
El 10 de diciembre próximo parece aún estar demasiado lejos. El gobierno ha entendido –a pesar de los permanentes intentos inútiles del kirchnerismo de despegarse de la gestión de gobierno– que la única chance de realizar una elección digna es que la fragilidad económica no se transforme en una tragedia.
El gran desorden general –resultado de una gestión de gobierno que no ha escatimado en desaciertos– se ha traducido en graves problemas económicos y sociales que se encuentran en cada rincón de la Argentina.
El encierro del año 2020 –que se prolongó durante 2021–, la no creencia del Presidente de la Nación en los planes económicos y una emisión monetaria descontrolada por aquellos tiempos dieron el puntapié inicial de un sinfín de equivocaciones que transportaron al país en un gran barco a la deriva.
Todo pende de un hilo. El FMI parece haberse conformado con nuestra promesa de pago de 2.700 millones de dólares –la que supuestamente efectivizará el Ministerio de Economía a fin de mes– a pesar de que dicho vencimiento operó días atrás. La inflación a base de controles, regulaciones, prohibiciones e intervenciones de todo tipo parece estar estabilizándose en niveles estratosféricos pero que para respiro del gobierno, ya nos hemos acostumbrado a observar mes tras mes: el objetivo solo es a esta altura que el alza de precios no se espiralice en niveles incontrolables y de otros tiempos. Nadie parece estar dispuesto a hacer absolutamente nada para combatir seriamente el problema inflacionario: todos los esfuerzos estarán abocados en intentar todo lo que esté al alcance para que el aumento de precios no se descontrole más de lo que ya está.
Las reservas parecen haberse evaporado por impericia y necedad. El comercio internacional se cae a pedazos entre la sequía y las dificultades para exportar. La deuda con los importadores se acumular y serán miles de millones de dólares los que deberá saldar el próximo gobierno. La economía parece frenarse inmersa en faltante de materias primas, insumos y demás dificultades para producir. Al gobierno solo le resta aportar a que el cambio de expectativas reactive algún sector que hoy se encuentra esperando que la locura termine.
Las deudas no son solo con el FMI. El riesgo país en niveles astronómicos indica que Argentina tendrá ya no solo un problema para conseguir “fondos frescos”, sino que implica también que en breve el país podrá entrar en una cesación de pagos. La deuda en pesos también se encuentra fuera de control: mientras en otras épocas se estafaba al ahorrista licuando la deuda con una devaluación, el gobierno se ha encargado de endeudarse –al menos en las ultimas licitaciones de deuda- en moneda local pero indexada, por lo solucionar el problema de la deuda pública será un desafío extremo para el próximo gobierno.
Por último, el BCRA. Alberto Fernández asumió el 10 de siciembre de 2019 con un stock de pasivos remunerados (Leliqs, Pases, etc.) cercano al billón de pesos (un millón de millones). Hoy ese número lo ha multiplicado por 15 y la emisión diaria solo por intereses de esos instrumentos se ubica en torno a los 39.000 millones de pesos (algo así como 450.000 pesos por segundo). Esto destruye definitivamente el valor de la moneda y transforma al Banco Central en la más perfecta bomba inflacionaria.
El gobierno hoy se conforma con que nada demasiado determinante ocurra, o al menos que la degradación ante el escenario actual de aquí a las elecciones sea lo más lenta y digerible posible. En un período electoral donde hasta aquí las propias internas partidarias han sido las únicas estrellas y un futuro con más dudas que certezas donde prima la preocupación y la incertidumbre, los deseos del Gobierno de que nada pase parecen simplemente una utopía que jamás ocurrirá.
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