Terminó un vertiginoso y turbulento 2025 para el gobierno de Javier Milei. Un año que tras la prolongada “luna de miel” de 2024 vio a un oficialismo que pasó de coquetear con el abismo y apelar a dos providenciales salvatajes financieros en el lapso de apenas un semestre, a ganar con contundencia las elecciones de medio término y robustecerse políticamente.
Como en una montaña rusa, la zozobra producto de una derrota en las elecciones bonaerenses que parecía condenar al Gobierno a una caída en espiral, no solo se disipó tras la asistencia del Tesoro de los Estados Unidos sino que transmutó en euforia tras el resultado del 26 de octubre. Toda una postal de esta Argentina en los vertiginosos tiempos libertarios: del fracaso al éxito; de las promesas de autocrítica a la vuelta de la desmesura; del giro moderado al retorno de la “batalla cultural”; del riesgo de gobernabilidad a la reelección. Todo sin matices y a una velocidad inusitada.
En este marco, el 2026 comienza con un escenario que para el oficialismo luce políticamente aún más favorable que el que encontró al llegar al poder en 2023. Las encuestas han vuelto a sonreírle a Milei y su gobierno tras la caída del tercer trimestre de 2025, el peronismo atraviesa una de las peores crisis desde la recuperación democrática, la oposición oscila entre la intrascendencia o la integración a las filas libertarias, el oficialismo vuelve a hegemonizar la agenda y se robustece en un Congreso que ya no solo no tendrá posibilidad de sortear los vetos sino que probablemente termine por avalar una ambiciosa agenda de reformas estructurales.
Sin embargo, más allá de los triunfalismos y las habituales actitudes auto celebratorias del presidente, y aún ante un escenario que luce muy favorable en lo político, el Gobierno tendrá que enfrentar en los próximos meses grandes desafíos en lo económico y en lo social. Obligado a recalibrar el sistema de flotación del tipo de cambio y anunciar un plan de compra sostenida de reservas, Milei no solo sigue sin despejar algunas grandes incógnitas respecto a la sostenibilidad del programa económico sino sin abordar una agenda concreta para la economía real.
Desde la perspectiva macroeconómica, el gobierno terminó el año con una inflación de alrededor del 30% anual, superávit fiscal y un dólar relativamente estable, aunque tendrá varios desafíos que enfrentar en lo que respecta a los inminentes vencimientos de deuda, la capacidad para generar divisas genuinas para impulsar el crecimiento, o la sostenibilidad del ancla cambiaria como herramienta de control inflacionario.
El problema, en este plano, es cada vez más evidente: la insuficiencia de dólares para cubrir la alta demanda de la divisa, lo que torna cada vez más complejo sostener el ancla cambiaria sin presionar las tasas al mismo tiempo que comprar dólares para engrosar las reservas. El único proveedor genuino de dólares, es decir el campo, no alcanza, por lo que el gobierno ha venido recurriendo de manera sistemática a ofertas transitorias de dólares para controlar el tipo de cambio, como el blanqueo, el carry trade, los US$20 mil millones del FMI, la baja transitoria de retenciones o la intervención del Tesoro de Estados Unidos. Todos parches coyunturales y medidas artificiales para aumentar una oferta de dólares que no alcanza a cubrir la demanda.
Agotadas estas soluciones transitorias, el Gobierno parece depender cada vez más de que aumente significativamente una inversión extranjera directa que, pese al relativo entusiasmo en los mercados financieros, no llega. Una inversión que, por otra parte, probablemente se concentre mayoritariamente en minería y energía, que no solo son sectores de maduración lenta, sino de poca mano de obra intensiva.
Por ello, desde la perspectiva de la economía real el panorama luce cada vez más complejo a la luz de una recuperación económica lenta que no satisface las expectativas, y que no solo se avizora como acotada sino sectorialmente desigual. Teniendo en cuenta que los sectores que podrían verse beneficiados, como el agro, la minería, la energía o la intermediación financiera tienen un escaso impacto en la generación de empleo formal en los centros urbanos, difícilmente pueda pensarse en un crecimiento que impacte positivamente en un poder adquisitivo y un consumo ya muy golpeados.
Y si a ello le sumamos la destrucción del entramado productivo, fundamentalmente en lo que respecta a las industrias, Pymes, y otras actividades que producen para el mercado interno, así como nuevos aumentos de tarifas y recortes en subsidios para sostener el equilibrio fiscal, el horizonte se presenta mucho más gris que lo que pareciera indicar el entusiasmo oficialista o la nueva realidad política que en las últimas semanas empezó a materializarse en el Congreso.
Así las cosas, Argentina comienza a desandar un 2026 marcado por los desacoples, tanto entre el optimismo de los mercados y las perspectivas de la economía real, como entre lo político y lo económico-social.
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