
El gobierno parece no dimensionar la fragilidad que acompaña a la realidad de la República Argentina.
La magia no existe, o al menos no la magia propia del relato kirchnerista. Si en algún momento la épica populista tuvo cierto grado de aceptación y ha perdurado algún tiempo, ha sido simplemente porque se contó con la disponibilidad de recursos que hoy ya no están, necesarios éstos para que haya podido subsistir el esquema propuesto por el kirchnerismo a principios de los años 2.000. Le hicieron creer con ellos a parte de la sociedad que podían tener hoy y sin esfuerzo lo que habitualmente se consigue en el largo plazo y con mucho sacrificio.
Todo se ha ido. Desde los fondos acumulados en las ya olvidadas AFJP (sistema de jubilación privado que fue estatizado durante la “década ganada”) hasta el superávit energético. Desde las reservas del Banco Central de la República Argentina hasta el superávit fiscal. Desde el nivel educativo hasta la posibilidad de acceso al mercado de crédito internacional. Desde las relaciones con el mundo moderno civilizado hasta el sistema de asistencia social. Todo se ha ido en el relato populista que nos ha llevado hasta niveles de inflación astronómicos, con millones de indigentes, medio país pobre, más de una década sin creación de empleo y más de 15 años que de punta a punta no se ha creado una sola empresa privada. Lo han destruido absolutamente todo. Han dilapidado en subsidios energéticos unos 200.000 millones de dólares, cantidad similar a la que se le ha esquilmado al sector agropecuario en concepto de retenciones. Todo ha sido una gran estafa.
Acá está la política que sigue sin entender que es lo que ocurre en la Argentina. Luego de la asunción del flamante Ministro de Economía los mercados han dado su primera revisión de lo que creen que está ocurriendo: los bonos siguieron en baja (al igual que las acciones que cotizan en el exterior), los dólares financieros se incrementaron y el dólar paralelo tuvo apenas una baja marginal. No ha alcanzado (al menos por ahora) las promesas oficiales.
Entender que la estabilización llegará de la mano de algunos miles de millones que vendrían de los organismos internacionales, de una refinanciación a corto plazo de la deuda en pesos (de la que buena parte tiene en su poder el propio Estado Nacional) y de no permitir el ingreso de nuevos empleados públicos en la esfera nacional, es al menos infantil.
Transcurrieron las primeras 24 horas de nuestro “superministro” y no se han conocido medidas concretas. En tal caso solo la seguridad de que el mayor ajuste se dará sobre el sector privado. Lo que mejor han explicado no ha sido una baja de impuestos o una revisión de las regulaciones cambiarias, sino la quita de subsidios que afectará a buena parte de la sociedad. Las soluciones parecen estar en cabeza de un sector privado que agoniza, pero que nadie quiere reconocer su delicado y crítico estado.
Con una brecha cambiaria que más que triplica el promedio que la misma tuvo entre 2011 y 2015 (en aquel momento promedió un 40% y generó un estancamiento económico que hasta el día de hoy sigue estando entre nosotros) el gobierno pretende no devaluar ni desdoblar el tipo de cambio. No hay chance, la brecha es absolutamente inviable.
La decisión es que el BCRA no asista más al Tesoro. Parece que nadie quiere hablar de las Leliqs ni de los pesos que se emiten para comprar bonos del Tesoro que ya nadie quiere. Solo en intereses de los pasivos remunerados del BCRA se compromete emisión futura por 182.000 pesos por segundo (si, por segundo). Algo así como 15.000 millones de pesos por día. Parece que nadie cree que esto sea una bomba inflacionaria que en algún momento, alguien va a tener que desactivar o hacerla detonar.
Si quieren encarrilar el triste presente por el que está transitando la Argentina van a tener que empezar por reconocer la gravedad de la situación. Si todo el plan del nuevo gabinete económico se va a limitar simplemente a lo anunciado hasta aquí, solo debemos esperar a que nuevamente dentro de algún tiempo más, la negligencia y la desidia nos pasen la factura correspondiente.
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