
El discurso de odio se convirtió, con el correr de los años, en una sombra persistente que amenaza los valores de convivencia y respeto mutuo que deberían ser la base de todas las sociedades del mundo. En la actualidad, uno de sus aspectos más preocupantes es su uso por parte de la dirigencia política: en lugar de liderar con el ejemplo y promover la unidad, referentes de distintas facciones políticas eligen emplear retóricas que exacerban las divisiones, tanto al interior de los Estados como en materia de política exterior.
El uso del odio como herramienta política ya no distingue países o regiones y sus consecuencias son devastadoras para la cohesión social y el desarrollo sostenible de las naciones. Si de algo estamos seguros, y la Historia se ha encargado de comprobarlo, es de que cuando los gobernantes usan su poder para fomentar el odio y deshumanizar a quienes forman parte de la oposición, se activan una serie de tensiones que se vuelven catalizadoras de actos de violencia.
Justamente, los gobiernos deberían tener el rol de desescalar aquellos discursos de odio y de ninguna manera fomentarlos ni celebrarlos, como solemos ver con frecuencia.
En La fuerza de la no violencia, la filósofa Judith Butler amplió esta idea: “Si se califica de violenta una manifestación en defensa de la libertad de expresión, que precisamente ejerce esa libertad, solo puede ser porque el poder que hace ese uso indebido del lenguaje procura de ese modo asegurar su propio monopolio sobre la violencia al difamar a la oposición, justificar el uso de la policía, el ejército o las fuerzas de la seguridad contra aquellos que buscan ejercer y defender así la libertad”. De esta manera, la autora propone una perspectiva que complejiza el debate actual en torno a la utilización de la comunicación para avalar discursivamente el uso de todo tipo de violencia.
En este contexto, se vuelve fundamental repensar el accionar social desde términos educativos. Porque son la divulgación y la educación, sin dudas, caminos e instrumentos efectivos y seguros para deconstruir discursos de odio y lograr generar una conciencia de humanidad basada en el respeto por el otro. Rastrear los modos en que el odio se reproduce a diario o analizar qué intereses hay detrás de la celebración y el goce ante la violencia, son formas igualmente válidas para aportar a revertir esta situación.
Por eso, es vital que todas las personas, y en especial quienes nos dedicamos a la educación, producción y circulación de información, asumamos la responsabilidad de combatir y exponer estas prácticas violentas. Las palabras pueden unir a los pueblos o levantar barreras terribles. No podemos permitir que la indiferencia ante la violencia se convierta en la norma. En este Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, comprometámonos a ser agentes de cambio, a utilizar nuestras redes para promover la paz y a compartir conocimientos sobre cómo enfrentar este desafío que afecta al mundo.
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