
Decido postergar la escritura de la nota hasta la mañana de este martes. Como esperando que opere el milagro. Leo, escucho y veo. Nadie le pidió disculpas al kiosquero asesinado. Nadie atinó a decir “perdón”.
Siento la obligación de hacerlo en primera persona. “Te pido perdón, Roberto. Sinceramente, perdón”.
No gobierno, no legislo, no juzgo pero vivo relatando esta realidad que te mató. No supe ni siquiera gritar desde estas líneas, o desde un micrófono, para tratar de evitar que te mataran. Perdón.
No supe insistir con la ausencia total de prevención. No supe escandalizar (el verbo no es casual) repitiendo que una vida con uno de cada dos chicos pobres, la mitad de los argentinos fuera del sistema es lo que los libros de sociología explicaron hace décadas como una “sociedad fragmentada”. Una sociedad que hace convivir en el mismo espacio a la carencia total de dignidad con la opulencia. Y la fragmentación, dicen los que saben, provoca violencia. Me quedo afuera del sistema injustamente. Es altamente probable que me quiera incorporar con violencia. No supe insistir. Te pido perdón, Roberto.
No supe exponer el siniestro y cómplice sistema de complicidad entre la policía mal paga, las cúpulas que no dan cuenta, el claro entramado de liberar zonas como modo de recaudación en Ramos Mejía y en todos y cada uno de los lugares en donde matan a “Robertos”. Te pido perdón.
No logré demostrar el inexistente sistema para juzgar y sancionar como corresponde a quien mata a los “Robertos”. De forma rápida, transparente, evitando la chicana de los recursos interminables, recluyendo a quien se lleva por delante el sistema penal, habilitando en las cárceles un sistema de pena pero de repersonalización del detenido. No supe hablar de jueces venales, aristócratas que hacen onanismo intelectual en sus cómodos despachos, haciendo de psicólogos de los asesinos, los mismos que te mataron. Te pido disculpas.
Me enmarañé sin responsabilidad en debates ideológicos perimidos. La sociedad tiene la culpa de esa fragmentación y no tiene derecho a juzgar a delincuentes, permití decir. El sistema represivo penal no funciona, escuché. Desnaturalicé el sentido del verbo reprimir creyendo que siempre es ilegal y desconociendo que la igualdad ante la ley dice que si yo mato debo ser reprimido con una pena de 8 a 25 años y eso está bien para una sociedad que pretende convivir respetando al otro. Toleré jueces mal llamados garantistas sin saber cómo explicar que son abolicionistas cómplices de tus asesinos. Por eso, te pido perdón, Roberto.
Fui funcional votando siempre a los mismos. A los que, hoy de un lado, mañana del otro, cambian algo para que nada cambie.
Fui tibio no gritando que luego de tu muerte, y la del remisero la semana pasada, la de la maestra hace un mes y tantos y tantos otros. Merecía que nos paráramos todos, nos detuviéramos todos hasta que ellos, los que legislan, juzgan y gobiernen no se junten pidiendo asistencia a los que saben, detengan sus mezquinas campañas, y lancen un sistema de confianza y de hechos -¡y de hechos!- que para los próximos 10 años se ocupen de la inseguridad en serio. Los dejé seguir hablando. Imperdonable. Te pido disculpas.
Sucede que mis disculpas son en vano. Porque no podes leerme Roberto. Quizá, tu familia. Y no ha de servirle de nada. Quizá si los que tienen que evitar más “Robertos”, quizá los que deben condenar a los que te mataron, quizá si ellos pidieran disculpas, el inicio de un cambio puede operar. El de entender que les importa. Y si algo importa y duele, se cambia, se modifica.
Quizá.
Pero es la mañana del martes y ninguno, ni los funcionarios, ni sus voceros ni nadie te ha pedido disculpas. Yo, sé que en nombre de muchos de a pie, te pido perdón.
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