
En 2021 tuve la posibilidad de conocer al papa Francisco en el marco de Fratelli Tutti, una escuela de formación política global que él fundó para refundar la política desde los márgenes. Él mismo dio la clase inaugural en el Vaticano. Nos habló de migraciones, de crisis climática, de política, de humanidad.
Al final, frente a jóvenes de distintas partes del mundo, cerró con su habitual “recen por mí”. Pero, como si supiera que no todos los que estábamos ahí éramos religiosos, se detuvo un segundo agregó: “Y si no creen… tírenme buenas energías”.
Ese momento se me quedó tatuado. No fue solo la frase. Fue la manera. El guiño. El gesto de alguien que no se sentía por encima del prójimo, sino al lado.
Soy judío. No soy particularmente creyente. Y, sin embargo, la noticia de su muerte me sacudió hasta lo más profundo. Porque el Papa no fue solo un líder espiritual. Fue, quizás, la voz más clara y valiente que tuvo el siglo XXI para hablar del ambiente como una cuestión de justicia.
Una generación marcada por su voz
Francisco nos habló como nadie más. A millones de jóvenes en todo el mundo -creyentes y no creyentes, católicos, judíos, musulmanes, agnósticos o espirituales sin etiqueta- nos dio palabras y un marco ético para entender lo que ya intuíamos: que la crisis climática no es solo una emergencia ecológica, sino una injusticia social, un dilema político y una crisis moral.
Mientras muchos líderes se escondían detrás de tecnicismos o evitaban incomodar intereses económicos, Francisco puso el cuerpo. Nos habló del colapso ambiental en primera persona, vinculándolo con el descarte, el padecimiento de los pobres, con la avaricia del consumo y con un sistema económico que devora a las personas y al planeta.
Para nuestra generación, su voz fue una brújula. No porque lo dijo un Papa, sino porque lo dijo con coraje, con claridad y sin eufemismos. Y porque lo dijo con ternura. Una ternura que no pedía permiso, pero abría puertas. Política en su forma más humana.
Tres actos que lo convirtieron en referente de la justicia climática
- Laudato Si’: su encíclica de 2015 fue el primer documento papal que abordó de forma integral el deterioro ambiental, el cambio climático y sus vínculos con la pobreza. Fue mucho más que un texto religioso, fue un manifiesto político, ético y cultural. “Todo está conectado” no fue solo una frase, fue un cambio de paradigma impulsado desde una de las instituciones más antiguas del mundo.
- El impulso a la desinversión en fósiles: inspiradas por Laudato Si’, más de 570 instituciones religiosas en todo el mundo -universidades, diócesis, congregaciones- se comprometieron a desinvertir en combustibles fósiles. Más de 3 billones de dólares fueron retirados del negocio del colapso climático. Ningún otro sector impulsó una desinversión tan masiva.
- Rompió con la falsa dicotomía entre Ambiente y Desarrollo: Francisco denunció que la transición ecológica no puede implicar frenar el crecimiento ni dejar atrás al Sur Global. Defendió un modelo de desarrollo basado en el trabajo digno, la soberanía y la inclusión. Propuso una economía que no descarte ni a la naturaleza ni a las personas, y reclamó una “reconfiguración integral de los sistemas productivos”, especialmente en América Latina y África.
El futuro que nos deja
El papa Francisco ya no está. Pero nos queda su ternura. Una ternura sin ingenuidad, que entendía que cuidar la Casa Común empieza por cómo miramos al otro.
Nos queda su voz, su ejemplo y, sobre todo, la certeza de que, frente al cinismo y la indiferencia del mundo, se puede hablar con verdad y actuar con coherencia.
Su legado no se hereda. Se milita. Se cultiva. Se cuida.
Una lucha que no exige fe, pero sí compromiso con la vida. Una lucha que haga lío. Y si no creemos, al menos sepamos tirar buenas energías. Y seguir caminando.
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