
El 19 de agosto de 2025 se cumplen cincuenta años de la muerte del coronel Argentino del Valle Larrabure, Siervo de Dios, secuestrado y asesinado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en plena vigencia de la democracia. En un país con apenas un 4% de pobreza y un sueño colectivo de desarrollo, su martirio ocurrió en un contexto de creciente violencia: entre 1974 y 1975, la Argentina sufrió un promedio de 6 a 8 hechos terroristas diarios —atentados, secuestros, copamientos y explosiones— sin que las Fuerzas Armadas fueran empeñadas hasta entonces, aunque ellas mismas fueran blanco de ataques y asesinatos.
Larrabure fue secuestrado, en el marco de la denominada Guerra Revolucionaria, el 12 de agosto de 1974, en un ataque a la Fábrica Militar de Villa María, Córdoba, perpetrado por la Compañía de Combate Urbano “Decididos de Córdoba” del Ejército Revolucionario del Pueblo. Permaneció cautivo 372 días en una “cárcel del pueblo”: un pozo de dos por un metro, sin luz natural, con aire insuficiente impulsado por caños de apenas dos centímetros. Asmático, perdió más de 48 kilos, sufrió torturas, fractura de cráneo, extracción de uñas, dopaje inhabilitante y finalmente la muerte por estrangulamiento forzado. Su cuerpo fue abandonado el 23 de agosto de 1975 en una zanja de Rosario.
Su cautiverio y su final trágico impactaron a la sociedad, que seguía el caso como el “martirio de Larrabure”. Pero lo que aún hoy interpela es el mensaje que dejó: perdonar por anticipado a sus verdugos, pedir a sus hijos que no odiaran y que, si fuera necesario, pusieran la otra mejilla; instar al Ejército a mantener en alto la bandera; y convocar a todos los argentinos —dirigentes y dirigidos— a que la sangre inútilmente derramada conmueva a la reflexión y permita construir un destino propio, sin importar modelos ideológicos o formas de vida ajenas a nuestra identidad.
Ni los grupos armados de entonces, ni la dirigencia política de aquellos años, ni las Fuerzas Armadas, ni la Justicia de la democracia recuperada, ni la dirigencia y Justicia actual comprendieron plenamente su legado.
Aquella guerra revolucionaria se produjo bajo una anomia legal, pero la Justicia limitó los juicios al período posterior al 24 de marzo de 1976, omitiendo las responsabilidades y acciones terroristas previas. Las leyes de obediencia debida y punto final parecieron abrir una puerta a la reconciliación, pero a partir de 2003 el clima político y judicial volvió a cerrarla, dejando morir en prisión a quienes combatieron en aquellos años.
El mensaje de Larrabure no es del pasado: es un llamado vigente a la convivencia, al perdón y a la unidad nacional. En un país con talento y capacidad reconocidos en el mundo, pero sin un verdadero espíritu de equipo, su palabra es una guía para dirigentes y ciudadanos por igual.
Tras dialogar con sus pares, el obispo castrense puso en marcha el proceso de canonización, próximo a finalizar la etapa inicial, en breve se presentará en Roma. La Iglesia nos señala a los santos mártires como modelos de vida y fe.
Escuchar hoy a Larrabure sería un paso decisivo para superar las grietas que desde hace décadas condenan a la Argentina a la decadencia.
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