La Libertad Avanza tiene un ADN transformador, de hacer borrón y cuenta nueva, un punto y aparte como expresó en su campaña, ir contra lo hecho porque no dio los resultados deseados. Digamos que llegó para cambiar, romper estructuras, desafiar consensos y modificar reglas que considera equivocadas. Milei no construyó su liderazgo prometiendo administrar mejor lo existente, lo hizo prometiendo romper. Ese espíritu explica buena parte de su potencia política.
Pero gobernar y, sobre todo, ganar elecciones exige otra lógica. Hacer política. Eso implica articular, negociar, construir mayorías, escuchar aliados y elegir los momentos. También armar territorialmente, conseguir candidatos y negociar con gobernadores; además cuidar posibles socios e interpretar a la sociedad. Pero fundamentalmente, evitar conflictos que no son necesarios.
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Ahí aparece la tensión.
Por un lado está el espíritu libertario, que empuja a avanzar porque considera que determinadas transformaciones deben hacerse. Que los votaron para eso. Y, por el otro está la estrategia electoral, que obliga a preguntarse algo diferente: ¿conviene hacerlo ahora?, ¿es prioritario?, ¿tenemos los votos?, ¿podemos explicarlo?, ¿qué costo tiene?, ¿qué ganamos políticamente?
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La discusión por la Ley de Tierras fue probablemente uno de los mejores ejemplos. El Gobierno avanzó con una iniciativa que podía responder a su concepción ideológica, pero lo hizo de manera políticamente torpe: fuera de contexto, lejos de las preocupaciones ciudadanas, sin timing, sin una estrategia argumental clara y sin voceros capaces de defenderla.
No era el momento. y perdió la batalla narrativa.
Una propuesta puede ser consistente con las propias ideas y, al mismo tiempo, ser inconveniente desde la estrategia. Tener razón dentro del propio sistema de creencias no significa necesariamente un acierto en el momento, en la forma y frente a la sociedad.
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En la nueva era política, el contexto manda. La velocidad de la conversación pública obliga a interpretar permanentemente qué preocupa, qué moviliza y qué está dispuesto a escuchar el ciudadano. La política contemporánea no solamente requiere saber qué se quiere transformar. Exige comprender cuándo, cómo, con quién y para qué hacerlo. Sobre todo, establecer prioridades.
El gobierno termina entrando en problemas que podría evitar. Gasta energía, abre triunfos para sus adversarios y termina sufriendo derrotas innecesarias. Los desgasta sin sentido, lo saca de eje y lo expone a su propia interna.
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Ese es el verdadero riesgo. No todas las batallas ideológicamente correctas son estratégicamente inteligentes.
Milei llega además a esta etapa con una enorme confianza en su propio método. Haber llegado a la Presidencia y el triunfo de octubre reforzaron la idea de que desafiar las reglas funciona. Es comprensible. Ganar genera confianza; ganar dos veces genera convicción. Pero la confianza también puede producir un problema estratégico: creer que aquello que permitió llegar necesariamente sirve para permanecer.
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La campaña necesita diferenciación. El Gobierno necesita resultados. La revolución necesita velocidad. La política necesita tiempos. La identidad exige convicciones. La estrategia exige seleccionar las batallas.
No se trata de abandonar el ADN libertario. Si lo hiciera, Milei perdería una parte central de aquello que lo volvió diferente. Se trata de comprender que transformar también requiere construir las condiciones para poder hacerlo.
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Porque para cambiar mucho hay que acumular poder. Y para acumular poder, a veces, hay que saber qué pelea dar y sobre todo cuándo y con quiénes.
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