy me ha roto en mil cometas de una loca elevación,
otra azul velocidad para mi frente
y otra mecha de colores que me vuele el corazón.
Tú que cuando vas llevando la pelota
nadie cree que así juegas;
todos creen que patinas,
y en tu baile vas haciendo líneas griegas
que te siguen dando vueltas con sus vagas serpentinas.
¡Pez acróbata que al ímpetu del ataque más violento
se escabulle, arquea, flota,
no lo ve nadie un momento,
pero como un submarino sale allá con la pelota... !
Y es entonces cuando suena la tribuna como el mar:
todos grítanle: ¡Gradín!, ¡Gradín!, ¡Gradín!
Y en el ronco oleaje negro que se quiere desbordar,
saltan pechos, vuelan brazos y hasta el fin
todos se hacen los coheteros
de una salva luminosa de sombreros
que se van hasta la luna a gritarle allá: ¡Gradín!, ¡Gradín!, ¡Gradín!
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