La democracia, el tiempo y la inteligencia artificial

¿Es posible que la democracia y el orden constitucional acelere sus propios tiempos para aproximarlos a la nueva temporalidad digital sin perder aquello que la define?

Reloj de arena con marco dorado sobre fondo azul oscuro; contiene un edificio blanco y arena que se convierte en flechas rojas al romper el vidrio.
(Imagen Ilustrativa Infobae)
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Alan Daitch, uno de los mejores divulgadores sociales sobre inteligencia artificial, contó en una reciente publicación en Instagram que, en sus charlas, suele preguntar por qué la gente grande está más entusiasmada que las personas jóvenes con la inteligencia artificial. Una persona mayor le expresó que había llegado a una conclusión: las personas más grandes son más conscientes de que tienen un tiempo de vida mucho más limitado, pero de repente apareció una herramienta que les permite acceder a tanta información, aprender y hacer un montón de cosas mucho más rápido, y esto les hace sentir que le ganan tiempo a la muerte.

En la historia de la humanidad, el tiempo ha sido uno de los grandes organizadores de la vida social, cultural y económica. Sin embargo, si bien su estructura física permanece inalterada, con el advenimiento de la era digital, la manera en que los seres humanos percibimos el tiempo cambió radicalmente. Esta transformación no se basa en una alteración objetiva del tiempo, sino en una mutación subjetiva de su vivencia.

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En la era analógica, el tiempo era percibido predominantemente como un flujo lineal y continuo. En cambio, la era digital lo fragmenta, acelera y superpone. Si bien este cambio se produjo con internet, las redes sociales, el big data, las aplicaciones y las primeras manifestaciones de la inteligencia artificial, desde noviembre de 2022, la aparición y evolución de la IA generativa, multimodal y agéntica produjo una aceleración radical de la experiencia subjetiva en relación con el tiempo.

La inteligencia artificial no solo transforma lo que los seres humanos podemos hacer, sino también el tiempo en el que esperamos que las cosas sucedan. Actividades que anteriormente demandaban horas, días o semanas hoy pueden realizarse en segundos o minutos. La búsqueda de información, la producción de conocimientos, la creación artística, la resolución de problemas y la ejecución de tareas complejas comienzan a desenvolverse dentro de una temporalidad que modifica nuestra relación con la espera, el esfuerzo y la satisfacción de nuestros deseos.

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La inteligencia artificial agéntica parece profundizar esta tendencia hasta alcanzar una dimensión cualitativamente distinta. Ya no se trata solamente de acelerar la circulación de información o la comunicación entre personas, sino de interactuar con sistemas capaces de elaborar respuestas, producir contenidos, formular alternativas y ejecutar determinadas acciones con grados variables de autonomía. La expectativa de inmediatez deja de estar asociada exclusivamente al acceso a la información y comienza a extenderse a la producción del conocimiento y a la realización de objetivos de vida.

¿Será esta nueva percepción y vivencia del tiempo uno de los factores ocultos del debilitamiento del sistema democrático y el orden constitucional tal como fue construido tomando como base el tiempo analógico?

El tiempo acelerado para darle más sentido a la vida hasta que la finitud nos atrape, o bien para alcanzar objetivos inmediatos de satisfacción dentro de nuestro plan de vida, quizás no se lleve muy bien con los tiempos de la democracia, la deliberación colectiva, la formación de consensos, la adopción de decisiones políticas y la resolución de los conflictos sociales. Estas instituciones y prácticas se desarrollaron históricamente dentro de una temporalidad en la que el debate, la espera, la confrontación de posiciones y la búsqueda de acuerdos formaban parte de la experiencia política de las sociedades. Hoy se encuentran sometidas a demandas de satisfacción cada vez más inmediatas, en las que muchas veces importa principalmente el resultado, sin prestar demasiada atención a los procesos mediante los cuales se obtiene.

La cuestión central no consiste en afirmar que la aceleración tecnológica provoca necesariamente el debilitamiento de la democracia. Esta siempre convivió con conflictos, urgencias, crisis y demandas sociales de respuestas rápidas. El problema actual podría radicar en que la inmediatez comienza a convertirse en una expectativa permanente y generalizada, frente a la cual cualquier procedimiento que requiera tiempo es percibido como una expresión de ineficiencia.

En este contexto, puede configurarse una creciente desincronización entre el tiempo subjetivo de las personas y el tiempo colectivo de la democracia. Este fenómeno permite identificar lo que podríamos denominar “desincronización constitucional”. Mientras la tecnología permite obtener respuestas cada vez más rápidas, las decisiones políticas continúan requiriendo debates, acuerdos, negociación entre intereses contrapuestos y aceptación de resultados que no siempre satisfacen las expectativas individuales.

La frustración que produce esa diferencia temporal puede erosionar la confianza social en las instituciones democráticas y el orden constitucional. No necesariamente porque hayan dejado de cumplir sus funciones, sino porque las personas comienzan a exigirles una velocidad de respuesta incompatible con la complejidad de los problemas que deben resolver.

De esta manera, la aceleración tecnológica podría estar modificando los propios criterios sociales de legitimación del poder político. La capacidad de obtener resultados inmediatos comienza a adquirir mayor importancia que la discusión sobre los medios utilizados para alcanzarlos. La rapidez deja de ser una característica deseable de la acción política y corre el riesgo de convertirse en su principal justificación.

En una sociedad habituada a respuestas instantáneas, los liderazgos políticos que prometen decisiones rápidas, soluciones definitivas y eliminación de obstáculos pueden encontrar un terreno especialmente favorable. La deliberación aparece como una pérdida de tiempo, el desacuerdo, como una dificultad que debe ser eliminada y la búsqueda de consensos como una manifestación de debilidad.

La herramienta que permite a una persona mayor sentir que le gana tiempo a la muerte también puede contribuir a que una sociedad pierda la paciencia necesaria para sostener la democracia y la Constitución.

Sin embargo, esta transformación también obliga a formular una pregunta complementaria: ¿es posible que la democracia y el orden constitucional acelere sus propios tiempos para aproximarlos a la nueva temporalidad digital sin perder aquello que la define? Quizás el desafío no radica en que las sociedades recuperen la paciencia necesaria para sostener las instituciones democráticas en un tiempo que se fue, sino fundamentalmente en que estas sean capaces de transformar sus modalidades de funcionamiento para responder a las expectativas temporales que produce la inteligencia artificial en esta nueva era.