
Llamarse “La Cámpora” no es gratis, ellos no eligieron heredar a Perón sino a un sustituto de mucha violencia y poco cerebro que fue la guerrilla. Y Cristina bebe de esas aguas, y repite el más absurdo de sus mensajes que es sentirse a la vez gobierno y oposición.
Así fue en el pasado, tenían gobernadores como el de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, y se lanzaron a la violencia, intento absurdo de ser gobierno y sublevación al mismo tiempo.
Ahora lo reiteran, instalan a Alberto y lo salen a cuestionar, eligen el camino del sinsentido, ya lo habían hecho, es solo una repetición. La perorata sobre la Justicia siendo minoría resulta absurda, no podrían forjar una que les sea más solidaria, parece ideológico, solo por repetir la muletilla sin asumir la impotencia.
Y tras cartón nos devalúa la reforma electoral, pregunta a quién le puede importar la lista sábana, como si la Corte Suprema fuera tema obligado de las mesas familiares y necesidad de los necesitados.
Discurso sin sentido, no le sirve al Gobierno y tampoco a la sociedad, ni a ellos mismos, solo un deseo personal de sacarse la bronca de encima, de hablarle a los seguidores, a esos que la aplauden más allá de lo que se le ocurra decir.

Cristina debilita al Presidente sin fortalecer a nadie, ni a ella misma. Aclara que eligió para el cargo a quien no tenía poder propio, como si fuera necesario aclararlo. Se lanzan contra el ministro de Economía, Martín Guzmán, como si ellos tuvieran proyecto propio y ejecutor a mano, como si el Presidente pudiera ceder sin quedar herido, si la política es sutileza este discurso no tiene nada político que valga la pena reivindicar.
Me dejó el sabor amargo del tiempo perdido, de la reiteración que no tiene objetivo, del orgullo personal herido y sin espacio para restañar las marcas. Sus seguidores son menos que antes, su poder está en discusión, podía habernos sorprendido a todos con una convocatoria a la grandeza, a la unidad nacional para encontrar una salida.
Nada de eso, el eterno verso de los “medios hegemónicos” que definió como los más concentrados del mundo. De los poderes de siempre, como si ellos no los hubieran conocido, manejado, al menos intentado conducir.
Me dolió escucharla, esperaba lo nuevo que nos reanime a todos y me encontré con lo de siempre, “la culpa es de los otros”. El Gobierno fracasa y la culpable no es ella, demasiado discurso para tan poca explicación.
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