
Ante la total ausencia de Estado, espontáneamente la sociedad toma las cosas en sus manos y se produce el regreso al estado de naturaleza.
Thomas Hobbes describía la situación previa a la concertación del contrato social, que él empieza describiendo como un Leviatán, como “estado de naturaleza”. En él, el hombre funciona como lobo del hombre, se impone la ley del más fuerte y la utilización de la violencia como manera para imponer los puntos de vista.
Luego es John Locke quien, a posteriori de la revolución inglesa, describe con precisión el contrato social y Jean Jacques Rousseau, el que lo completa. Ambos coinciden. Puede haber un momento en que el contrato se rompa, sea porque el mandatario se vuelve contra los mandantes o porque, simplemente, no cumple las funciones que le fueron encomendadas.
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Los pensadores revolucionarios de América aplicaron esa doctrina para justificar las Juntas de gobierno (la Primera Junta en el Río de la Plata) ante la ausencia de Fernando VII por la invasión Napoleónica: el poder vuelve al pueblo, escribía Mariano Moreno en La Gazeta de Buenos Aires. Es la retroversión de soberanía que se produce como consecuencia de la vacatio regis, el poder vacante.
Esta claro que cuando defecciona el mandatario ese fenómeno se produce espontáneamente, y las masas no tienen otra forma de reacción que la violencia, desorganizada, incontenible, irracional.

El contrato social es una cesión de parcial de derechos individuales para que una entidad superior que nos representa a todos, los regule y organice, con la excepción del monopolio de la violencia legítima, del que se produce una cesión total a ese ente regulador que es el Estado.
Pero ¿qué pasa cuando el Estado-mandatario no cumple ninguno de los roles delegados? El estado no provee seguridad, servicio de Justicia, regulación adecuada del derecho de propiedad, seguridad económica, educación, salud. En nuestro país, el Estado abandonó sus funciones, se profugó, desapareció. No existe otra consecuencia posible que la anomia y por ende, la reversión de la soberanía cedida.
Tal fenómeno tiene consecuencias complejas de conjurar. ¿La seguridad la proveerán los conductores de colectivos a las piñas? No es posible. Si los vecinos se arman para protegerse, ¿Cuánto tardarán en enfrentarse a los tiros con otros vecinos de otras barriadas?
Por ahora enfrentamos espasmos, hechos puntuales. Una persona que se defiende con su propia arma a un asalto, un grupo social que ataca a un ministro de seguridad por no protegerlos, otro que saquea la casa de un narcotraficante.
Estamos a tiempo y tenemos la oportunidad a la vuelta de la esquina. La ventura nos puso por delante un proceso electoral, la máxima expresión de la soberanía conjunta del pueblo. Pero ya no hay margen para elegir mal, para experiencias estrambóticas, necesitamos un período de orden y paz, y un estado que se haga cargo de su rol, antes de que el regreso al estado de naturaleza sea irreversible.
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