
Javier Milei reconoció en el debate que, muchas veces en su vida, fracasó. Y con eso, ganó. ¿Quién no fracasó alguna vez, o no se sintió fracasado? A veces los que nos dedicamos a la política nos olvidamos que todos miramos el mundo desde nuestras cicatrices.
La reflexión que nos tiene que ocupar como Humanidad es: “¿solo en el dolor se encuentra la lección aprender?”, reflexiona un dirigente peronista al intentar proyectar un futuro incierto.
Lo más difícil para cualquier humano es ser uno mismo. Es más fácil ser otro, o vivir detrás de otro. Y la vida —al final— es eso: pedazos de tiempo, escenas. En cada escena hay una pregunta que define todo: ¿te elegís o te escondés?
Esa pregunta es íntima. Pero también es política.
Cuando una persona no sabe responder quién es, aparece la tentación de siempre: que alguien lo responda por ella. Ahí nacen los relatos totalizantes, las identidades prestadas, la necesidad de pertenecer rápido, sin matices. Detrás de ese impulso operan dos heridas que explican mucho de lo que vemos en el mundo y, también, en la Argentina: rechazo y abandono.
El rechazo es el miedo a mostrar lo que sos y que no alcance. Entonces te editás: te volvés más duro, más irónico, más correcto, más “controlado”. El abandono, en cambio, es la sospecha de que, si te apoyás, te dejan. Entonces no pedís, no esperás, no necesitás. Suena a libertad, pero muchas veces es supervivencia.
En ese terreno aparece una figura rentable: el líder egomaniático. No como diagnóstico, sino como estilo de época. La egomanía política convierte el “mírenme” en programa: exige centralidad permanente, transforma la gestión en puesta en escena y se alimenta de una fuente básica -y explosiva-. La humillación social.
Funciona porque promete algo parecido al amor: pertenencia inmediata. “Yo soy vos”, “yo digo lo que vos no podés decir”, “yo te vengo a vengar”. Y una sociedad cansada de sentirse rechazada o abandonada compra esa promesa. El precio es alto: te pide esconderte detrás de alguien; te exige que la duda sea traición, que el otro sea amenaza, que la política sea una guerra cultural eterna.
En la Argentina, esto se potencia por una experiencia repetida: crisis, promesas rotas, reglas que cambian, futuro que se posterga. La herida del abandono toma forma concreta. Y la del rechazo también: el desprecio, el “no te da”, el “vos no entendés”, el “no estás a la altura”, el “no sos suficiente”. En ese caldo, la política deja de ser contrato y se vuelve revancha.
Pero hay una verdad incómoda: no hay egomanía arriba si no hay deseo de delegar el yo abajo. La política del ego se sostiene cuando nos rendimos ante la pregunta “¿quién soy?” y preferimos que alguien la grite por nosotros.
Entonces, ¿qué hacer?
Volver a lo más simple y más difícil: elegirse. En lo personal, no negociar dignidad por pertenencia. En lo colectivo, no confundir liderazgo con mesianismo, intensidad con verdad, enemigo con adversario. Porque, puertas adentro, eso —tarde o temprano— siempre se pone a prueba. La relación entre el adversario, la sociedad y el poder.
Porque ya sabemos cómo termina cuando nos escondemos: en cinismo, en ausencia, en un país que se acostumbra a no creer. Lo único que cambia la historia es la presencia con autenticidad.
Y la pregunta, siempre, vuelve: ¿te elegís o te escondés? ¿Dónde depositas la esperanza? ¿Cuál es tu reliquia?
“Yo sé cómo termina la película. Se trata de amor”, dijo Peter Schneider (interpretado por Jim Broadbent), el mentor/director que “descubrió” a Jay Kelly.
En definitiva, todo el resto se desvanece con la muerte.
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