
Diosdado Cabello habla con voz quebrada mientras Nicolás Maduro ríe, baila y aparece empuñando la espada de Bolívar junto a un caballo, en una puesta en escena que busca juramentos y espectáculo. Ambas imágenes dicen lo mismo.
El régimen que lleva más de dos décadas destruyendo a Venezuela ya no puede ocultar el final que se acerca. Cuando el poder necesita fabricar épica para sobrevivir es porque perdió el control de la realidad. Es la reacción desesperada de un modelo agotado.

La comunidad internacional finalmente dejó de mirar hacia otro lado. Estados Unidos reconoció lo que en Venezuela se sabe desde hace años. La cúpula que gobierna el país es una narcodictadura sostenida sobre el crimen, el miedo y la represión. Ese reconocimiento no es un gesto diplomático ni un comunicado más. Es un quiebre en el aislamiento del régimen.
Mientras tanto, millones de venezolanos siguen resistiendo en silencio. Los que se quedaron, sin agua, sin luz, sin gasolina, sin hospitales y con uno de los sueldos más bajos del mundo. Los que viven con cortes eléctricos eternos, con escuelas cerradas y con precios que suben todas las semanas. Familias separadas por la necesidad y no por elección. La vida cotidiana se volvió una lucha sin derechos y sin Estado que los proteja.

Y los que se fueron, casi nueve millones de venezolanos que migraron del país, muchos de ellos cruzando fronteras a pie para sobrevivir. Los que dejaron a sus hijos, los que partieron para salvarse del hambre y de la persecución. La diáspora venezolana no se fue por convicciones partidarias ni por ideología. Se fue porque quedarse significaba no poder vivir.
Por eso este no es un momento cualquiera. Es una señal histórica. El mundo empieza a llamar las cosas por su nombre. La región comienza a entender que Venezuela no es un conflicto lejano ni un asunto interno. Es una urgencia humanitaria, democrática y moral.

Y también es una advertencia para los que acompañaron, justificaron o se beneficiaron del régimen. En Argentina quedó claro que algunos aliados dejaron de festejar. Ya no bailan porque están presos. La caída de un modelo autoritario nunca ocurre sola. Arrastra a quienes la apoyaron y a quienes hicieron negocios con su impunidad.
Los venezolanos no piden privilegios. Piden libertad. Ese derecho está cada día más cerca. No porque la narcodictadura quiera cederlo, sino porque ya no puede sostenerse. Veintisiete años de dictadura están llegando a su final. Y con ellos también caerán sus cómplices regionales, sus intereses y sus negocios. Se acerca el final. Venezuela será libre.
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