
En los últimos días, las relaciones entre los Estados Unidos y el Reino de Arabia Saudita experimentaron turbulencias en su histórica alianza a partir de la decisión de la OPEP+ de recortar la producción de petróleo en dos millones de barriles diarios con el objeto de elevar los precios del crudo.
La medida impulsada por los saudíes resulta contraria a los intereses norteamericanos toda vez que muy posiblemente impactará en los precios de los combustibles en un contexto de elevada inflación. Los hechos tienen especial relevancia cuando en pocos días la Administración Biden enfrentará su primera prueba electoral después de casi dos años en el poder. El martes 8 de noviembre, se elegirán la totalidad de los miembros de la Cámara de Representantres, un tercio del Senado y una cantidad relevante de gobernaciones, incluyendo las de los estados clave de California, Florida, Nueva York y Texas.
Alarmados, varios candidatos demócratas advirtieron que el malestar popular por el aumento del costo de vida y las dificultades de la vida diaria podría tener consecuencias decisivas en la conformación de las cámaras. Al punto que varias espadas en el Congreso reclamaron congelar la venta de armas a Arabia Saudita en represalia por su decisión de restringir su producción y disparar un inconveniente aumento del precio del petróleo.
Indignado, Biden advirtió a los saudíes que enfrentarán consecuencias en el marco de la lucha que el mundo libra contra los elevados precios de la energía a partir de la guerra en Ucrania. La decisión adoptada por la OPEC+ -que incluye a Rusia- implica un menoscabo indudable a los intereses de las potencias occidentales para limitar el precio del crudo y por lo tanto reducir los ingresos de Moscú por la exportación de sus commodities energéticos.
Pero mientras las autoridades sauditas aseguraron que el recorte de producción no fue decidido con miras a un aumento de los precios sino con la meta de “estabilizar los mercados”, voceros de la Casa Blanca adelantaron que buscarán “revisar” su relación con los saudíes.
Un vínculo crucial que tiene un punto de partida a finales de la Segunda Guerra Mundial. Más precisamente a partir del entendimiento forjado por Franklin Delano Roosevelt con el rey Abdulaziz ibn Abdul Rahman Al Saud en ocasión de su encuentro en el USS Quincy el 14 de febrero de 1945, al regreso de FDR de la conferencia de Yalta. Cuando se selló una suerte de matrimonio de conveniencia en el que los saudíes se comprometieron a garantizar el abastecimiento energético norteamericano a cambio de su garantía de seguridad.
Si bien los EEUU son el mayor productor de petróleo del mundo gracias a haber conseguido el autoabastecimiento hace alrededor de una década, Arabia Saudita sigue siendo el mayor exportador a escala mundial.
La interrelación entre el precio del petróleo y la geopolítica mantiene una importancia decisiva en el devenir de las relaciones de poder en el sistema global. Al punto de determinar condiciones objetivas en el plano material virtualmente capaces de engendrar acontecimientos de carácter histórico. Memoriosos recordarán cuando en 1985, la Administración Reagan y el rey Fahd acordaron expandir la producción de petróleo para provocar una drástica caída del precio del crudo dañando las finanzas del Kremlin y acelerando el agobio imperial que terminaría implosionando a la Unión Soviética un lustro más tarde.
Pero de acuerdo con especialistas propios y ajenos, las posibilidades reales de recalibrar la relación chocan con los límites de lo posible. Toda vez que el Reino no es sino un actor fundamental en la siempre compleja región de Medio Oriente. En la que una serie de conflictos superpuestos se reproducen, acaso sin solución de continuidad. En el que quizás el más relevante es aquel que enfrenta ancestralmente a sunnitas y chiítas. Y que en las presentes circunstancias históricas se sustancia en la lucha por la hegemonía regional protagonizada por el Reino de Arabia Saudita y la República Islámica de Irán.
Es en el marco de esa realidad en que el margen de maniobra de Biden parece reducido a un desfiladero angosto. Al punto que los límites de esas posibilidades ya fueron marcados el verano pasado, cuando archivando algunas promesas de campaña se vio obligado a realizar una gira a Arabia Saudita. Un desplazamiento que implicó abandonar su proclamada vocación de promover los Derechos Humanos. Un punto irritante a partir de la acusación que pesa sobre el príncipe heredero y gobernante de hecho del Reino, Mohammed bin Salman (MBS), por su presunta responsabilidad en la muerte del periodista Jamal Khashoggi en el consulado en Estambul en 2018.
Eternos lectores de la realidad política norteamericana, los saudíes no pudieron desconocer que su reciente decisión en el marco de la OPEP necesariamente implicaría un deterioro en la posición política de Biden en medio del proceso electoral. Y que al tomar ese curso de acción, MBS había optado por fortalecer su vínculo con Vladimir Putin por sobre el deseo del jefe de la Casa Blanca.
Un agudo observador indicó desde Tel Aviv que, en definitiva, Biden es visto por todos los actores de Medio Oriente como un líder débil con escasas chances de mantenerse en el poder después de 2025 y que dicha percepción incluso es compartida por la dirigencia de otro aliado en la región como el Estado de Israel.
Así las cosas, MBS parece haberse podido dar el lujo de contradecir la postura de nada menos que la primera superpotencia global. Acaso como consecuencia del hecho de que a pesar de su descalificación como “paria” del sistema internacional por parte del entonces candidato Biden, hoy parece sentirse suficientemente fortalecido como para desafiar los intereses de Washington.
En un mundo cada vez más pequeño, en el que los formidables avances tecnológicos parecen determinar la victoria del tiempo sobre el espacio. Mientras imponen un grado de interrelación al que ni siquiera la Nación más poderosa de la Tierra puede escapar.
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